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El futbolista moderno se encorseta normalmente en un discurso monótono y previsible, estrictamente abonado a lo políticamente correcto. No es el caso de Gerard Piqué (Barcelona, 28 años), criado en una familia bien de Cataluña, resultón e inteligente; futbolista del Barça. “He tenido ciertas oportunidades en la vida que no todo el mundo tiene, es evidente”, asume el defensa azulgrana. No le teme al escaparate y, aunque puede pecar de desfachatez, con asiduidad se expone cuando dice lo que piensa. Inmerso, quizás, en una especie de círculo vicioso.
La temporada pasada Piqué necesitaba regresar a su cetro. “Quiero volver a ser uno de los mejores centrales del mundo”, anunció nada más empezar la campaña. Y para eso se preparó como nunca antes de estrenar entrenador con Luis Enrique. Carreras en la montaña por la Carretera de las Aguas de Barcelona, partidos de pádel entre amigos y una alimentación cuidada. Se puso fino: 83 kilos para sus 193 centímetros.
Sin embargo, no empezó bien el curso. Sin Puyol ni Valdés, sus compañeros, a su pesar, no lo patrocinaron para la capitanía (este año también volvió a quedar fuera de los mandamases del grupo, en beneficio de Mascherano). Y cayó en una especie de síndrome de Peter Pan cuando lanzó dos bombas fétidas en pretemporada (una en un avión durante la gira y otra, también en un viaje, en la zona mixta tras un amistoso en Helsinki).
Luis Enrique es cuidadoso con las normas de conducta de sus muchachos y, tras un nuevo episodio de indisciplina —el central utilizó el móvil en el banquillo tras haber sido reemplazado en la Supercopa de Cataluña—, optó por multar a Piqué. Sus controversias no terminaron ahí. Al regreso de un amistoso con la selección española tuvo un altercado con la Guardia Urbana. Discutió con unos agentes que lo multaron por tener el coche mal estacionado y según la policía de Barcelona, Piqué les soltó frases del estilo “me tenéis envidia porque soy famoso”, y “voy a hablar con tus jefes y se te va a caer el pelo”. No tardó en disculparse: “Se ha exagerado mucho lo que dije, pero, en cualquier caso, lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”.
Activo en las redes sociales y acostumbrado a los flashes (como para no estarlo: juega en el Barça y su mujer, Shakira, es una megaestrella mundial del pop), volvió a ponerse a tiro tras participar en la Diada junto a su hijo, Milan. “Nunca había vivido nada parecido. Simplemente, inolvidable”, colgó en Twitter. No le faltaron críticos. Una vez más, se defendió: “Participé en la Diada porque soy catalán. Fue un día memorable por la cantidad de gente que había y por el ambiente festivo”. Y sacó los colmillos cuando se dudó de su compromiso con la selección española: “De mí no se puede dudar. Llevo más de 11 años en La Roja. Otra cosa es que esté a favor de la consulta catalana, que es algo democrático. La gente debe tener su derecho a votar. No tiene nada que ver una cosa con la otra”.
Mientras el ruido estaba fuera del campo, la temporada era discreta en el tapete. De los primeros 14 partidos de Luis Enrique en el banquillo, Piqué jugó la mitad. Acostumbra a suceder con la mayoría de entrenadores, también con el técnico asturiano. Hasta que el jugador recupera la forma y pasa de ser el chivo expiatorio a personalizar la fórmula del éxito: sin el 3 no se entendería que el Barcelona finalice la temporada como el equipo menos goleado (un promedio de 0,63 tantos recibidos por partido) y, en consecuencia, con el triplete.
Tras el triunfo, se envalentonó: con las tres copas en el bolsillo, el zaguero guardaba una bromita en el tintero. “Gracias Kevin Roldán, contigo empezó todo”, soltó en la celebración del exitoso año del Barça, en alusión a la presencia del cantante colombiano en la fiesta de cumpleaños de Cristiano Ronaldo y después de la caída del Madrid en el derbi frente al Atlético (4-0). Un desliz que le costó el enfado de la afición de la Roja, que lo recibió con pitos en un partido de España en León. “La gente se puede expresar libremente”, comentó resignado.