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En el fútbol se habla de goles, de jugadores que son estrellas, de técnicos; se repiten jugadas, se debaten esquemas. Sin embargo, al que hace cumplir las reglas se le recuerda solo cuando se equivoca. El árbitro carga con un peso que muchas veces pasa inadvertido: presión emocional y crítica implacable. En Colombia, el sistema no está preparado para cuidar la salud mental de quienes imparten justicia en la cancha.
La figura arbitral es esencial en cualquier disciplina deportiva. No hay competencia sin alguien que haga cumplir las reglas. Sin embargo, ese rol viene hoy acompañado de un clima hostil. A la presión natural del juego se le suman el abuso verbal, el descrédito público y el abandono institucional. El resultado: un escenario de desgaste psicológico sistemático.
En el mundo es un tema que preocupa, más tras sucesos como el episodio previo a la final de la Copa del Rey. A finales de abril, el árbitro español Ricardo De Burgos Bengoechea rompió en llanto en una rueda de prensa. “Cuando un niño llega al colegio y le dicen que su padre es un ladrón, es muy jodido”, dijo. Su denuncia apuntaba a los videos de Real Madrid TV que cuestionaron el historial de decisiones del colegiado frente al cuadro ‘merengue’. Pero su mensaje fue más allá: expuso el daño emocional que esta presión mediática causa no solo en los árbitros, sino en sus familias.
Escúchenlo. Esto es lo que provoca la deshumanización de la tarea arbitral. A esto llegan con la persecución sin tregua en pos de la “defensa” de una camiseta. Este es el árbitro de la final de Copa y mañana se equivocará, como seguro nos equivocamos todos, todos los días. pic.twitter.com/zBLWHM3XBT
— Fernando Palomo ESPN®️ (@fernandopalomo) April 25, 2025
“El árbitro es el único que tiene que ser perfecto en un juego imperfecto”, dice Fulton Vargas Caicedo, exárbitro profesional, comisionado arbitral y expresidente de la Comisión Arbitral Nacional. Esa exigencia, dice, no viene solo de las tribunas: también de periodistas, directivos, técnicos y hasta de sus organizaciones.
“La salud mental del árbitro no existe en el radar de la Federación ni de la Dimayor”, afirma Vargas. “Si cometes un error, no te llaman a preguntar si estás bien. Te dejan de convocar. Punto”. No hay protocolos de contención, no hay seguimiento emocional, no hay acompañamiento. Y eso, en una profesión en la que cada decisión genera reacciones inmediatas, puede ser devastador.
Un árbitro que dirigió hace poco durante cuatro temporadas partidos de primera y segunda división en Colombia, quien pidió no ser citado, señaló que “en este país deberían darles a los árbitros el mismo trato que a los jugadores y entrenadores. Somos los protagonistas más infravalorados del espectáculo. Invierten en televisión, en estadios, en todo, menos en el arbitraje. Los árbitros no tenemos hinchada diferente a nuestras familias. Dentro del gremio tampoco hay unión ni solidaridad. Cada uno tira para su lado y al que tratan bien no se queja”.
Rafael Sanabria, exárbitro de la primera división del fútbol colombiano, quien dirigió en la década de los 90, también lo vivió. “Hay árbitros que se hunden con las críticas. Yo aprendí a no tomarlas tan en serio, pero no todos pueden. Si no tienes carácter, te parte”.
Árbitros sin respaldo
Un árbitro en Colombia puede tomar decisiones que definen un campeonato, pero no tiene contrato, salario fijo ni seguridad social. “El arbitraje en Colombia no es una profesión, es un hobby mal pago”, sentencia Fulton Vargas. Se refiere a un sistema en el que los jueces solo reciben pago por partido, sin garantías de continuidad. Si no son asignados, no ganan. Si cometen un error, desaparecen del mapa.
El árbitro anónimo, por su parte, aseguró: “Nuestro sentir es que mientras no nos profesionalicemos va a ser muy complicado lograr el nivel que se pretende. A pesar de todos los contratiempos, el arbitraje colombiano es bueno, eso es lo que piensan en el exterior, pero acá no lo valoramos”.
La paradoja es clara: el árbitro tiene que rendir como un profesional, pero vive como un aficionado. Y eso no solo afecta el desempeño: daña la autoestima, la motivación y la seguridad emocional.
Si bien la crítica es parte natural del deporte, en el caso del arbitraje colombiano ha cruzado líneas personales. “Yo me retiré porque me va mejor trabajando en otro rubro. Aunque nunca estuve involucrado en líos, casi siempre me insultaban en los partidos y era agredido verbalmente. Eso, créame, no se extraña”, aseguró el árbitro que pidió mantenerse anónimo.
Las críticas no solo afectan al juez y sus asistentes, sino a sus familias: los hijos sufren bullyng en el colegio y las parejas enfrentan agresiones en redes. “Cuando te exponen en tv como a un corrupto, sin pruebas, te arruinan la vida; y nadie responde por eso”, dice Vargas.
Soledad institucional
Uno de los vacíos más graves del arbitraje colombiano es la ausencia de estructura institucional que lo proteja. “La Federación no sabe qué hace el árbitro cuando regresa a su región. No sabe si está entrenando, si está lesionado o si está deprimido. Solo les interesa si puede dirigir el fin de semana”, afirma Vargas.
Rafael Sanabria agrega que el problema también es de liderazgo interno. “Hay favoritismos, compadrazgos por parte del señor Imer Machado. A unos los sancionan por lo mismo que a otros les perdonan. Y eso crea malestar entre los jueces”. El árbitro anónimo agrega sobre los posibles favoritismos en las designaciones de los partidos: “Hay meses de cuatro y hasta cinco partidos dirigidos, pero otros de uno o dos, y eso genera mucha inestabilidad. No podría hablar de roscas en la Comisión, pero está claro que unas personas gustan más que otras, lo que hace que uno se desmotive”.
La mayoría de los jueces deben costearse su nutrición, preparación física y salud mental. “Eso no debería ser un lujo; debería ser una obligación del sistema, pero aquí no existe”, dice Vargas.
Falta de cultura arbitral
A todo esto se suma otro factor: el desconocimiento generalizado del reglamento, no solo entre hinchas, sino también de periodistas, jugadores y técnicos. Esa falta de cultura arbitral distorsiona la percepción del error y convierte al juez en enemigo público. “Todo el mundo se cree árbitro sin haber leído las reglas. Ni periodistas, ni jugadores, ni técnicos saben cómo han cambiado las normas en los últimos años, y eso alimenta el odio”, dice Vargas. Sanabria lo confirma: “Muchos reclaman cosas que ya no existen; otros exigen sanciones por jugadas que no conocen”.
En este contexto, cualquier fallo arbitral se interpreta con malicia y cualquier decisión impopular se traduce en corrupción. No hay espacio para la duda, ni margen para el error. El árbitro debe ser infalible, aunque trabaje en condiciones precarias.
Aunque el Video Assistant Referee (VAR) fue creado para reducir las injusticias flagrantes en el fútbol, en Colombia ha terminado generando más confusión que claridad. “El VAR no vino a eliminar el error ni a reemplazar al árbitro; vino a ayudar en jugadas puntuales, pero aquí se malinterpreta todo”, explica Vargas.
Sanabria va más allá: “En Colombia no saben usar el VAR. Te hablan todo el tiempo, te llaman por cualquier cosa. Eso genera estrés y dependencia. Hay árbitros que ya no pitan lo que ven. Esperan a que la tecnología decida por ellos”.
El problema, coinciden ambos, no es el VAR en sí, sino su implementación. En países como Inglaterra y Alemania el protocolo es claro, rápido y no invasivo. Aquí, en cambio, se usa de forma errática, lo que aumenta la presión y la desconfianza sobre el árbitro. “El VAR bien manejado da tranquilidad, pero mal usado es una tortura”, dice Sanabria.
Con respecto a las apuestas, el árbitro anónimo considera que las herramientas tecnológicas ayudan a combatir ese fenómeno: “Lo que comentamos con los colegas es que ahora, con toda la tecnología que hay, debería ser muy fácil que a las personas que ofrecen sobornos las detectaran e identificaran”.
El árbitro no es una divinidad, pero tampoco debe ser un chivo expiatorio. El fútbol colombiano necesita jueces preparados, sí, pero también respetados. La tecnología, las reglas, la justicia del juego…, todo eso queda en el aire si el que decide está solo, desprotegido y emocionalmente al límite.
La salud mental de los árbitros no es un tema menor. El sistema debe asumir su responsabilidad: profesionalizar ese oficio, garantizar estabilidad, brindar respaldo emocional y educar a hinchas, jugadores y periodistas; de lo contrario, el precio será alto, porque el día que no haya quien haga cumplir las reglas, el juego dejará de ser juego y se convertirá en caos.
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