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Dejó de ser “la furia” y se convirtió en un equipo legendario del que se hablará siempre en la eterna memoria de la pelota. Con el juego del Barcelona como base (y sus conceptos de la escuela holandesa), la selección de España tejió la mejor época de su historia con entrenadores que entendieron que se puede jugar lindo (que casi siempre es sinónimo de jugar bien) y ganar. La ecuación perfecta para ser el mejor.
(El Barcelona de Guardiola: orígenes y revolución de una obra eterna)
Luis Aragonés fue conformando un equipo con jugadores conceptualmente superlativos. Con hombres que tenían en su cabeza un radar de lo que sucedía en el verde césped y que, gracias a eso, se potenciaban sus enormes cualidades para manejar la pelota y darle, en la mayoría de las oportunidades, el mejor destino posible. España comprendió que en las adversidades había que seguir respetando la idea. Mejor aún, que en las adversidades es cuando más hay que aferrarse a ella.
Por eso logró algo impensado hasta antes de aquella final de la Eurocopa 2008: ganarle una final a la poderosa Alemania. Lo hizo con Casillas como líder desde el arco y un Sergio Ramos que jugaba de lateral derecho y todavía no se había convertido en uno de los mejores defensores centrales del planeta. El que conectaba a la defensa con los creativos y comenzaba a darle sentido a la posesión del balón, Marcos Senna, el nacido en Sao Paulo (Brasil) que, además, recuperaba un montón de pelotas.
Delante de él, cuatro hombres con botines que parecían pinceles: Xavi Hernández, Cesc Fabregas, David Silva y un tal Andrés Iniesta. Calidad asegurada. En esta ocasión, sí con centro delantero definido: arriba se fajaba con los centrales el Niño Torres, autor del gol en la final en Viena. Para el Mundial de Sudáfrica 2010, el Barcelona de Guardiola ya había revolucionado al más hermoso de los deportes y Sergio Busquets se erigió como el remplazo de Senna. Lo apoyaba Xavi Alonso. También apareció David Villa con tantos claves e Iniesta, el mejor futbolista de ese certamen, tuvo su premio al convertir en la prórroga la anotación contra una Holanda que nada tuvo que ver con la que disputó la final del 74.
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España había festejado en Viena y en el Soccer City de Johanesburgo. Llegaba el momento de convertirse en la única selección en ganar consecutivamente la Eurocopa y, además, hacer el triplete Euro-Mundial-Euro. En Kiev enfrentó a la Italia de Cesare Prandelli y su 4-1-3-2 con Pirlo como eje de su juego. España, en el papel, sin delanteros y con un sistema 4-6-0. Por delante de la línea defensiva jugaban Xavi, Busquets, Xavi Alonso, Fabregas, David Silva e Iniesta. Y Golearon 4-0 con una exhibición para las mejores antologías de videotecas.
Vicente del Bosque había respetado el trabajo de Aragonés, puso su sello al fortalecer la creación en la mitad de la cancha y llevó al combinado español a la eternidad. Aquella noche en Ucrania, el 1 de julio de 2012, se terminó de concretar la obra de uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Uno que, como otros que quedaron en la historia, respetó una idea que hacía de faro y que era innegociable. Eso los llevó a la gloria. Porque el fútbol es un juego y la única manera de no arriesgar es no jugándolo.