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De un tiempo a esta parte, en las redes sociales colombianas se ha instalado una frase: “Gracias, guerreras.” Lo que en su origen pudo tener un tono de reconocimiento se ha convertido en un dardo cargado de ironía, una manera de burlarse de los equipos nacionales —a nivel de clubes y selección— cuando no consiguen el título.
La frustración es comprensible: Colombia ha estado varias veces a las puertas de la gloria, pero lo que cuesta ver, y más aún aceptar, es que los procesos deportivos no se reducen al resultado. Y el subtítulo del Deportivo Cali en la Copa Libertadores Femenina de 2025 es, precisamente, una prueba de ello.
El cuadro azucarero llegó a la final del torneo continental en un contexto adverso. No era favorito. No tenía, como en otras ediciones, a su plantilla completa. En la etapa más crítica de la temporada perdió a dos de sus piezas más determinantes: Ingrid Guerra, lesionada, y Valeryn Loboa, su futbolista más valiosa, quien partió hacia los Portland Thorns de Estados Unidos.
Pese a ello, el Cali se plantó con autoridad ante el Corinthians, máximo referente del fútbol femenino sudamericano. Durante varios pasajes del partido, el equipo de Jhon Alber Ortiz dominó, generó opciones claras y hasta rozó la victoria.
Lorena Cobos exigió a la portera rival en dos ocasiones y Kelly Ibargüen estuvo a punto de anotar un gol olímpico, solo evitado por una defensora en la línea. El resultado final, 0-0, se resolvió por penaltis. El título se escapó por centímetros, cuando el cobro de Ibargüen se estrelló en el poste.
“No hay que reprochar nada. Todo, salvo el resultado, es positivo. Lo dieron todo”, dijo Jhon Alber Ortiz al término del encuentro. En medio de una crisis económica que golpea a la institución, con retrasos en los pagos y cambios de dueño, este subtítulo vale más de lo que muchos parecen dispuestos a reconocer.
Pero en Colombia hay una obsesión con medirlo todo en términos de campeonatos. En la lógica del hincha promedio el segundo lugar es sinónimo de fracaso. “Después del campeón todos son perdedores”, dicen algunos en los comenarios de las publicaciones de los equipos, como si el deporte fuese una ecuación binaria entre éxito y derrota.
Nos quejamos de que “siempre nos faltan cinco pal peso”, pero olvidamos de dónde venimos. Hace una década Colombia ni tenía liga profesional femenina. Hoy, no solo existe una competencia estable -que debería ser más larga y con mejores condiciones, claro-, sino que sus jugadoras llevaron a los clubes nacionales a la selección a ser la segunda fuerza de la Conmebol, detrás de Brasil.
Sin embargo, el discurso público sigue preso del resultado. Basta ver lo que ocurrió con la selección sub-20 masculina en su último Mundial: pese a igualar su mejor participación histórica -logró el tercer lugar-, fue blanco de críticas feroces por no salir campeón.
Nadie niega que haya que aspirar alto; el problema surge cuando la frustración se convierte en desprecio. El enfoque ultracompetitivo confunde el valor de la persona con el del rendimiento. Si solo sirves cuando eres campeón, ¿qué valor tienes después de una lesión, una mala temporada o el retiro?
La derrota en penaltis frente a Corinthians remite inevitablemente a otro recuerdo reciente: la final de la Copa América Femenina 2025, también perdida desde los once pasos ante Brasil. El paralelismo es claro. Pero detrás de esas caídas hay señales de crecimiento, de un país que está aprendiendo a competir de tú a tú contra potencias históricas.
Tras la reciente final de Libertadores el propio Ortiz insistió en: “Quiero que dejen ese cuento de ‘Gracias, guerreras’. Hoy se vio a un equipo que compitió”. El hincha colombiano suele ir al vaivén del resultado. Si el penalti de Ibargüen hubiera entrado, hoy los mismos que hoy desestiman el subtítulo estarían celebrando la hazaña. Así funciona la cultura del “bus lleno”: la fidelidad depende del marcador. Los estadios se llenan solo en los cuadrangulares, y la pasión parece activarse solo cuando se gana.
Por eso este subtítulo debería invitar a una reflexión más profunda. Deportivo Cali no solo alcanzó este 2025 la final de la Libertadores, sino que además igualó a Santa Fe como máximo campeón de la Liga BetPlay Femenina, con tres títulos cada uno. Logró, además, un ingreso de cerca de 600.000 dólares en premios, que servirán para aliviar las tensiones financieras de una institución golpeada duramente en ese aspecto en la historia reciente. Todo eso en un año que, para el club, empezó con incertidumbre.
Nadie niega que todos queremos títulos para el fútbol colombiano. La exigencia y el propio nivel nos han hecho ver que, sobre todo en la rama femenina, cada vez estamos más cerca de ese primer lugar tanto a nivel de clubes como selección, al menos a nivel continental. Sí, es el paso que falta, pero eso no debería opacar los pasos que se dieron antes.
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