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El 29 de mayo de 1985 es un día que el fútbol europeo, y especialmente el inglés, nunca olvidará. Aquella tarde-noche en Heizel, al norte de Bruselas, en Bélgica, 39 personas perdieron la vida por culpa de una estampida humana que se desató por culpa de la violencia que azotaba los estadios en Europa.
Todo esto, una hora antes de que se jugara la final de la Copa de Europa entre Juventus y Liverpool. Después de ese día, la UEFA expulsó por cinco años de competiciones europeas a los equipos ingleses y el mundo se dio cuenta de un problema que llevaba años atormentando a Inglaterra: los violentos hooligans.
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¿Quiénes eran los hooligans?
Durante la década de 1960, aparecieron en Gran Bretaña grupos urbanos organizados con deseos de pertenecer y ser escuchados. En su mayoría eran compuestos por jóvenes hinchas de un mismo club con arranques de ira.
Los cánticos hostiles hacia la tribuna visitante se convirtieron en invasiones de campo, lanzamientos de objetos a la cancha y batallas campales en estaciones de tren y metro y, por supuesto, peleas en las tribunas de los estadios.
Las autodenominadas “Firms” tenían líderes claros, cientos de integrantes y su centro de operaciones en bares cerca de los recintos deportivos. Los epicentros de estos grupos estaban en Londres, Liverpool y Manchester.
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¿Por qué los hooligans eran tan violentos?
Para los miembros de las “Firms” había que dar una demostración de poder y dominio territorial en la tribuna y la forma más efectiva que encontraron para hacerlo fue primero la intimidación y luego la violencia directa contra otro club.
Cass Pennant, líder de la Inter City Firm (ICF), un grupo de hooligans de West Ham United, definió a su organización como “dura, viciosa y temida” en su libro, ‘Felicidades, acabas de conocer a la ICF’, publicado en abril de 2002.
Otro caso que podría explicar la violencia de esta clase de grupos “aficionados” al fútbol es el de Ginger Bob, líder de la “Firm” del Millwall. Esta organización fue reconocida por moldear papel periódico en forma de bate para golpear.
Aunque una batalla campal en 1985 durante un partido de FA Cup entre Luton Town y Millwall fue de las noches más recordadas, lo cierto es que esta clase de situaciones se hicieron cotidianas cada fin de semana en toda Inglaterra.
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¿Qué hizo Inglaterra con los hooligans?
En 1989, la gota que rebasó la paciencia de las autoridades inglesas fue otra estampida humana que, cuatro años después de la de Heizel, subió la cifra de víctimas mortales a 97. El Reino Unido no aguantaba una tragedia más en el fútbol.
Fue en ese momento, y motivado por el pésimo manejo en el ingreso de hinchas en ese partido, que provocó una sobretasa en la capacidad del estadio de Hillsborough, que el juez Peter Taylor publicó un informe para dar soluciones.
Primero, ordenó a todos los recintos de primera y segunda división poner silletería en el 100% de sus graderías. Esto ayudaría a tener un mayor control de cuántas personas entran al estadio y a monitorear el aforo del lugar.
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La solución de Inglaterra a los hooligans
Otra de las recomendaciones de Taylor en su documento de más de 70 páginas fue modernizar el circuito cerrado de televisión en las entradas para identificar plenamente a todos los asistentes. Se solicitó eliminar las vallas metálicas para así evitar que una avalancha cobrara vidas otra vez.
Adicionalmente, el informe también les pidió a los clubes que comenzaran a incentivar la venta de abonos y no de entradas sueltas para llevar un registro de quienes cada fin de semana asistían al estadio durante toda la temporada.
Por último, se le exigió un trabajo mancomunado con la policía y con los organizadores del partido para vigilar el traslado de la hinchada visitante. Incluso se abrieron capacitaciones para que las autoridades tengan herramientas para controlar a la multitud en este tipo de eventos.
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¿Esto sería aplicable en Colombia?
Aunque estas medidas funcionaron y cinco años después de su promulgación redujeron la presencia de hooligans en los estadios, la verdad es que se necesita mucho más que voluntad social para erradicar la violencia en el fútbol.
En su momento, Margaret Thatcher, primera ministra británica de 1979 a 1990, ayudó económicamente a los equipos a reestructurar sus estadios, haciéndolos más seguros, modernos y parecidos a un espectáculo teatral.
Trasladando todo esto al contexto colombiano actual, es necesario reforzar iniciativas como el registro biométrico y la identificación de las barras populares para que realmente prevengan hechos como los registrados recientemente en el juego entre Independiente Santa Fe y América de Cali.
Finalmente, así como los organizadores deben capacitarse para poder atender este tipo de eventos y situaciones, los aficionados, hagan parte de un colectivo organizado o no, deben entender que la violencia por un trapo, una camiseta o un club no les aporta nada a las causas perseguidas por su equipo.
Blandir un cuchillo en la tribuna, el transporte o la calle no ayuda a ganar títulos. Más bien aleja a la sociedad en general del fútbol colombiano. El barrismo y el alentar a una escuadra no pueden ser sinónimos de violencia.
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