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Hay recuerdos en común que pueden revivir traumas si estos son dolorosos, hay otros que pueden exaltar de nuevo las pasiones y el júbilo. Italia está pasando por un momento complicado. El coronavirus ha afectado a una parte considerable de la población y actualmente es el segundo país con más casos de contagio después de China, lugar donde se originó la pandemia.
La mayoría de ciudades se encuentran en cuarentena. Imágenes surrealistas hacen reflexionar sobre este presente compuesto por paranoia, pánico y zozobra. Personas que asomaron sus rostros por las ventanas para cantar al unísono en su vecindario como una forma de recordar la alegría y de disipar la incertidumbre es una de esas imágenes que crean corrientes de aire en el cuerpo y conmueven por completo el corazón.
El fin de semana pasado, la cadena Sky Sports decidió transmitir por televisión toda la campaña de la selección de fútbol de Italia para ganar la Copa Mundial de la FIFA Alemania 2006. Varios de los jugadores de aquella gesta se manifestaron por medio de las redes sociales para recordar la histeria y el momento solemne de aquella conquista que le dio el cuarto título en la historia del máximo encuentro del fútbol a los italianos. Gianluca Zambrotta, Luca Toni, Alberto Gilardino, Filippo Inzagui, entre otros referentes de aquella selección se tomaron una foto junto al televisor para enviar un mensaje de unión a todo el país.
Recordar ese título fue una estrategia que evocó otros momentos en los que el deporte ha sido utilizado con fines políticos y sociales por parte de los medios de comunicación o de los mismos Estados. Y para refrescar la memoria mencionaremos tres casos en los que el deporte, más que todo el fútbol, fueron herramientas para un discurso de poder y para mantener en alto la moral en momentos de crisis.
Justamente el primero nos devuelve a Italia y al fútbol. Luego del primer mundial de la historia, realizado en Uruguay en 1930, el turno sería para un país europeo, pues el acuerdo era que la sede se alternaría entre América y Europa. Con un total de 16 países participantes (3 americanos, 12 europeos y un africano), se daría inicio a una nueva edición del campeonato y a una gran estrategia política por parte del fascismo italiano. Así, aprovechando el auge del fútbol y los nuevos aires de la política en el viejo continente, el entonces Primer Ministro Benito Mussolini se encargó de tomar las riendas del evento deportivo y utilizarlo (de manera eficaz) para fortalecer su partido a través de la propaganda y de la fortaleza que debía inspirar la selección italiana, no solo por ser la anfitriona sino por ser el símbolo de la unidad nacional.
“Los carteles del campeonato mostraban un Hércules que hacía el saludo fascista con una pelota a sus pies. El mundial de 34 en Roma fue, para Il Duce, una gran operación de propaganda. Mussolini asistió a todos los partidos desde el palco de honor, el mentón alzado hacia las tribunas repletas de camisas negras, y los once jugadores del equipo italiano le dedicaron sus victorias con la palma extendida.” Así hablaría de este acontecimiento el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su texto El fútbol a sol y sombra (2014).
Y es que el fútbol se acomodaba perfectamente a la idea de enaltecer los valores de fuerza, unidad, juventud y victoria que promovían los fascistas en Italia. Por ello, Mussolini no solo se encargó de fomentar el coraje y la templanza en el seleccionado nacional, también se encargó de incluir en la escuadra a varios jugadores jóvenes y forajidos de otros países para construir un equipo integro y digno de representar el poderío y la identidad del gobierno de Il Duce.
Si bien este fue uno de los eventos deportivos con mayor tinte político en la historia, hay que decir que el mundial de 1938 realizado en Francia (Se incumple el pacto de alternar el mundial con el continente americano) también tuvo una gran influencia por parte de las corrientes ideológicas que acechaban el viejo continente y que estaban ya inmersas en la Segunda Guerra Mundial. Tras los Juegos Olímpicos de 1936, donde Hitler también haría uso de esta gran concentración de personas para hacer propaganda a su partido y así seguir promoviendo los valores del nacionalsocialismo, la sociedad francesa repudiaría los saludos fascistas en el mundial, sin embargo, esto no impediría la participación de Italia que seguía, de alguna manera, bajo las ordenes de Mussolini y, así mismo, la participación de Alemania que había reunido fuerzas con los jugadores austriacos.
En aquel mundial de Francia participaron 15 seleccionados nacionales (2 americanos y 13 europeos). Nuevamente Italia llegaría a la final donde se enfrentaría a la mejor generación de fútbol de Hungría. No solamente la presión de haber sido los campeones del mundial pasado hacía que el equipo italiano tuviera la obligación de ganar, también había que tener en cuenta que, una vez más, el gobierno daba la orden de mantener en alto la identidad de la nación con un fútbol fuerte, dinámico y avasallante.
A lo anterior, Galeano nos regaló esta breve descripción: “Para Mussolini, este triunfo era una cuestión de Estado. En la víspera, los jugadores italianos recibieron, desde Roma, un telegrama de tres palabras, firmado por el jefe del fascismo: Vencer o morir. No hubo necesidad de morir, porque Italia ganó 4-2. Al día siguiente, los vencedores vistieron uniforme militar en la ceremonia de celebración, que el Duce presidió […] El diario La Gazzeta dello Sport exaltó entonces <<la apoteosis del deporte fascista en esta victoria de la raza>>.”
Italia se convertiría en la primera selección bicampeona del mundo. De sus cuatro estrellas que adornan el escudo de la Azurra, dos fueron engendradas por el fascismo a ultranza que se aprovechaba de la unión entorno al fútbol para seguir cultivando su ideología compuesta por el nacionalismo y por la imposición de la fuerza ante aquello que fuera considerado inferior, ya sea por raza o por pensamiento. Así, las camisas negras y el poderío fascista sería el que en verdad levantaría de nuevo la copa y el reconocimiento de estar por encima de todos, pues el objetivo en aquel entonces no se centraba en el fútbol sino en mantener la supremacía y la identidad de una nación caracterizada por la fuerza y la unidad.
La anécdota acerca de esa final de 1934 no solo se daría a conocer por la estrecha relación que Mussolini le dio al fútbol con su mandato, también fue posible aprenderla gracias a las declaraciones del arquero de Hungría en aquel entonces, Anta Szabo, quien diría que: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos.” De modo que la atmósfera de ese encuentro estuvo determinada en gran parte por ese lema que daría mucho de qué hablar en la historia del fútbol, pues lo radical del lema Vencer o morir habría de convertirse en un símbolo de lucha que, infortunadamente, con el paso de los años y de la pelota, muchos hinchas lo tomaron en serio, a tal punto de seguir confirmando la teoría de aquellos que dicen que el fútbol es un deporte que invita a los valores fascistas por su cercanía a los comportamientos de uniformidad y de negación de la diferencia a través de una visión negativa del rival que es visto como enemigo y no como parte complementaria en el deporte.
Otro caso muy recordado entre los aficionados al fútbol es el de la Copa Mundial de la FIFA Argentina 1978. Jorge Rafael Videla, militar y presidente de Argentina entre 1976 y 1981, había instaurado una dictadura en aquel entonces. La realización de un campeonato del mundo en el que podría ser el país más futbolero en todo el planeta serviría para desviar la atención de varios ciudadanos en los escándalos de personas desaparecidas y torturadas por ir en contra del gobierno. Ese torneo, que fue el primero que ganó la selección albiceleste, también fue utilizado por el Estado para enaltecer sus ideales de gloria y fuerza. Incluso se habla de la interferencia de Videla en el desarrollo del Mundial en la previa del partido entre Argentina y Perú, pues el entonces presidente entró al camerino del equipo visitante y el mensaje, que hasta hoy sigue siendo desconocido, pudo relacionarse con la derrota por 6-0 de los peruanos, cifra que le sirvió a los locales para avanzar en la competencia por la diferencia de gol.
En Colombia el caso más similar es de la Copa Libertadores que obtuvo Atlético Nacional en 1989. Ese primer torneo continental para un equipo colombiano que además era la base de una de las mejores selecciones de nuestro país en su historia, significó un paréntesis y una posibilidad de respirar profundo y abrazarse con los seres queridos en medio del miedo que se asentaba en todo el territorio nacional por el auge del narcotráfico y la violencia por parte de las guerrillas y los grupos paramilitares.
«El deporte es lo que nos unifica, y eso lo vivimos cuando Nacional ganó la Copa Libertadores en 1989. Necesitábamos respirar, gozarnos ese momento. Incluso esa celebración, que en cualquier caso hubiera sido inmensa, tuvo un mayor sentido por eso, porque fue la oportunidad de cambiar de tema, de decirnos algo distinto, de celebrar colectivamente, cuando lo que hacíamos era llorar colectivamente», afirmó Yolanda Ruiz en un documental realizado por El Espectador a propósito de los 30 años que se cumplieron en el 2019 de este campeonato.
El fútbol ha sido objeto de maniobras macabras, ha sido manejado por manos oscuras que están interesadas por manntener el poder a como dé lugar. Al ser un deporte, un espacio para exaltar la potencia física, gobiernos de índoles totalitarias aprovechan la simbología que está detrás del deportista para elaborar un nuevo discurso que sirva para fortalecer sus propósitos; además que se sirven del carácter pasional, del rasgo del espectáculo y del entretenimiento que puede tener esta o cualquier otra disciplina deportiva para desviar la atención u olvidar momentáneamente esos momentos críticos en donde puede llegar a reinar la indignación, la ira, la zozobra o la incertidumbre.