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Por estos días, el mundo llora la partida del legendario Franz Beckenbauer. El líbero alemán que reinventó la posición de zaguero e inspiró a decenas de líberos férreos que consienten y salen con la caprichosa en el pie desde la zona más baja del campo de juego.
El ‘Káiser’, como llamaban a los emperadores en Alemania, también le dio visibilidad a un particular jugador brasileño que lo único que tenía de parecido con Franz era su apariencia, supuestamente.
Carlos Henrique Raposo no destacaba por su habilidad en la cancha, sino por su ingenio con las palabras. Tampoco sobresalía por su fortaleza física, sino por su creatividad para escapar cuando iban a descubrir sus mentiras. Mucho menos era “un distinto” por su gusto por el deporte rey, pues era tan ‘tronco’ que lo llegó a odiar.
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Entre verdades y embustes que salen de su boca, Raposo asegura que nació en 1973 en Río de Janeiro, una de las cunas del fútbol en Sudamérica. Allí, en las favelas de Botafogo y siendo criado por una mamá adoptiva, pues se desconoce el verdadero origen de su madre biológica, creció ‘jogando futebol’ con talentos como Mauricio, quien se convirtió en figura del Fogão y recomendó al Káiser con el club.
Ante la necesidad económica que se vivía en su casa y el deseo de la fama, Raposo firmó con Botafogo su primer contrato en 1986. Ahí inició su maquiavélico plan. El ‘modus operandi’ era ser contratado, cobrar, fingir una lesión y cambiar de club.
Fingía un tirón, le pagaba a un compañero para que le entrara fuerte y hacerse el lesionado o un amigo dentista le hacía algún tipo de certificado para no jugar. El Káiser aprovechó que en ese tiempo no existía ni internet ni resonancia magnéticas para no ser descubierto.
Este plan lo mantuvo gracias a ser amigo de figuras como Carlos Alberto Torres, Renato Gaúcho, Ricardo Rocha, Romário, Edmundo, Gaúcho, entre otros. Además de Botafogo estuvo en Flamengo, Bangu, Fluminense, Vasco da Gama y América. Incluso fue fichado por Puebla de México, El Paso de Estados Unidos y Gazélec Ajaccio de Francia.
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También sobornó a periodistas, le pagó a médicos, regaló camisetas a los hinchas para que corearan su nombre en los estadios e incluso hizo circular información de que era el mejor futbolista con la peor suerte por sus lesiones.
Rob Smyth, autor de “Kaiser!: El mejor futbolista que nunca jugó al fútbol”, aseguró que el brasileño simulaba tener conversaciones con los presidentes de Barcelona y Liverpool con un teléfono móvil, que por esa época era extremadamente caro.
Sin embargo, descubrieron que era un teléfono de juguete, pues fingía hablar inglés hasta que un médico bilingüe de Fluminense, le escuchó una de sus tantas y famosas llamadas.
El Káiser, en otra de sus mentiras, aseguraba haber sido campeón de la Copa Intercontinental de 1984, con Independiente de Avellaneda de Argentina. Se aprovechó de que en la plantilla del ‘Rey de Copas’ había un jugador que se llamaba Carlos Alberto Enrique y también tenía un parecido con Beckenbauer.
En otra de sus aventuras, llegó a Francia y para no ser descubierto, no hizo los reconocidos jueguitos en su presentación, sino que les entregó los balones a los aficionados y besó el escudo. Se ganó a los hinchas, quienes también fueron víctimas de otro engaño cuando fingió jugar “lesionado” durante 20 minutos por amor al equipo.
Una de sus más famosas anécdotas fue en Bangu, cuyo propietario era el mafioso Castor de Andrade, quien estaba ansioso por ver jugar al Káiser. En un partido, frente a Curitiba en el que iban perdiendo, Andrade ordenó que Raposo entrara al campo.
Estando contra la espada y la pared, se le ocurrió irse a los golpes con algunos de los aficionados y fue expulsado. Luego del partido, el mafioso ingresó para pedirle respuestas al Káiser y él le respondió:
“Doctor Castor, la vida me quitó a un padre, pero luego me dio otro. Ese es usted. Los aficionados que estaban en la tribuna estaban diciendo que usted hace maldades y que vive de malos negocios. No aguanté y perdí la cabeza. ¿Usted sabe lo que para un hijo que hablen mal de su padre? Mi contrato termina en quince días, puede hacer conmigo lo que le dé la gana. Tiene la razón”, aseguró.
Ante esto, Castor de Andrade lo renovó por seis meses más.
El Káiser, además, fue un “rey de la noche”. No le gustaba ni las drogas ni el alcohol, pero cuidaba de sus compañeros, era el “alma de las fiestas” y hasta llegaba a reservar habitaciones de hotel para fugarse de las concentraciones.
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Según los datos de la FIFA, Káiser pasó por 11 equipos durante 16 años. En el periodo de tiempo en que cualquier futbolista hubiera jugado más de 600 partidos oficiales, los registros de Raposo indican que entró 14 veces al campo y solo jugó algunos minutos.
Su falsa carrera finalizó en 2003. En el documental de Lous Myles que se llama “El más grande futbolista que nunca jugó al fútbol”, aseguró que “los clubes se alegraban dos veces conmigo: cuando me fichaban y cuando me iba”.
Pese a su inédita carrera, el Káiser asegura lamentar haber vivido la vida de otra persona. Las circunstancias socioeconómicas de las que estuvo rodeado en su niñez lo empujaron a ello y, bien o mal, marcó la historia del deporte. Hoy en día se gana la vida como entrenador personal en Brasil y sentencia que “los clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse por todos ellos. Y ese fui yo”.
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