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Aleks Eror publicó en el portal Vice un artículo titulado “Cómo el fútbol explica el capitalismo”. En él afirma que “uno de los rasgos definitorios del capitalismo es el paradigma del crecimiento infinito. El crecimiento económico es el único estado aceptable en el capitalismo: cualquier otra cosa, ya sea estancamiento o recesión, es un malestar insoportable que tiene que ser revertido inmediatamente. En el fútbol, el equivalente del crecimiento perpetuo es la clasificación para la Champions League”.
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Aunque pareciera que se desgastan las veces que citamos a Eduardo Galeano para darle otro sentido al significado de este deporte, recordar aquella frase del uruguayo que dice que “el fútbol es el espejo del mundo” tendría sentido para afirmar que en él también se observa el comportamiento de los modelos sociales y económicos que gobiernan a los seres humanos en el siglo XXI.
La final entre el Bayern Múnich y el Paris Saint-Germain reafirma de alguna forma lo señalado por Eror en su artículo. Son dos clubes que construyeron una especie de monarquía o de monopolio en sus respectivos países y llevan varios años acaparando títulos y rezagando a todo aquel que busca la cima sin un colchón económico que lo pueda apoyar e impulsar con grandes jugadores y nóminas extensas en ceros y en calidad.
Toda regla tiene su excepción. Por eso muchos de los que buscan lo romántico y lo heroico no olvidan las hazañas de un Leicester en Inglaterra, por irnos a un pasado más cercano, o por eso muchos eligen el lado de los que parecen más obreros en el fútbol; por eso el Atalanta y el Leipzig contaron con más hinchas de su lado en esta edición inédita, de un solo partido, en las fases finales de la Champions League, pues resulta más emocionante y novedoso que un puñado de jugadores venza no solo a las estrellas del fútbol mundial, sino que además rompa el paradigma de que los millones certifican el éxito en el deporte y en la vida.
Pero nuevamente la fuerza del sistema se impone. Y no es tampoco una condena a los equipos que ya escribieron que por tradición debían estar en las finales de los torneos más importantes del mundo. Bayern Múnich y Paris Saint-Germain son ejemplos de ello. Son instituciones que están pensadas para ser referentes en lo futbolístico y en lo económico. Saben perfectamente que el éxito deportivo implica un buen desempeño financiero. Y por eso cada título parece revalidar la manera en que construyeron un modelo de juego y de negocio. El equipo francés ha ganado siete de las últimas diez ediciones de la liga local. Hubieran podido tener el mismo récord del cuadro alemán de no haber sido por el título que ganó el Mónaco de Falcao y Mbappé —este último ahora estrella en el plantel parisino—, en la temporada 2016-2017. Los alemanes han ganado ocho ligas consecutivas en la última década y persiguen el registro que tiene en el presente la Juventus de Italia, que ha ganado nueve campeonatos seguidos y, aunque ha llegado a finales de Champions en los últimos años, no logró revalidar también su poderío en el continente tras perder con Barcelona en el 2014-2015 y con el Real Madrid en el 2016-2017.
La historia tiene un punto a favor y uno en contra del Bayern Múnich. La camiseta tiene un peso, que se mide en la experiencia y la memoria del equipo. En cinco oportunidades los bávaros han ganado la Champions League: 1973-1974, 1974-1975, 1975-1976, 2000-2001 y 2012-2013. El factor en contra es que ningún equipo ha podido ganar la orejona con un puntaje perfecto, y eso es algo que podría romper el cuadro alemán en esta oportunidad, pues las estadísticas señalan que ha ganado los diez partidos de esta edición, con un saldo de 36 goles a favor y seis en contra.
Algo de mística tienen los bávaros. Además de su puntaje perfecto en esta edición de Champions, uno de sus jugadores cambió un registro histórico en el club. Con el gol que anotó el delantero Robert Lewandowski en la semifinal ante el Lyon, el polaco se convirtió en el máximo anotador en una temporada para los bávaros. Con 55 tantos, dejó en el camino a Gerd Müller, apodado el Bombardero de la Nación por su eficacia a la hora de anotar, quien tenía el mayor registro de goles (54) en un año con el Bayern Múnich.
Por su parte, el Paris Saint-Germain logra llegar a su primera final de Champions. Su rendimiento en esta temporada dice que tuvo ocho victorias, un empate y una derrota, con 25 goles a favor y cuatro en contra. La participación de los equipos franceses en el torneo continental es otro factor que no favorece a los parisinos, pero que, justamente, los invita a hacer historia. Solamente el Olympique de Marsella ha alzado la orejona. Lo hizo en la temporada 1992-1993 tras derrotar al Milan por 1-0 con jugadores como Fabien Barthez, Basile Boli, Abedi Pelé, Didier Deschamps, Marcel Desailly, Rudi Völler, Alen Boksic, entre otros.
Nada es gratuito en el fútbol y en la vida. Todo tiene un trasfondo y una razón de ser. Si expandimos y ahondamos en lo que causó una final entre alemanes y franceses podríamos, incluso, hablar de las selecciones, de los últimos mundiales y de sus campeones. Alemania, campeón del Mundial de Brasil 2014 con Joachim Löw, y Francia, campeón del Mundial de Rusia 2018 con Didier Deschamps. Dos países que se la han jugado por proyectos deportivos compactos, con apuestas y apoyo a las divisiones menores. La construcción de una identidad de juego y un recambio generacional que no representa un momento de crisis, sino un legado que se hereda para los nuevos futbolistas se refleja en las dos naciones que han llegado a lo más alto del balompié mundial.
Klopp, Tuchel y Flick: la ilustración alemana
Como si fuera la época dorada del arte y la filosofía en la modernidad, ahora en Alemania se vive una especie de ilustración en el fútbol. Además del cuarto Mundial que obtuvieron en Brasil 2014, los técnicos alemanes han logrado abarcar el Olimpo del deporte en los últimos años. Los finalistas de la Champions en este año están comandados por técnicos alemanes. El vigente campeón, el Liverpool, volvió a levantar la orejona después de catorce años gracias a Jürgen Klopp, quien llegó al club en el 2015 luego de su paso por el Borussia Dortmund.
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Los tres técnicos privilegian la posesión del balón. Unos buscan ser más efectivos que otros. Liverpool, que cuenta con Mohamed Salah, Sadio Mané y Virgil Van Dijk, entre otros, refleja el estilo de Klopp de transiciones rápidas de defensa-ataque, la presión alta y las pequeñas sociedades en determinadas zonas de la cancha.
Esos rasgos del Liverpool son muy identitarios de los alemanes en mención. Los tres técnicos, que son contemporáneos y semejantes en su estrategia de juego, le apuestan a la salida en corto, al apoyo de los centrales para recibir el saque del arquero y la llegada de un volante central para tener tres opciones de avance. La presión alta y las transiciones también se evidencian en el Paris Saint-Germain y en el Bayern Múnich. Los primeros defensores son los delanteros. Neymar, Mbappé, Icardi y Di María son los primeros en complicar la salida del rival en el cuadro de Tuchel; Lewandowski, Müller y Gnabry hacen lo propio en la plantilla de Flick; la velocidad de los laterales y el apoyo de los atacantes, que también poseen la virtud de la agilidad corporal y mental, ayudan a las transiciones de defensa-ataque y al posicionamiento del equipo en campo contrario para aumentar las probabilidades de controlar la posesión.
La mención de Joachim Löw como líder de la selección que ganó el Mundial en Brasil 2014 no es gratuita, pues por un tiempo contó con Hans-Dieter Flick, entrenador actual del Bayern Múnich, como asistente técnico. Y así todos los técnicos parecen tener un camino en común, un destino similar. Thomas Tuchel, quien llegó en 2018 al equipo parisino y ya ha ganado seis títulos, tiende a seguir el rastro de Klopp. Ambos pasaron por el Mainz 05. Este último dirigió al Borussia Dortmund y Tuchel fue su sucesor en los negriamarillos. Ahora el entrenador del PSG le quiere arrebatar el título de la Champions a un viejo conocido.
Y es que a Thomas Tuchel y Hans-Dieter Flick los une algo más que su patria y su época. Los unen también esos rasgos que parecen ser un sello de calidad del fútbol alemán. Sin embargo, en la final de la Champions se notará que uno es más osado que otro. El Bayern Múnich le apuesta a un ataque sin reservas. No le temen a quedar expuestos y eso se notó en el último partido contra Lyon. La rapidez de Mbappé o Neymar puede traer consecuencias nefastas para los bávaros. Los parisinos parecen medir más sus fuerzas, pero dependen mucho del rendimiento de sus estrellas. Un mal partido de alguno puede desconectar el sistema táctico de los reyes del fútbol francés.
Una final que enfrenta a dos monarquías de Europa. Dos equipos que no sueltan el trono, porque su identidad es adueñarse de él. Ambos han olvidado que son mortales y pueden perder. El que se quede sin la anhelada Orejona sentirá que las glorias del pasado más inmediato no fueron suficientes; el que cante victoria logrará el triplete de liga y copa en su país y la añoranza del torneo continental. Será un paroxismo de noventa minutos y una exposición de una nueva ilustración en Europa.