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La final de la Copa Libertadores 2025 entre Palmeiras y Flamengo será un nuevo capítulo en la hegemonía brasileña en los torneos Conmebol. Desde hace seis años, los rivales y las sedes de la definición del título han cambiado, pero los campeones siguen hablando portugués.
La edición de este año, que se disputará el 29 de noviembre en Lima (Perú), ratifica una tendencia que se ha convertido en costumbre. Será la séptima consagración consecutiva de un club brasileño. También es la séptima final en la historia del certamen entre equipos del mismo país.
Desde aquella primera definición 100 % brasileña entre São Paulo y Atlético Paranaense en 2005, ganada por los paulistas con un global de 5-1, el fútbol del gigante sudamericano ha acaparado los reflectores. Argentina, el que históricamente tenía más títulos, será alcanzado el mes que viene.
Antes de que Palmeiras y Flamengo se repartieran el protagonismo en la última década, equipos como Internacional, Corinthians, Atlético Mineiro y Gremio también estuvieron en lo más alto. En tiempos recientes Fluminense y Botafogo también gritaron campeón.
Tampoco es la primera vez que los actuales finalistas se ven en una final. Ya ocurrió en 2021, cuando el “Verdão” venció 2-1 al Mengão” en Guayaquil. Tres de las últimas cinco ediciones de este certamen fueron ganadas por alguno de estos dos equipos.
El dominio brasileño
La explicación es sencilla: el poderío económico del gigante sudamericano. La Liga BetPlay colombiana, por ejemplo, tiene un valor combinado de unos 200 millones de euros según Transfermarkt. Solo el plantel del Palmeiras supera esa cifra.
En total, la liga brasileña está tasada en 1.820 millones de euros, casi el doble de la Argentina, que ocupa el segundo lugar en el continente con 989 millones de euros, y eso que la nación albiceleste cuenta con diez equipos más en su primera división.
La diferencia económica no es solo una cuestión de cifras, sino de estructura. “La clave está en el poder financiero. Hoy Brasil tiene clubes con una fuerza comparable a la europea”, reconoció Filipe Luís, técnico del Flamengo. “Muchos jugadores reciben ofertas del exterior, pero se quedan porque el club puede igualarlas. Cuando tienes a los mejores, las posibilidades de ganar aumentan. A largo plazo, la diferencia se nota”, añadió el exlateral.
Los clubes brasileños manejan grandes presupuestos. Se nutren de contratos televisivos millonarios que superan con contundencia a los demás países de la región, lo mismo con los acuerdos que firman con patrocinadores y el apoyo de una masa poblacional que hace del fútbol parte de su identidad.
En un país con más de 200 millones de habitantes, que la pelota sea también un negocio, pesa. Flamengo, por ejemplo, con un estimado de 40 millones de seguidores, supera la población total de naciones como Bolivia o Paraguay, lo que se traduce en ingresos masivos por taquilla y mercadeo.
Esa estabilidad también les permite tener planteles profundos y competitivos. La exigencia del calendario local —con campeonatos estatales, Copa de Brasil y Brasileirão— obliga a conformar nóminas amplias, capaces de rotar sin perder nivel.
El caso de Palmeiras es diciente. Pese a vender en el mercado de verano al colombiano Richard Ríos (Benfica) y al joven talento Estevão (Chelsea), ingresando más de 60 millones de euros, el club paulista se reforzó con jugadores de nivel europeo como el paraguayo Ramón Sosa, procedente de la Premier League.
A él se suman figuras con recorrido internacional como Felipe Anderson, Paulinho, Vitor Roque y Gustavo Gómez, todos con salarios y condiciones difíciles de igualar fuera de Brasil. Algunos de ellos valen más que nóminas completas de equipos del fútbol profesional colombiano.
A eso se suma la capacidad exportadora del fútbol brasileño. Los dos finalistas de este año, por ejemplo, pueden presumir de haber formado a jugadores que hoy brillan en el Real Madrid, como Vinícius Júnior (Flamengo) y Endrick (Palmeiras).
Esa reputación refuerza un círculo virtuoso: el dinero atrae a los mejores, los mejores ganan títulos, y los títulos traen más dinero. Por supuesto que el pasaporte pesa. Las joyas de otros países de la región no suelen ser vendidas en los mismos valores.
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