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Independiente Santa Fe se coronó Supercampeón de Colombia tras vencer 3-0 a Junior en la final de vuelta de la Superliga BetPlay, en una noche sólida y contundente en El Campín. ¡Inolvidable! El equipo bogotano resolvió la serie con autoridad gracias a los goles de Ewil Murillo, quien abrió el marcador a los cuatro minutos en una salida rápida, y del que siempre aparece, Hugo Rodallega, que aumentó la ventaja con un potente tiro libre en el tiempo añadido del primer tiempo (45+2’). La cereza en el pastel la puso Nahuel Bustos, que hizo el tercero que cerró la goleada al 90+4.
El triunfo del león representa un espaldarazo inmediato y para Pablo Repetto, un entrenador que llegó a Santa Fe en un momento de dudas y que encontró, en su primer gran reto, una respuesta clara desde el resultado. El técnico asumió en un contexto exigente, con un equipo que venía de ser campeón en 2025, pero sin el cartel de favorito para esta final. Junior llegaba con la vitola de mejor plantel, con continuidad y con el impulso del título de diciembre, mientras que el cuadro bogotano aparecía en un segundo plano en muchos análisis previos. Precisamente por eso este trofeo tiene un valor especial: confirma que la idea del nuevo cuerpo técnico fue entendida rápido, que el grupo respondió sin fisuras y que el proceso ya muestra señales de solidez y convicción competitiva.
Más allá de los nombres propios, Santa Fe dejó una sensación clara a lo largo de la serie: fue un equipo con una idea colectiva mejor definida. Desde el primer partido ya se había mostrado más ordenado, más compacto y con mayor claridad para interpretar los momentos del juego que su rival. No fue un equipo brillante en lo individual, pero sí uno consistente en lo grupal, capaz de sostener ritmos altos, cerrar espacios y golpear cuando el partido lo pedía. Esa lectura colectiva fue una de las grandes diferencias frente a Junior, que por momentos dependió demasiado de acciones aisladas. Santa Fe, en cambio, funcionó como bloque, defendió y atacó como unidad y transmitió una sensación de control que fue creciendo con el paso de los minutos.
La Superliga parece un terreno natural para Santa Fe. Hay clubes que entienden este torneo como un trámite incómodo al inicio del año, pero el equipo bogotano ha sabido convertirlo en un escenario de afirmación. Existe una relación especial con este certamen, una especie de ida y vuelta en el que Santa Fe se mueve con comodidad, entendiendo sus tiempos cortos, su carácter decisivo y la importancia simbólica de empezar la temporada levantando un trofeo. No es casualidad que, cada vez que lo disputa, el equipo asuma el reto con seriedad, sin excusas ni lecturas secundarias. Para Santa Fe, la Superliga no es un premio menor: es una oportunidad para marcar territorio y enviar un mensaje temprano al resto del fútbol colombiano.
Esa relación comenzó a construirse desde las primeras ediciones que disputó el club. En 2013, Santa Fe vivió una final muy especial, una definición capitalina frente a Millonarios que quedó grabada en la memoria de su hinchada. Ganó 2-1 en la ida y remató la serie con un sólido 1-0 en la vuelta en El Campín, bajo la dirección de Wilson Gutiérrez. Fue un título cargado de simbolismo, no solo por el rival, sino por lo que significaba consolidar un proyecto competitivo. Dos años después, en 2015, volvió a levantar el trofeo, esta vez frente a Atlético Nacional. Aunque cayó 2-1 en Medellín, se hizo fuerte en Bogotá con un triunfo 2-0 que le dio el global 3-2 y confirmó su carácter en las definiciones.
El título de 2015 también marcó el inicio de una etapa particular bajo la conducción de Gustavo Costas, un técnico que dejó una huella profunda en la historia reciente del club. Con él en el banco, Santa Fe volvió a ser campeón de la Superliga en 2017, cuando se impuso a Independiente Medellín con un global de 1-0, en una serie cerrada, tensa y muy fiel al ADN competitivo del equipo. Años más tarde, en 2021, el club sumó otro trofeo con el DT Grigori Méndez al vencer a América de Cali con un global de 5-3, mostrando una versión ofensiva más suelta, pero con la misma eficacia en los momentos claves. Cada una de esas consagraciones fue distinta, pero todas compartieron un mismo hilo conductor: la capacidad de competir cuando el margen de error es mínimo.
El título de 2026 es, entonces, el quinto en la historia de Santa Fe en la Superliga, una cifra que lo convierte en el máximo ganador del torneo. Nacional queda segundo, con cuatro coronas. Es cierto que hay quienes relativizan su importancia por tratarse de un certamen que abre la temporada, cuando los equipos aún están en construcción. Sin embargo, esa lectura suele quedarse corta. Todos quieren ganarlo, todos lo celebran cuando lo consiguen y todos lo sufren cuando lo pierden. Levantar un trofeo oficial nunca es un detalle menor, y hacerlo además ante un rival fuerte, reciente campeón, potencia aún más su valor.
Para Junior, el desenlace deja un sabor amargo. Venía de celebrar en diciembre y aspiraba a empezar el año ratificando su condición de candidato. En cambio se encontró con un rival que lo superó en aspectos claves y que le negó esa continuidad emocional que tanto pesa en el comienzo de una temporada. Santa Fe, por su parte, se va con aire en la camiseta. Demostró que puede competir, que puede ganar y que tiene argumentos para ilusionarse con lo que viene. El desafío ahora será sostener ese nivel, convertir este título en un punto de partida y no en un techo. Pero, al menos por ahora, el mensaje es claro: Santa Fe empezó el año ganando, y eso nunca es poca cosa.
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