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“¡Tú eres mujer, Marta!”, fueron las palabras de su madre que la dejaron fría. Ella nunca quiso que jugara a la pelota, el fútbol era una cosa de hombres. La primera vez que la descubrió, escapada del colegio y pateando un balón, el castigo fue peor que aquel grito. Pero, ni la más cruel reprimenda apaciguó el espíritu rebelde de Marta Vieira da Silva, que lo único que quería era jugar al balompié.
Había un mito en Brasil, la tierra del fútbol, donde había un rey y se llamaba Pelé. Supuestamente, los hombres llevaban el futebol en la sangre. Pero, en las mujeres, en cambio, era desgracia, producía infertilidad. Tereza da Silva, que se había encomendado a la labor de criar a su hija sin importar la ausencia del padre, no entendía que había hecho mal para que aquella insolente, por la que ella dejaba la vida, dedicara sus días a un oficio banal, que ni siquiera podían hacer las mujeres.
Intentó acercarse de forma amorosa para hacerla entrar en razón. Intentó persuadir a Marta de que las niñas no podían hacer lo que hacía. Pero, la terquedad de la niña, su obstinación en hacer lo que estaba prohibido, la llevó a tomar medidas más drásticas. Marta bailaba a los otros niños, a los que se atrevían a jugar con ella. Tenía un talento casi de cuna, el cual desarrolló en sus tardes de soledad, puliendo su técnica y soñando en grande. En el colegio, su profesor de gimnasia fue el que vislumbró el potencial de la pequeña futbolista clandestina, a la que, las privaciones de su madre, le incubaron en el corazón el deseo de dejar la casa. Tenía que abandonar Dois Riachos, el pequeño pueblo en Alagoas, Brasil, a pocos kilómetros del mar Atlántico, en el que había nacido y se había criado.
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Y fue ese día, después de pedirle dinero para comprar un balón, el que marcó el punto de giro. “¡Tú eres mujer, Marta!”, fue la sentencia definitiva. Tal vez, ya había pasado por su cabeza, pero aquella mañana entendió por qué debía decir adiós. Ella quería ser futbolista y en Dois Riachos nunca podría serlo. Pasó mucho tiempo antes de que surgiera la oportunidad, pero con la determinación tomada muchos años atrás, tan pronto escuchó que en Río de Janeiro Vasco da Gama estaba haciendo pruebas, Marta, con 14 años, empacó lo poco que tenía y a hurtadillas dejó la casa. Escapó a vivir su sueño.

Marta, la reina del fútbol
Lejos de Dois Riachos, Marta Vieira da Silva se hizo leyenda. En Vasco da Gama impresionó, después saltó a Santa Cruz-MG y finalmente, con apenas 18 años, terminó en Suecia, la tierra que en 1995 organizó la segunda Copa del Mundo Femenina, para jugar en el Umeå IK.
Un año atrás, en 2003, en el Mundial de Estados Unidos jugó su primera Copa del Mundo, sus primeros pasos hacia la grandeza y el primer episodio de la gran frustración de su carrera.
De esta serie, segunda entrega: Hitos de los mundiales femeninos: el mito fundacional de “la espada de triple filo”
Esa vez, Brasil se quedó en cuartos y fue eliminado por Suecia, el país en el que, un año más tarde, Marta empezaría a deslumbrar al mundo. Le bastaron dos años para ganar todo lo que había que ganar en tierra escandinava. Su nivel era tan deslumbrante, su gambeta, su capacidad goleadora y sus destellos con el balón, el mismo que durante años atormentó a su mamá, que la FIFA la eligió mejor jugadora del mundo en 2006, 2007 y 2008, mientras estuvo en suelo sueco, y en 2009 y 2010, mientras transitó entre el fútbol estadounidense, en Los Angeles Sol y FC Gold Pride, y el de su tierra, pues jugó en breves periodos en el Santos de Brasil.
Ese fue el mejor momento en la carrera de Marta Vieira da Silva, los años que la volvieron un ícono en Brasil y en el mundo. En pleno fulgor de esos años maravillosos, la brasileña se convirtió en la embajadora global del fútbol femenino y su historia inspiró a muchas niñas a dedicarse al balompié. Ella, que siempre se reveló a quienes le negaron la posibilidad de patear una pelota, era el mejor ejemplo del fútbol jugado por mujeres, que, entrado el nuevo milenio, se esparció como un fenómeno por todo el planeta.
Tras las distinciones de la FIFA, y sus años entre Estados Unidos y Brasil, Marta se afianzó en tierra norteamericana, donde el fútbol femenino empezó a dominar el panorama. Allí jugó en Western New York Flash hasta 2012, año en el que volvió a dar el salto a Suecia, para jugar con Tyresö FF hasta 2014. Después, la brasileña terminaría en Rosengård, pero en 2017 volvió a recalar en Norteamérica, para jugar en Orlando Pride, el club que, hasta el sol de nuestros días, ha gozado de tener a una de las mejores jugadoras de la historia.
Y en la mitad de toda esa historia, están las copas del mundo. Hasta hoy, antes de que empiece el Mundial de 2023, en el que Marta otra vez dirá presente, la brasileña ha jugado cinco copas del mundo. Nadie, ni siquiera en la rama masculina, ha anotado tantos goles como ella, que lleva 17 tantos.
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Sin embargo, después de 2003, en ninguno de los mundiales, ni siquiera en sus mejores años, Marta pudo darle a Brasil su primera Copa del Mundo Femenina. Eso sí, la hija de Dois Riachos, y de la madre que no quería que ella jugara a la pelota, cambió para siempre la historia de los mundiales femeninos.
La corona que la reina del fútbol nunca tuvo
Hasta 1970 el fútbol estuvo prohibido en Brasil para las mujeres. Es decir, los límites que encontró Marta durante su niñez venían de una errada concepción que en su país, como en muchos del mundo, fue aceptado como una norma social.
Pero, desde la década de los 70, y con más fuerza en los 80, el fútbol femenino se instaló como un fenómeno global. A tal escala que en el 91, la FIFA, en China, organizó el primer Mundial Femenino oficial de la historia.
En Brasil, Marta es considerada un antes y un después. Una figura tan importante que influyó en toda Latinoamérica, en donde el fútbol femenino no empezó a tener un auge verdadero sino hasta 2010.
De esta serie, la tercera entrega: Hitos de los mundiales femeninos: China y Estados Unidos, vientos de guerra fría
Y un episodio crucial en esa historia fue la Copa del Mundo de 2007 de China, la vez que Marta más cerca estuvo de lograr el campeonato mundial, cuando perdió en la final contra Alemania por 2-0.
En sus primeras ediciones, el Mundial Femenino lo habían dominado países que, en el lado masculino, no eran potencias. En el 91, Estados Unidos ganó su primer título; en el 95, fue Noruega, y en el 99, las estadounidenses repitieron copa. Pero, en 2003, el primer mundial que jugó Marta Vieira, Alemania dio el batacazo al vencer a Suecia con un gol de oro en la final. Fue la primera vez que una potencia del fútbol de hombres se consagró en el balompié de mujeres. Era la selección de jugadoras como Birgit Prinz, balón de oro ese año, o Silke Rottenberg, arquera de leyenda.
El mismo equipo que, un mundial después, le ganó a la Brasil de Marta, que para entonces era, sin duda, la mejor jugadora del mundo. Esa fue la vez que la leyenda brasileña más cerca estuvo del título, pues, después, en 2011, cayó en cuartos por penaltis contra Estados Unidos; en 2015, perdió en octavos contra Australia, y en 2019, fue eliminada otra vez en octavos a manos de Francia, el local.
En todas las copas, Marta fue el estandarte de Brasil y del mundo. Hoy, en Australia y Nueva Zelanda 2023, la brasileña, considerada la reina del fútbol, jugará su sexto y último mundial, todo un hito. Tal vez, nunca ganó la corona, pero su ejemplo y su historia marcaron una época en el fútbol femenino.
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