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Pocos orgullos son tan profundos como el de ver a un hijo abrirse camino. No importa cuán fuerte sea el carácter, cuán grande el ego o cuán extensa la historia personal: cuando un hijo empieza a destacar, algo se mueve por dentro. Incluso en alguien como Zlatan Ibrahimović. Uno de los personajes más dominantes, carismáticos y seguros de sí mismos que ha dado el fútbol en el siglo XXI. Hoy, ya retirado, el león sueco observa cómo comienza a florecer un legado que se impuso con gestos grandilocuentes, pero que se construyeron con el respaldo del ejemplo en el campo.
Maximilian Ibrahimović, el primogénito de sus hijos, dio un paso importante en su carrera al ser anunciado como nuevo jugador de Ajax, a préstamo desde el AC Milan, club con el que ya tiene contrato profesional. El acuerdo, según reportes desde Italia, incluye una opción de compra cercana a los 3,5 millones de euros al final de la temporada. El movimiento entre clubes brinda un sazón importante a la historia, debido a que son dos instituciones en las que su padre dejó una huella profunda y en las que el apellido tiene un respeto importante.
Maximilian, de 19 años de edad, lo sabe y es consciente del reto: “Es bonito que mi padre también haya jugado aquí”, dijo en su presentación. “Pero estoy aquí para hacer lo mío. Quiero escribir mi propia historia”.
La historia de Zlatan
Para entender el contexto que rodea hoy a Maximilian, primero hay que mirar hacia atrás. Mucho antes de los goles imposibles y de la figura casi mitológica que construyó con los años, Zlatan Ibrahimović fue un niño flaco, inseguro y marginado que creció en Rosengård, un complejo de viviendas populares en Malmö.
Hijo de padres inmigrantes de la antigua Yugoslavia, Zlatan vivió una infancia marcada por la inestabilidad. Su madre trabajaba como empleada de limpieza y su padre como cuidador de edificios. Se separaron cuando él era muy pequeño, y la familia se movía constantemente entre apartamentos diminutos. A veces, el refrigerador solo tenía cerveza. Los servicios sociales intervinieron más de una vez.
En la escuela tampoco encontraba refugio. Hablaba con ceceo, se avergonzaba de su nariz y reconoció más tarde que asistía, sobre todo, por los almuerzos gratuitos. Cuando el colegio decidió asignarle una profesora especial para “ayudarlo”, Zlatan lo vivió como una humillación pública. La historia se volvió parte de su leyenda: una tarde, cuando la maestra fue a verlo jugar fútbol, Zlatan le disparó el balón desde lejos y le dio en la cabeza. Días después, ella renunció.
“Quería enfrentarme al mundo entero y mostrarle a todos los que dudaban de mí quién era realmente”, escribió en su autobiografía. “Y no podía imaginar a nadie que pudiera detenerme”.
El fútbol se convirtió en su refugio y en su escenario. En los campos polvorientos de Rosengård, donde convivían hijos de inmigrantes que tampoco se sentían parte de la sociedad sueca, no bastaba con ganar. Había que destacar. Había que atreverse. Los trucos, el estilo y la personalidad valían tanto como los goles. Zlatan copiaba a Ronaldo, a Romario, dormía con el balón junto a la cama y entendía que ser diferente era la única forma de hacerse respetar.
Fuera del campo, su camino pudo haber terminado mal. Él mismo admite que robaba bicicletas, que aprendió a abrir cerraduras y que, de no haber encontrado el fútbol, probablemente habría acabado en prisión.
De ahí nació también el personaje. La arrogancia como escudo. La fanfarronería como respuesta. “Siempre intenté hacerme el arrogante. No se podía mostrar ninguna debilidad”, dijo. No era solo provocación. Era una forma de sobrevivir.
Dos caminos que se cruzan en los mismos lugares
Zlatan Ibrahimović llegó al Ajax en 2001 desde Malmö. Tenía 19 años, como hoy su hijo, y era un talento en bruto. En Ámsterdam se formó, se hizo jugador de élite y empezó a construir el personaje que luego dominaría el fútbol europeo. En cuatro temporadas marcó 48 goles, ganó dos Eredivisie y una Copa, y dejó claro que estaba destinado a algo grande.
Más de veinte años después, el Ajax vuelve a recibir a un Ibrahimović. Pero el contexto es distinto. Maximilian no llega como promesa mediática ni como fichaje estelar. Llega como un proyecto. Un jugador joven que viene de sumar minutos en el Milan Futuro, el equipo filial, donde anotó cinco goles en 16 partidos esta temporada en la Serie D italiana.
No ha debutado con el primer equipo del Milan, aunque ya estuvo en eventos importantes, como el viaje a Arabia Saudita para la Supercopa Italiana. Ahora, el plan de Ajax es alternarlo entre el equipo sub-23 y el primer equipo, para adaptarse al ritmo, la intensidad y las exigencias del máximo nivel.
“Es un jugador con mucho potencial”, explicó Marijn Beuker, director deportivo del club. “Tiene buen sentido de ubicación, es directo, fuerte de cara al gol y tiene una mentalidad ganadora”.
Ajax, Milan y la herencia inevitable
La historia conecta casi sola. Zlatan brilló en Ajax antes de dar el salto a Juventus. En Milan vivió dos etapas, marcó más de 90 goles y ganó títulos de Serie A. Hoy, además, es asesor senior del club italiano, una figura clave entre los propietarios estadounidenses y el área deportiva. A pesar de la relación, Maximilian insiste en marcar distancia. “Ibrahimović es solo un nombre. Yo tengo mi propio nombre y somos muy diferentes”.
Dentro del campo, también lo es. Mientras Zlatan construyó su carrera desde la potencia, el juego aéreo y una técnica casi acrobática, Maximilian se define como un atacante rápido, que disfruta el uno contra uno, el desborde y el juego ofensivo. No es un ‘9’ clásico. Es más ligero y dinámico para diagonales o creación de espacios.
“Me encanta la filosofía del Ajax”, dijo tras recorrer por primera vez el Johan Cruyff Arena. “El estilo ofensivo, el protagonismo con el balón. Siento que encaja conmigo”.
Cada paso de Maximilian será comparado con el recorrido de su padre, uno de los jugadores más dominantes de su generación. Un delantero que dejó números impresionantes en Países Bajos, Italia, Francia y con la selección sueca. Un personaje que trascendió el juego.
Zlatan marcó 48 goles en 110 partidos con Ajax. En Eredivisie, su promedio goleador fue incluso mejor que el de leyendas históricas del club como Dennis Bergkamp. En Milan, fue ídolo, y en Suecia se convirtió como un símbolo.
“No tendría sentido compararme todo el tiempo”, dijo con naturalidad. “Ni siquiera creo que me parezca a él”.
El primer capítulo
Durante los próximos meses, Maximilian Ibrahimović vestirá el dorsal 27 y se moverá entre el Ajax Sub-23 y el primer equipo. No hay prisa. El club lo ve como una inversión a futuro. Él, como una oportunidad para crecer en un entorno que históricamente potencia jóvenes talentos.
La historia es atractiva porque conecta generaciones, camisetas y ciudades. Pero el verdadero interés no está en repetir el pasado, sino en ver qué hace Maximilian con ese contexto.
El apellido abre puertas. También pone presión. Lo que venga después, ya no depende de Zlatan.
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