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En toda la punta de Colonia del Sacramento, donde se vislumbra el reflejo de una fogarada, que no es más que las luces incesantes de Bueno Aires al otro lado del río de La Plata, hay una bandera azul y blanca que se mueve al compás que le dicte el viento. En ese lugar, tres jóvenes toman mate para mermar el frío del invierno y uno de ellos, el que tiene una pelota en la mano, habla de Luis Suárez y de Édison Cavani. “Pura garra charrúa”. En esta época, esa expresión es confundida por muchos uruguayos que creen que el coraje es sinónimo de patadas y que decir garra charrúa es otra forma de expresar el crimen vehemente dentro de una cancha de fútbol.
Sin embargo, la significación va más allá, o mejor, viene de más atrás, de cuando los uruguayos empezaron a desligarse de la forma de jugar de los ingleses que les llevaron el fútbol en 1881, cuando ellos, obreros de fábricas, empezaron a hacer las cosas a su manera, con tendencia a los pases cortos, al duelo físico y a la entrega total. Pero esa Uruguay, de comienzos de siglo pasado, no era solo corazón, también era de una calidad individual enorme.
“La escuela inglesa había impuesto el pase largo y la pelota alta, pero estos hijos desconocidos, engendrados en la remota América, no repetían al padre. Ellos preferían inventar un fútbol de pelota cortita y al pie, con relampagueantes cambios de ritmo y fintas a la carrera”, escribió Eduardo Galeano sobre un equipo más que aceitado, de equilibrio en todos los sectores, algo muy novedoso a la hora de enfrentar a rivales europeos. Por eso no fue sorpresa que Uruguay ganara el oro en los Juegos Olímpicos de París, en 1924, y en los de Ámsterdam en 1928.
En ese entonces, a las puertas de la década de los años 30, fue que se juntaron dos palabras que ahora, casi un siglo después, siguen siendo relacionadas con un país que apenas pasa los 3.5 millones de habitantes y que es el que más jugadores exporta por cada 100 mil habitantes. Garra como muestra de vigor y convicción. Charrúa en homenaje a un pueblo amerindio que supo combatir a sangre no solo a los españoles sino a otras tribus de la región, como los guaraníes, que con un coraje obstinado defendía lo propio.
“El origen tenía como base un factor anímico para sobreponerse a los factores adversos”, dice el historiador Gerardo Caetano, que ha pasado su vida hablando por todo el mundo del fútbol uruguayo y de cómo la garra charrúa nació de sacar lo mejor de cada hombre en el terreno de juego y no de pegar, agarrar y braviar.
Y aparecieron personajes que ratificaron lo anterior como Juan Alberto Schiaffino, el volante que armaba el juego con una vista única, casi que perimetral. O Julio César Abbadie, que corría más rápido que los demás con unas botas pesadas y de apariencia incómodas. Los uruguayos no tuvieron más remedio que aplaudirlos y que entender que la esencia y la laboriosidad podían convivir juntas alrededor de una pelota.
El principio de todo
El 30 de julio de 1930, hace 90 años, Uruguay y Argentina se enfrentaron en la final del primer Mundial de la historia en el estadio Centenario de Montevideo. La FIFA eligió esta sede como homenaje a los 100 años de la Jura de la Constitución uruguaya. El torneo, conocido por ese entonces como el del boicot, no contó con unos ingleses ofendidos que refutaron siempre que ellos, los inventores del deporte, debían ser los anfitriones del torneo fundacional. Otras selecciones, arropándose en la excusa de la distancia de ir hasta América en barco, fueron solidarias con Inglaterra.
El mundo estaba en un estado convulso: Estados Unidos venía de la crisis económica más grande de su historia con la caída de la bolsa de Nueva York, en Italia 1.400 personas fallecieron a causa del terremoto de Irpinia, de escala de 6.5 y que sacudió todo el sur del país, Mahatma Gandhi era enviado a la cárcel por los ingleses en represalia a su iniciativa pacifista de independencia y el poeta Vladimir Maiakovski se había pegado un tiro en el corazón.
Fueron 13 selecciones las participantes, cuatro de ellas europeas, las que se atrevieron a llegar a puerto (Francia, Yugoslavia, Rumania y Bélgica). Un barco trajo el trofeo Jules Rimet de la mano del mismo Jules, por ese entonces presidente de la FIFA, y el mismo que estuvo en el palco de un escenario que había sido inaugurado ocho meses antes.
Pablo Dorado abrió el marcador para los locales, pero Carlos Peucelle igualó todo. Argentina se fue adelante con el gol de Guillermo Stábile y José Pedro Cea puso el 2-2 parcial en el minuto 57. Victoriano Iriarte le dio la ventaja a los uruguayos y Héctor Castro sentenció todo para el 4-2 final y título de Uruguay, y una muestra más de que el mejor fútbol del mundo estaba a las orillas del Río de La Plata.
De nada sirvió el concierto privado de Carlos Gardel a la selección de Argentina un día antes del encuentro, pues la garra charrúa, que se solidificaría en la Copa América de 1935, en Perú, otra vez con el triunfo de Uruguay sobre Argentina (3-0), ya era la luz y el grito de batalla que guiaría al equipo celeste hasta nuestros días.
Por: Camilo Amaya
En Twitter: @CamiloGAmaya