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Primero fue en el minuto 12, con un pase de Zinedine Zidane a Guti y un balón al espacio del español para que Ronaldo rematara desde el borde del área para vencer a Fabien Barthez. La pelota picó en el césped y tomó más velocidad haciéndose incontrolable para el portero francés.
En el segundo tiempo, en el 50’, otra vez todo nació en los pies de Zidane, que habilitó a Roberto Carlos, quien con la cara levantada le dejó el balón a Ronaldo para que definiera con la portería vacía y ante una defensa dormida que lo perdió de vista y que, cuando quiso reaccionar, ya era tarde.
Y nueve minutos después, el mismo Ronaldo tomó la pelota, la llevó unos cuantos metros y, cuando se dio cuenta que los rivales se agrupaban para escalonarlo, sacó un latigazo imposible para un adelantado Barthez, que por más que estiró toda su humanidad no llegó a tener contacto con la pelota.
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Ese 23 de abril de 2003 el número 11 de Real Madrid marcó tres goles y silenció el estadio de Manchester United, Old Trafford, a la hinchada que no pudo festejar la victoria del equipo inglés por 4-3, pues la llave quedó en manos de los españoles que avanzaron a las semifinales de la Champions League (6-5).
Poca gente recuerda el tanto de Ruud van Nistelrooy, o el autogol de Iván Helguera, tampoco los dos tantos de David Beckham, que desde el banco le dio el triunfo a los Diablos Rojos. Porque cuando se habla de ese día lo primero que viene a la mente es El Fenómeno, imparable, potente, inteligente.
En medio de los aplausos, como si su camiseta fuera la roja, el brasileño salió en el minuto 67 para darle ingreso al argentino Santiago Solari. Su trabajo estaba hecho y los ingleses, más que justos, reconocieron su superioridad.
“Lo que hizo no lo puede hacer nadie más. Es un tipo que está un escalón por encima de los demás. Y es un gusto tenerlo con nosotros”, dijo en su momento Vicente del Bosque, entrenador del Madrid y quien ese 23 de abril perdió la batalla contra Sir Alex Ferguson, pero no la guerra.