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Cuando la UEFA amenazó esta semana con boicotear los torneos de la FIFA, no estaba simplemente negociando dinero. Con sus 55 federaciones demostró que en el fútbol, como en cualquier otro campo social, no todos pesan igual, aunque todos tengan un voto. Pierre Bourdieu tiene un concepto para eso: capital simbólico.
El sociólogo francés hace referencia con este a como el prestigio, la tradición y el reconocimiento acumulado funcionan como una forma de poder que no se compra con dinero de un día para otro. Entender esa lógica ayuda a explicar por qué la moción impulsada por el viejo continente propuso un duro obstáculo para Gianni Infantino.
Pero para entrar en profundidad con este análisis, es necesario entender primero lo que plantea Bourdieu. El propone que la posición que ocupa una persona en la sociedad depende de tres “tipos de capital”.
Uno de ellos es el capital económico, que se refiere esencialmente al dinero, las propiedades y los bienes materiales que tenemos. Otro es el capital cultural, que abarca los conocimientos, títulos académicos y gustos artísticos que hemos adquirido. Por último, el capital social es la red de contactos y relaciones influyentes a las que podemos acudir para abrir puertas o conseguir oportunidades.
Pero también hay otro que no es tan fácil de medir, que es el concepto central de este artículo, el del capital simbólico. A diferencia de los anteriores, no es un recurso independiente, sino la reputación que hace que una persona sea respetada y escuchada; tiene que ver con uno o varios de los otros tipos de capital.
Por ejemplo, tener mucho dinero -en este caso estaríamos hablando de capital económico- no genera admiración por sí solo, pero si ese dinero se traduce en donaciones o en el éxito de una empresa admirada, los demás actores de la sociedad le dan prestigio y autoridad moral, convirtiéndolo en un poderoso capital simbólico.
En el caso del fútbol podemos usar la polémica actual de la FIFA con la propuesta de crear la FIFA Forward Enterprise (FFE), para entender un poco cómo el prestigio y el reconocimiento pueden poner en entredicho una elección que parecía resuelta hace unos días.
FFE es, por lo pronto, una propuesta. Sería el nombre que llevaría la empresa que se usaría para gestionar los derechos operativos y comerciales de sus torneos, incorporar inversión privada minoritaria y aumentar los fondos de desarrollo para sus asociaciones miembro. Para que exista, la FIFA necesita que 106 federaciones voten a favor.
Sin embargo, el proyecto que plantea la entrada de capital privado -y que las negociaciones sobre esta materia entre Infantino, presidente de FIFA, con los inversionistas estadounidenses se llevara a cabo de forma secreta- generó un fuerte rechazo de distintas confederaciones como UEFA, Concacaf y AFC, aunque también hubo otras que reaccionaron con prudencia, como CAF y Conmebol.
La teoría de Bourdieu en acción
En este ejemplo el capital económico es el más evidente. Infantino planteó la venta de una participación en FIFA Forward Enterprises (FFE) que recaudaría 20.000 millones de dólares a cambio de influencia sobre futuros mundiales, incluyendo acuerdos de transmisión y comerciales. La presencia de inversionistas privados es el más puro ejemplo de este recurso.
Y también aparece del lado de la FIFA como incentivo. Infantino ofreció duplicar la financiación básica prometida de 10 a 20 millones de dólares por federación durante los próximos cuatro años si votaban a favor del FFE, proyectando que la financiación llegaría a 86 millones para 2038. Es decir, usa capital económico como herramienta para comprar consentimiento.
El capital social se puede ver en la velocidad y coordinación con que se organizó el rechazo. Después de la reunión de emergencia de la UEFA, el plan recibió la negativa también de Concacaf y AFC. La capacidad de los europeos de movilizar a otras confederaciones en cuestión de horas fue una muestra de como las relaciones se pueden activar para ejercer presión colectiva.
El capital simbólico aterrizado a la pelea de FIFA y UEFA
FIFA dejó el futuro del FFE en manos de las 221 federaciones que tiene afiliadas. Dentro de ese campo todos los agentes pesan igual a nivel de votos, pero su prestigio no es el mismo. Alemania, Francia, España o Inglaterra no valen más solo por su capital económico (nóminas, audiencia, patrocinadores) sino porque acumulan un capital simbólico histórico gracias a sus títulos y tradición futbolística.
Ese capital no se puede replicar así como así. Por eso es que un Mundial “sin ellos”, los pesos pesados de la UEFA, no sería lo mismo ni para los organizadores como para la audiencia. En este caso, y partiendo de las ideas del filósofo francés, el valor de este torneo depende en gran medida de que los agentes con más capital simbólico estén presentes para darle legitimidad.
Si las selecciones históricas de Europa se ausentan, la FIFA pierde algo que ni el dinero de los inversionistas privados puede comprar, como lo es la ilusión del hincha de ver al Mundial como el evento que más importa. Una cita orbital sin Alemania, Francia o España -vigente campeón del torneo- sería técnicamente la misma Copa, pero simbólicamente devaluada.
También es que los torneos que más peso tienen son los del viejo continente. La Champions League es la competencia de más alto prestigio a nivel de clubes y ligas como la Premier, la Serie A, la Bundesliga, la Ligue 1 y LaLiga son las de mayor audiencia. Además, los organismos que las rigen se pronunciaron a favor del boicot europeo.
La jugada de la UEFA es una disputa por el capital simbólico mismo. Lo interesante es que la UEFA no está peleando solo por dinero —de hecho Infantino ofreció duplicar la financiación básica prometida de 10 a 20 millones de dólares por federación si aprobaban el FFE—, sino por el control narrativo de qué es “legítimo” en el fútbol.
La UEFA dijo: “Algunas cosas son simplemente demasiado importantes para vender. El Mundial de la FIFA pertenece al fútbol. Siempre será así”. Ese discurso apela al capital simbólico, pues hay valores como la herencia y la pertenencia que no se pueden someter a la lógica del capital económico puro.
¿Cómo queda Infantino en medio de todo esto?
Y si ahondamos en el concepto podemos ver que Infantino, quien todavía no pierde en su cruzada por sacar adelante el proyecto del FFE, ha sufrido golpes a su prestigio. Por ejemplo, Kevin Lamour, Director de Operaciones de la FIFA, en un comunicado criticó al directivo con dureza al decir que “es un proyecto de una sola persona” y que “engañó a los trabajadores de la FIFA”.
Carlos Cordeiro, asesor financiero de la FIFA y expresidente de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, renunció a su puesto tras desvincularse de la propuesta. “No puedo quedarme de brazos cruzados mientras la FIFA contempla vender una participación en la Copa del Mundo. Permítanme ser claro: no participé en esta propuesta y me opongo a ella inequívocamente. Esa propuesta es un mal negocio para el fútbol”, expresó.
La presión de UEFA hizo que Infantino quedara en el ojo del huracán y alejó a algunos de sus hombres más cercanos, ya sea porque abandonaron el barco o porque perdió su respaldo. Cuando ganó la presidencia de la FIFA (2016) tenía 115 votos de 207 y en 2023 fue reelecto al no tener competencia en los comicios.
Hoy ya no se le ve tan fuerte, pero igual y todavía puede remontar. Infantino es una persona con un capital social muy fuerte. Conmebol y CAF se han manejado con prudencia en este asunto de la FFE, en parte, por su cercanía con el directivo suizo.

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