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A René Higuita lo apodan “el Loco”, pero su carrera no fue un arrebato de excentricidad, sino una revolución. Esta semana, en Pachuca (México), el fútbol mundial le rindió tributo al hombre que cambió para siempre la manera de entender la portería. Su ingreso al Salón de la Fama del Fútbol Internacional —junto a figuras como Dunga, Iker Casillas, Diego Forlán y Gary Lineker— no es solo un reconocimiento tardío a su talento, también es la confirmación de que aquel arquero nacido en Medellín en 1966 se convirtió, sin proponérselo, en un capítulo esencial de la historia global del deporte.

Cuando subió al escenario, Higuita lo dijo con nostalgia y timidez: “Es mejor estar en un terreno de juego ante cien mil espectadores. Este escenario intimida”. Lo cierto es que pocas veces el fútbol ha producido un personaje tan magnético y contradictorio: un hombre capaz de inspirar una norma de la FIFA, inventar una jugada inmortal y, al mismo tiempo, cargar con los estigmas de un país y una época.
El arquero que jugaba como 10
Antes de ser guardameta, Higuita fue delantero. En los potreros del barrio Castilla, en Medellín, marcaba goles de cabeza, de chilena y de media volea. Su paso al arco fue casi accidental: un día el portero no llegó al partido y él se ofreció a reemplazarlo. Desde aquel instante, nunca más volvió a salir del arco… aunque jamás dejó de jugar como atacante.
Jugar con los pies…#NIVEL René Higuita pic.twitter.com/PV0RPibB8m
— Carlos Casabona (@CarlosCasabonaN) April 17, 2020
Esa dualidad —el arquero que gambetea, que amaga, que sale jugando— se convirtió en su sello. En una época en la que los porteros eran figuras estáticas, confinadas a los tres palos, Higuita transformó el puesto en un espacio de creación. Su forma de entender el juego era la de un artista: libre, intuitiva, rebelde. No fue casualidad que su estilo obligara a la FIFA a modificar el reglamento tras el Mundial de Italia 90, creando lo que hoy se conoce como la “Ley Higuita”, que impide a los porteros tomar con las manos los pases de sus compañeros. Esa regla, impuesta en 1992, marcó un antes y un después en la evolución del fútbol moderno.
A 30 años de uno de los goles más legendarios de Atlético Nacional, el gol de tiro libre de René Higuita a River en la semifinal de la Libertadores 1995. pic.twitter.com/GFrYzgyxbO
— 0 DESCENSOS 2 LIBERTADORES (@AtlNacional1947) August 8, 2025
“Con todo el respeto —dijo alguna vez—, jugadores como Pelé o Maradona no cambiaron las normas de la FIFA. Y llega un colombiano y lo logra”.
En 1989, René Higuita fue héroe absoluto en la conquista de la Copa Libertadores con Atlético Nacional. En aquella final, contra Olimpia de Paraguay, detuvo cuatro penales y convirtió uno. Era la primera vez que un club colombiano alcanzaba la cima continental, y lo hizo de la mano de un arquero que jugaba como si el arco fuera una excusa.
Un año después, en Italia 90, su estilo alcanzó la vitrina mundial. Fue protagonista en los partidos ante Emiratos Árabes, Yugoslavia y Alemania, pero quedó marcado por el error frente a Camerún que significó la eliminación de Colombia. Su intento de driblar a Roger Milla quedó como una de las imágenes más recordadas del torneo. Lo crucificaron y lo llamaron irresponsable. Pero el tiempo —y el cambio de reglas que provocó— terminaron por absolverlo. Higuita no había fallado por soberbia, sino por convicción: porque él entendía el arco como un punto de partida, no de encierro.
Una de las jugadas más recordadas de la historia de los Mundiales.
— Periodistán (@periodistan_) May 26, 2020
René Higuita intenta salir jugando, pero Roger Milla le roba la pelota y Camerún elimina a Colombia.
Famosa secuencia, histórico festejo.
Pero, ¿Qué tiene que ver una ignota isla africana con este gol? pic.twitter.com/8cYOFZ2aSq
El escorpión que lo inmortalizó
Si hubiera que condensar a René Higuita en una sola imagen, sería la del escorpión en Wembley, el 6 de septiembre de 1995. El centro inglés vino al área, y él respondió con un salto hacia atrás, las piernas arqueadas, despejando el balón con los talones. Una acrobacia insólita que trascendió en la historia. “Si lo hubiera hecho un argentino, ya estaría dando la vuelta al mundo”, dijo su técnico, Hernán Darío Gómez, sin imaginar que efectivamente así sería.
Años después, una encuesta global eligió aquella jugada como la mejor en la historia del fútbol. Por encima de acciones de Zidane, Pelé o Maradona. El “escorpión” convirtió a Higuita en un ícono pop: su silueta adornó camisetas, murales y comerciales; su melena rizada y su sonrisa irreverente pasaron a ser símbolos reconocibles en cualquier estadio del planeta.
— Follow-Vibronsfoot (@vibronsF) September 4, 2025
Pero detrás del mito había un hombre sencillo, supersticioso —solo usa calzoncillos azules desde 1989, “por cábala”—, solidario hasta el impulso (una vez detuvo un atraco en plena vía pública) y fiel a su barrio, a su gente, a su esencia. Lo llamaban “loco”, pero su locura tenía método: una manera de enfrentar el miedo con naturalidad, de romper los moldes sin pedir permiso.
El legado del loco
Higuita pertenece a esa rara estirpe de futbolistas que modificaron la percepción de su oficio. Antes de él, el arquero era un guardián; después, un jugador más. Su influencia se extiende en cada guardameta que hoy se atreve a salir jugando, desde Manuel Neuer hasta Kevin Mier, uno de sus pupilos en Atlético Nacional.
En Colombia, su figura trasciende el fútbol. Higuita es una metáfora del país: talento desbordado, genio e improvisación, éxito y caída, ternura y tragedia. Su historia condensa la Colombia de los años ochenta y noventa, esa nación que buscaba redención entre la violencia y la alegría del balón.

Hoy, cuando el Salón de la Fama lo acoge entre los grandes —junto a Beckenbauer, Cruyff, Maradona, Pelé, Zidane—, el reconocimiento adquiere un peso simbólico: el muchacho que vendía periódicos en Castilla, que perdió a su madre siendo adolescente, que inventó su propio estilo en una cancha de barrio, entra al olimpo del fútbol mundial. No solo por los goles que evitó, sino también por los que se atrevió a hacer desde el arco.
René Higuita no fue un portero común. Fue un artista que usó los guantes como pinceles, que convirtió la locura en identidad y la irreverencia en escuela. Su nombre queda grabado no solo en el mármol del Salón de la Fama, sino en la memoria colectiva de un deporte que aún necesita soñadores capaces de romper sus propias reglas.
Porque si el fútbol tiene algo de arte, de poesía y de riesgo, entonces Higuita fue —y sigue siendo— su mejor definición.
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