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Ousmane Dembélé lo consiguió. El futbolista francés, tantas veces señalado por sus lesiones y dudas en Barcelona, fue elegido ayer como ganador del Balón de Oro 2025, el premio más prestigioso del fútbol mundial. La revista “France Football” reconoció al extremo del París Saint-Germain como el mejor jugador del planeta, coronando una temporada de ensueño en la que pasó de ser un talento intermitente, un jugador díscolo, a un atacante total. Su consagración, sin embargo, no se explica sin la figura de Luis Enrique, entrenador también premiado como mejor del mundo, quien encontró la manera de potenciar a un futbolista que muchos daban por perdido.
La frase del técnico español tras la final de la Champions League ante Inter de Milán ya había sonado a declaración de intenciones: “Toda la gente se preocupa por a quién le daría el Balón de Oro. Yo se lo daría, solo por cómo ha defendido en esta final, al señor Ousmane Dembélé. Eso es liderar a un equipo desde la humildad y el liderazgo”. Luis Enrique no exageraba. En esa final PSG goleó 5-0 a los italianos, y Dembélé no solo marcó diferencias en ataque: se multiplicó para presionar, recuperar y liderar a un grupo que lo ganó todo.
Los números hablan solos. Dembélé disputó 54 partidos oficiales en la campaña 2024-25, anotó 35 goles y repartió 13 asistencias: 48 participaciones directas en apenas 54 juegos. Fue máximo artillero de la Ligue 1, levantó cuatro títulos con el PSG —Liga, Copa de Francia, Supercopa y Champions League— y fue elegido mejor jugador del torneo continental, con ocho goles y seis asistencias en el camino hacia la gloria.
Su influencia fue tan determinante, que no solo destacó por cifras, sino por el modo en que asumió la responsabilidad de ser la principal arma ofensiva en un club que necesitaba nuevas referencias tras la salida de Kylian Mbappé. En París, Dembélé encontró la estabilidad que jamás tuvo en Barcelona, y también el respaldo emocional y táctico de un entrenador que confió en él como eje de su proyecto.
Su historia, sin embargo, no se entiende sin repasar el camino lleno de obstáculos que lo precedió. Formado en el Évreux y luego en el Rennes, irrumpió como un talento precoz en la Ligue 1. En Dortmund confirmó su potencial: desborde, velocidad y gol. Tanto brilló, que en 2017 el Barcelona pagó 145 millones de euros para ficharlo, con la misión de llenar el vacío dejado por Neymar.
Pero su etapa azulgrana fue un calvario. En su debut liguero como titular, apenas a los 25 minutos, sufrió una rotura en el tendón del bíceps femoral. Ese fue solo el inicio de una interminable cadena de lesiones musculares que lo apartaron de los focos y lo convirtieron en blanco de críticas. Muchos lo señalaron por su indisciplina, por su gusto por los videojuegos y por llegar tarde a los entrenamientos. En Barcelona, donde se esperaba regularidad, apenas mostró destellos.
Incluso cuando encadenó buenas rachas, las lesiones volvían a aparecer. La afición culé lo veía como una inversión fallida, un jugador frágil, incapaz de consolidarse como estrella. La etiqueta de “cristal” lo persiguió durante años. Hasta que en 2023, tras más de un lustro de altibajos, aceptó un nuevo reto: París.
Dembélé, el mejor entre los mejores
El fichaje por PSG en agosto de 2023 fue recibido con cierto escepticismo. Pero Luis Enrique tenía un plan. Lo liberó en ataque, le dio confianza y lo convirtió en el motor de un sistema donde la presión, la amplitud y el sacrificio defensivo eran tan importantes como el talento individual. Bajo ese contexto, Dembélé se transformó en un futbolista explosivo, decisivo en el uno contra uno y maduro en su toma de decisiones.
El Balón de Oro confirmó su resurrección. El francés se impuso en la votación a figuras como Lamine Yamal, que fue el mejor joven, y su compañero Vitinha. La ceremonia en París fue precisamente una fiesta para el PSG: Gianluigi Donnarumma ganó el Trofeo Lev Yashin como mejor portero, y el club fue elegido mejor equipo masculino. Luis Enrique completó el círculo con el Trofeo Johan Cruyff al mejor entrenador.
En la rama femenina, Aitana Bonmatí volvió a ganar el Balón de Oro por tercera vez, consolidando su hegemonía en el fútbol mundial. Linda Caicedo, por su parte, terminó segunda entre las jugadoras jóvenes detrás de Vicky López, confirmando el impacto de la colombiana en la élite europea.
Para Dembélé, el premio no solo simboliza un reconocimiento individual, sino la reivindicación de una carrera que parecía destinada a quedarse en promesa. Con 28 años, alcanzó la madurez que le reclamaban desde hacía tiempo. El talento siempre estuvo, pero faltaban la constancia, la disciplina y la salud física. En París todo se alineó.
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