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Este martes, en el corazón de Estados Unidos, Nueva York, Fluminense se mide con Chelsea en las semifinales del Mundial de Clubes. El escenario no podría ser más simbólico: una ciudad que presume vitrinas repletas de camisetas de equipos como Real Madrid o PSG, los protagonistas del otro cruce, verá a los miles de hinchas de la tricolor carioca que han llegado a la Gran Manzana desafiar la lógica del fútbol global. Es el último latinoamericano en pie, la única ficha no europea que sobrevive en una Copa del Mundo disfrazada de “mini-Champions”. Y su presencia incomoda, fascina y descoloca.
En medio de un torneo que reproduce la estética, el poderío financiero y el dominio táctico de la élite europea, Fluminense es una anomalía: un equipo suramericano, alegre, pero competitivo; lírico, pero pragmático, que ha llegado hasta aquí a su manera. No como el tapado heroico que lo apuesta todo a la épica, sino como un proyecto real, profundo, con identidad y estilo.
Su camino no ha sido casual. Y menos en la fase definitiva: primero eliminó a un Inter de Milán que venía de ser subcampeón de Europa. Después despachó al millonario Al-Hilal, verdugo del Manchester City. Y ahora, en semifinales, enfrenta a un Chelsea que lo supera en presupuesto, en marketing y en plantilla, pero no en convicción.
La historia de Fluminense en este torneo no puede entenderse sin su fútbol. No por los resultados, sino por la forma. El “Flu” no solo juega distinto: cree en cómo juega. Su fútbol es fluido, eléctrico, asociativo, con ese brillo que escasea en un mundo saturado de sistemas rígidos. Es la herencia de Fernando Diniz, el técnico que lo condujo al título de la Copa Libertadores en 2023 y que dejó una huella estética que sobrevive.
Cuando Diniz se fue, luego de bordear el descenso en Brasil, muchos pensaron que el equipo perdería su alma. Pero entonces apareció Renato Portaluppi, el hombre que hoy encarna la paradoja de este Fluminense: mantener el ideal sin dejar de competir. Lejos de traicionar la esencia, la afiló. Convirtió la utopía en un sistema vívido.
Portaluppi —Renato Gaúcho, para los que lo conocen de sus épocas como jugador— ha sido siempre un personaje singular. Como futbolista fue un talento irreverente, un ídolo cargado de anécdotas. Una de ellas, recientemente viralizada, lo muestra frente a Pelé en un programa de televisión. “Cada gol tuyo es una mujer mía. Pero tú paraste en mil. Yo voy en cinco mil. Soy un fenómeno”, le dijo al rey, muerto de la risa. Esa mezcla de desparpajo y carisma no lo ha abandonado como entrenador.
Cuando le preguntaron, hace unos años, qué opinaba de la posesión de balón, respondió con una metáfora que lo retrata entero. También se replicó mucho por estos días: “Había un tipo que salió con una mujer bonita. Cenaron a la luz de las velas, conversaron, bailaron, estuvieron juntos toda la noche, pero al final llegó mi amigo, habló con ella 15 minutos y se la llevó al motel. ¿Entendiste? Si no entendiste, te lo explico en otra ocasión. Mi amigo ganó el partido”.

Detrás de la anécdota, sexista y al tiempo provocadora, hay una idea clara: un espíritu, entre lúdico y brutal, que guía a un equipo que no le teme a nadie. No todo es sistema. Fluminense también ha encontrado en sus jugadores un núcleo emocional poderoso. El colombiano Jhon Arias es símbolo de la gesta. Llegó en 2021 sin demasiada expectativa, pero se convirtió en ídolo. Fue clave en la Libertadores de 2023, y en este Mundial de Clubes ha vuelto a ser figura. El chocoano no solo aporta despliegue: representa una forma de liderazgo silencioso, de compromiso total.
Junto a él brillan otros nombres que le dan cuerpo al relato: Germán Cano, el argentino naturalizado colombiano, goleador insaciable; Paulo Henrique Ganso, el creativo que encontró en el “Flu” su segunda vida; Thiago Silva, el capitán que volvió a casa para cerrar el círculo, y Hércules, revelación del torneo, con goles decisivos. Todos, desde su lugar, encarnan el alma de este equipo: el alma de quienes no se achican ante nadie. Ahora el reto es el Chelsea, uno de los grandes de Inglaterra.
Mientras tanto, en el otro lado del cuadro, el PSG de Luis Enrique y el Real Madrid de Xabi Alonso preparan una semifinal que muchos ven como una final anticipada. París llega como el campeón vigente de Europa y colecciona goleadas. Madrid, en proceso de reconstrucción, ha mostrado señales prometedoras. Es un duelo de superpotencias, de presupuestos de muchas cifras, de fútbol total.
Y, sin embargo, en esa galaxia, Fluminense también tiene su sitio. Camina con un paso más incierto, pero también más humano, más emocional. Si llega a la final, será una hazaña. Y también un precendente: el de que aún hay espacio para otro tipo de fútbol. No siempre tienen que ganar los poderosos. Aunque en Suramérica, Brasil representa otro músculo difícil de igualar.
Tienen recursos, es cierto. Pero entre ellos y la UEFA hay un abismo. Aun así, ahí están. Fluminense es una ruptura. Es el intruso encantador que baila en la fiesta de los europeos. Toda una declaración.
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