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La inmensidad del estadio conmocionaba a Mario Vargas Llosa. Lo emocionaba y al mismo tiempo le producía terror. Por un lado, lo exaltaba ver las tribunas repletas y escuchar los coros que bajaban de las gradas, el clamor unísono de miles de hinchas que parecían tener una sola voz. Sin embargo, también le causaba pavor ver esa masa incontable de personas.
El eco de esa imagen lo llevaba a pensar, siempre que se encontró con aquel paisaje, que así debían ser los circos romanos. Así debía sentirse el guerrero que entraba al coliseo a entregar su vida. “El jugador es aplaudido o vilipendiado por esa multitud gigantesca, vive esa psicología de masas ¡Debe de ser estremecedor! Es una enorme responsabilidad, estar allí, ante miles de ojos y delante de la pelota. No conozco otro espectáculo [que el fútbol] que nos conecte más con los grandes espectáculos de masas más primitivos: los circos romanos, los grandes movimientos de masas de los pueblos antiguos, cuando creían que los grandes terremotos eran castigos divinos”, le confesó el Nobel de Literatura a Juan Cruz, en una entrevista publicada por El Espectador en 2011.
Mario Vargas Llosa creía que el fútbol era una religión, pero laica. Un movimiento poderosísimo, capaz de mover las emociones de millones de aficionados. Con rituales y estructuras simbólicas que se alimentan de la creencia colectiva y popular, la vivencia emocional, pero no de la trascendencia del espíritu. “Antes, solo las religiones convocaban esa especie de manifestación irracional y colectiva. Eso que antes era prototípico de la religión, es la religión laica de nuestro tiempo; una irracionalidad a flor de piel que, a la corta o a la larga, genera violencia. Un deporte que es apasionante, a mí me apasiona desde niño, pero que al mismo tiempo genera actitudes de desfogue que uno ni se imagina que pueden suceder”, dijo en esa misma charla.
Mire más, en contexto: “El fútbol es una religión laica”
Nacido en Arequipa, en 1936, Vargas Llosa antes que escritor fue un hincha del fútbol, un fiel creyente. Tenía 11 años la primera vez que se enfrentó a la inmensidad del “coliseo”, aunque esa tarde las graderías estaban vacías. Vestido de arriba a abajo con los colores del Universitario de Perú, se hizo hincha del cuadro crema después de aquel día, cuando jugó, en pleno Estadio Nacional, contra Deportivo Municipal. “No sé si llegué a patear alguna vez la pelota, pero en mi memoria quedó grabada esa experiencia como una de las más intensas de mi vida”, reconoció el novelista en 2011, ante la enorme multitud que lo ovacionaba cuando el club de sus amores le rindió homenaje, antes de un partido, tras haber recibido el Nobel de Literatura en 2010.
Más atrás, antes de consagrarse como una de las figuras más notables de las letras hispanas, el último eslabón del boom latinoamericano, Vargas Llosa disfrutó al escribir de fútbol. Pocos lo saben, pero, en 1982, cubrió para el diario El País del Mundial de Fútbol de España. “Ahora basta, ha llegado el rey, han salido los equipos, se ha declarado inaugurado el mundial, el partido comenzó. Basta de escribir, vamos a divertirnos un poco”, escribió en su primera crónica, una defensa del fútbol como bien colectivo, contrario a lo que uno de sus amigos, Jorge Luis Borges, consideraba de este deporte: “Quienes piensan que empobrece intelectualmente, olvidan que divertirte es un asunto importante. El inteligente y el tonto, el culto y el inculto lo pueden gozar por igual”.
En esa Copa del Mundo descubrió a Diego Armando Maradona. Fue al debut, contra Bélgica, cuando la derrota de los campeones del mundo en el 78 llevó a los espectadores, incluido el cronista peruano, a la decepción total. “Tuvo un desempeño tan opaco, que muchos se preguntaban de dónde, desde cuándo y por qué el mito Maradona”, escribió para El Gráfico, solo para después rendirse a sus pies: “Después del partido de Argentina contra Hungría, que el pequeño astro iluminó de principio a fin con el fuego de artificio de su sabiduría, ya nadie lo pone en duda: Maradona es el Pelé de los años ochenta. ¿Un gran jugador? Más que eso: una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas».
Porque si el fútbol para Vargas Llosa era una religión, a la vez debía tener sus héroes. Así lo definió para la revista argentina: “Por un período que será fatalmente breve —este es el más absoluto y el más fugaz de los reinados—, al argentino le toca ahora ser, para millones y millones de personas en el mundo, lo que fueron, en sus también rápidos turnos imperiales, Pelé, Cruyff, Di Stéfano, Puskas y algunos otros: la personificación del fútbol, el héroe en quien este deporte se hace cifra y emblema. (…) Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de rock, deportistas, cocineros, ‘play-boys’, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica. Las virtudes futbolísticas —la destreza, la agilidad, la velocidad, el virtuosismo, la potencia— difícilmente pueden ser asociadas a posturas socialmente perniciosas, a conductas inhumanas. Por eso, si tiene que haber héroes, ¡que viva Maradona!“.
Vargas Llosa era de esos creyentes a los que el fútbol les moldea la vida. Los que cuadran el fin de semana según el partido que haya. Los que miden su vida en mundiales, un loco que cuadró su luna de miel para ir a ver a Pelé en el Maracaná: “Mi mujer siempre se burla de mí por una cosa. Nos casamos y fuimos de luna de miel a Río. Al día siguiente de llegar, la llevé al Maracaná a ver a Pelé, justamente. Mi luna de miel consistió en eso. Fue un Brasil-Alemania en el que Pelé metió dos goles”.
El mundo de la literatura lamentó este domingo la muerte de uno de sus ilustres. Pero, también el fútbol, que perdió a uno de sus fieles. Un escritor de talla mundial que reconoció que pocos momentos le emocionaron más que el día en el que le tocó hacer el saque de honor en el Santiago Bernabéu, porque, además de Universitario, en su corazón también hubo lugar para el Real Madrid.
Y fue en ese templo, a poco tiempo de su partida y pasmado ante el ruido de la tribuna, que recordó lo mucho que lo conmocionaban los estadios de fútbol, lo mucho que quería al equipo de su corazón. Tuvo que ser una coincidencia que, en el momento de su muerte, un silencio calló a todo el Estadio Nacional, que pareció enmudecer en pleno partido de Universitario al enterarse de la noticia: el adiós del único Nobel de Literatura que ha tenido Perú.
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