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“Sudáfrica ahora es una marca”

El presidente del comité organizador de la Copa del Mundo, Danny Jordaan, revela secretos de los múltiples esfuerzos hechos para que el continente negro, por primera vez, acogiera el certamen.

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Sin Danny Jordaan no estaría a punto de celebrarse el primer mundial de fútbol en el continente africano. Nacido en 1951, antiguo luchador por la libertad y actual presidente del Comité Organizador de la Copa del Mundo, es un hombre-toro: cuerpo cuadrado, cabeza grande y, al verle andar, aunque sea sólo por el pasillo de su despacho en Johannesburgo, uno tiene la sensación de que no habría fuerza capaz de pararle. No camina; arrolla.

Él fue quien se empeñó en 1994, durante el Mundial de Estados Unidos, en que el evento deportivo más grande del planeta debería celebrarse en Sudáfrica. Con el apoyo entusiasta de un país —el suyo— loco por el fútbol inició las gestiones formales con la Fifa tres años después, abandonó su escaño parlamentario (como representante del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela) y se fue a la guerra.

Hizo todo lo necesario en Zurich, sede de la Fifa, y el júbilo fue enorme cuando por fin se hizo el anuncio de que en 2010 el Mundial sería suyo. La tarea de Jordaan entonces fue convencer a los escépticos del mundo, y eran muchos, de que Sudáfrica era capaz de cumplir sus promesas y tener todo preparado a tiempo para el primer partido este viernes en el estadio de Soccer City.

Algunos insisten en que esta Copa del Mundo es un instrumento para unir a la nación…

Si se fija en lo que ocurre en las calles, si se fija en quién lleva puesta la camiseta de los Bafana —apodo de la selección sudafricana—, verá que son blancos y negros. Si se fija en quién ondea la bandera desde el auto, son negros y blancos. Ningún sudafricano había llevado nunca la pabellón nacional en el carro, y ahora se ven en la parte de atrás, en los retrovisores, en las ventanas, y se observa casi una renovación de ese sentimiento patriótico. Tiene que ver con el fútbol en sí, pero también con cómo nos hemos preparado para el campeonato.

¿Hasta qué punto le preocupa la inseguridad?

Hay que tener en cuenta la diferencia entre la criminalidad social y la seguridad de un gran acontecimiento. Cuando viene un equipo extranjero y sus seguidores, sé dónde se alojan, por dónde pasean, dónde van a estar el día del partido. Y construimos la estructura de seguridad en torno a esos movimientos. En Sudáfrica hemos acogido 147 grandes acontecimientos deportivos desde 1994 y ni un solo incidente.

¿Cuál ha sido la mayor dificultad de su trabajo?

Al principio, movilizar recursos. Convencer al gobierno para que invirtiera en nuevos aeropuertos y después garantizar que todo se hiciera a tiempo.

Algunos sectores progresistas consideran un escándalo gastar tanto dinero en estadios gigantescos, cuando existe tanta pobreza…

La miseria en Sudáfrica no se va a aliviar con US$3.000 millones.

¿Eso es lo que gastó el país en la Copa del Mundo?

En infraestructuras, sí. Con esa cantidad no vamos a cambiar de forma trascendental los modelos sociales y económicos de este país. Y, en segundo lugar, en todos los países hay pobreza, y nadie de afuera tiene derecho a decir que, como no tenemos casas, no debemos tener orquestas, obras de Shakespeare ni Copas del Mundo. Es importante encontrar un equilibrio. No podemos tener una sociedad en la que la gente se limite a trabajar y dormir. ¿Sabe cuántos jóvenes soñarán cuando vean a Kaká, Ronaldo y Messi aquí? Es acercar esos sueños a sus vidas para que los toquen y los sientan.

¿Qué valor tiene el Mundial para Sudáfrica?

Pretendemos obtener cinco cosas: un legado de infraestructuras que son mucho mejores hoy que en 1994. La segunda es que ellas están unidas a más inversiones, comercio y puestos de trabajo. El tercer logro es la construcción nacional, la cohesión social. El cuarto es el turismo, que va a crecer. Y, por último, está la imagen del país. Sudáfrica ahora es una marca.

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