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No es casualidad que el gol en el minuto 113 que le dio a Alemania su cuarta Copa del Mundo tenga implícito el sello del Bayern Múnich. Y en especial de Mario Götze, una de las perlas de la Bundesliga, robada al que es hoy su rival más fuerte: el Borussia Dortmund. Aquella anotación, que supuso el triunfo de los teutones en el escenario internacional tras 24 años, es también la gloria del club conocido como la Estrella del Sur.
Porque el Bayern nuevamente se ha convertido en la base de la Alemania campeona, tal como lo hizo en 1974, cuando sus principales estrellas levantaron el trofeo Jules Rimet vestidos de blanco y negro. Una historia con ribetes muy parecidos, fundada en un proyecto ganador, sustentada con estrellas de renombre en el panorama europeo y rematada con hazañas de alto renombre.
Aquella selección de los años 70 tenía como eje al Bayern supercampeón de Europa. Sus principales estrellas fueron convocadas por el estratega Helmut Schön y todos se vistieron de gloria: el portero Sepp Maier, los defensas Paul Breitner y Hans-Georg Schwarzenbeck, el medio Jupp Kapellmann y el delantero Uli Hoeness. Y dos de ellos tuvieron brillo propio: el goleador Gerd Müller y el capitán Franz Beckenbauer.
Siete piezas fundamentales que conformaron las filas del Bayern Múnich que ascendió en 1965 a la primera liga alemana y que a partir de los años 70 escribió la gloria: ganaron cuatro campeonatos nacionales, dos copas de Alemania, tres Copas de Europa consecutivas (entre 1974 y 1976) y una Copa Intercontinental. Todo ello bajo la orientación de tres técnicos: los alemanes Udo Lattek y Dettmar Cramer, en compañía del yugoslavo Branko Zebec.
Era un equipo efectivo pero poco vistoso. Consolidado especialmente en la disciplina táctica y la fortaleza física. Era el equipo que impuso la defensa de líbero en el Viejo Continente y que se especializaba en una delantera infalible, con artilleros que no perdonaban el más mínimo error. Un conjunto unido tanto en el campo de juego como fuera de él. “Antes del partido nos comíamos un asado de cerdo y nos bebíamos una cerveza de trigo”, recordaba Maier recientemente en entrevista con la página web del club bávaro.
El Bayern Múnich de hoy es un club diametralmente diferente al de entonces. En esencia, es una auténtica multinacional, la tercera más poderosa del fútbol europeo (por detrás del Real Madrid y el FC Barcelona) con ganancias anuales, según la consultora Deloitte, de 431,2 millones de euros. Una organización soportada en el músculo económico de Adidas (su presidente hace parte de la junta directiva del equipo), que forma grandes jugadores y adquiere a las joyas más preciadas de sus rivales en Alemania y el Viejo Continente.
Una organización que desde 2009, con la dirección técnica del holandés Louis van Gaal, no ha parado de cosechar títulos. En ese breve período ha sumado tres ligas, tres copas alemanas, dos Supercopas de Alemania, una Champions League, una Supercopa de la Uefa y un Mundial de Clubes. Sus rivales aún están lejos de alcanzarlo. Ni el Dortmund de hoy ni el Borussia Mönchengladbach de los años 70 lograron opacarlo.
Por eso no extraña que la Copa Mundo fuera levantada el domingo por Philipp Lahm, capitán teutón y del Bayern Múnich. Ni que el grito del triunfo fuera secundado por otros seis compañeros de la escuadra: el arquero Manuel Neuer, que recibió el Guante de Oro, el defensa Jerome Boateng, los volantes Götze, Toni Kroos y Bastian Schweinsteiger, y adelante, un artillero como los de antaño: Thomas Müller. Sí, el estilo bávaro está más firme que nunca.