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Terceras de abono en Manizales

Fueron siete orejas y un indultado en esta inolvidable corrida.

10 de enero de 2010 – 07:55 p. m.

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Con las terceras de abono entran a fondo las ferias. Sucedió en la temporada de Manizales: siete orejas y un indultado. Quizá no se repitan tantas orejas en lo que falta, pero ya lo que pasó, quedó. Es la quincuagésima quinta temporada de toros de una ciudad a la que se le tiene cariño porque fue hecha a pulso. Veinte colonos, con prole y perro llegaron a mediados del siglo antepasado a pelear contra los sucesores de la Concesión Aránzazu, una de las más grandes del país, conseguida quién sabe a cambio de qué. A los manizaleño les gustan los toros: han construido 15 plazas. La última, en honor de la Virgen de la Macarena, fue inaugurada en 1951 con una faena de Antonio Bienvenida —maestro del natural y alzado contra el fraude de la afeitada de toros—.

El pasado 8 la plaza estaba llena, el cartel —Solanilla, Castella, El Juli— y el encierro Las Ventas del Espíritu Santo así lo exigían. El paseíllo de anteayer fue deslumbrante, garboso y solemne. Excepcional el número de las cuadrilla de monosabios por su número: 25 hombres. Los matadores desplegaron sus capotes de brega haciendo lances de salón. Solanilla, vestido de claro de luna, estaba nervioso, iba a recibir su grado. Curro Molina, peón de confianza de Castella, corría por el callejón calentando su cuerpo; Franco, banderillero, una figura de carne y hueso de Botero se chanceaba con su colega Ricardo Santana.

El primero de la tarde, un toro negro, bien hecho, con nuca de astracán como las monteras de los matadores de antes, pesó 486 kilos y se llamó Hispano. En lances, Solanilla lo recibió con una verónica y lo despidió con una cordobesa. La pica, una suerte que tiende a desaparecer, según los entendidos, por la poca fuerza que tienen las nuevas variedades de los toros, hechos para la comodidad y lucimiento de los toreros, fue superficial. Hispano, distraído, apenas persiguió en banderillas y Franco no pudo hacer su número supremo: saltar con sus 102 kilos la barrera.

En la arena, El Juli, padrino y Castella, testigo, daban la alternativa a Solanilla. El abrazo de cierre que se dieron El Juli y Solanilla tuvo un sello fraternal y sincero; Castella apenas felicitó con un toquecito de hombro al nuevo matador. El toro era mientras tanto distraído en las antípodas del ruedo. Aplausos y aplausos.

Muleta en la derecha el recién alternado le brindó la muerte de su toro a una mujer bella, joven, vestida con una leve camiseta de las que llaman esqueletos. Aplausos. El torito, un novillo pesado, buscó tablas y puso a Solanilla en dificultades, pero con un redondo, puso a sonar a la banda. Camina con garbo y tiene cara de torero. Toreó a media altura para que Hispano no se le fuera de bruces. Con la izquierda, no se abraguetó y los naturales terminaron en molinetes airosos. Se mostró cuidadoso con su cuerpo y con el de su toro. Logró un par de bernardinas. Pinchó nervioso; el público lo entendió. Volvió a intentar: trasera y mató con la de descabellar. Aplausos cariñosos.

De verde botella y oro, El Juli no ha dejado su despeinado de novillero, lo que hace resaltar la cicatriz que nace en su boca hecha por un toro en Carbonero el Mayor, cerca a Segovia. Le correspondió en el sorteo un toro corto, apretado de pitones con 486 kilos, llamado Balsa. Salió suelto. Verónicas alegres, ni para que decir que bien hechas.

El Juli tomó la muleta después de haberle sido devuelta por Solanilla y citó de lejos a Balsa que no se da por entendido. Calmado insistió más cerca, pero Balsa siguió en su querencia. Al fin logró provocarlo con un invertido exponiendo el cuerpo por delante. Cambiando de mano, lo metió en la muleta y de ahí, no volvió a dejarlo salir sino para tomar aire. Parecía como si la propia muleta fuera una querencia en movimiento. Pases y pases, y con la izquierda, sacándolo por donde lo entraba. Un circular eterno y un forzado de pecho anhelante de cielos. Un trincherazo perdiéndole los pitones y manoletinas del mismo corte. Pinchazo hondo. Una oreja: había hecho lo que dicen los que saben: sacar agua de un pozo seco.

Sebastián Castella tiene cara de bachiller de licée. Vestido de malva y oro toreó a Detenido, que nada tenía de su nombre porque fue un toro que se revolvía con rapidez mostrando casta. El francés lo recibió por delantales, estudiándolo. Picado por obligación reglamentaria y quites por cacerinas en honor a la plaza de Pepe Cáceres. Adriana Eslava, la bella hija del torero muerto, miraba agradecida. Castella hizo un quite de esos que no se entienden pero dejan escalofríos dando vueltas un largo rato. Curro Molina puso un primoroso par. Aplausos y saludo desde el ruedo.

Toreó el hombre a su gusto y el toro embistió de la misma manera y para redondear, en el centro del ruedo. Detenido no buscó las tablas mientras Castella hilvanaba con cambiados, forzados, redondos, circulares, naturales. Detenido humillaba y Castella lo fue metiendo al cuerpo hasta enrollarlo como si fuera la cinta con que se fajó esa tarde. Llama al toro con la mano, lo invita abriéndose la chaquetilla. Molinetes para volver al toreo hondo, sentido, desmayado, acariciando la arena en la propia boca de riego. Y un pase de las flores que aromó la plaza. Cuadra a Detenido que por fin se detiene. Volapié y el acero entra entero en el hoyo. El mar de palomas vuela sobre la plaza pidiendo las orejas y el indulto. La presidencia obedece.

El mano a mano Castella-El Juli estaba casado y Solanilla fue discípulo de excepción. Volvió El Juli. Salió por las dos orejas de Mestizo, un toro de 500 kilos. Verónicas a pie junto. Más toque que pica. Banderillas de Chiricuto y Santana mirando desde el balcón. El Juli comenzó con suavidad y de rodillas. El ángel merodeaba. El toro se rajaba. Con la izquierda cargó la suerte, cascabeleó entre los pitones. Trincherazo desdeñoso. Derechazos de su corte, profundos, entregados, sin dudas. El toro se quedó, El Juli se mete de rodillas entre los cuernos, bota estoque y muleta, ofrece el pecho a Mestizo, abriéndose la chaquetilla. Alguien comentó: “No hay peligro, el toro está mirando el trapo”. Volvió a pasarlo por la derecha y logra una estocada traserita pero mortal. Mestizo miró al torero diciéndole, me mataste. Descabelló fulminante, al estilo de Roberto Domínguez, hoy su apoderado. Aplauso general: ¡torero, torero! Dos orejas a ley. Vuelta al ruedo con laurel.

A Castella le tocó el quinto de la tarde, Evaporado, de 440 kilos en báscula. Veleto este y flojón de remos. Para corresponder como se debe, Castella lo recibió de rodillas y lanceó con verónicas y chicuelinas. Remató con una revolera. Tocado en picas. Banderillas apenas pasables. Con muleta, estatuarias. Derechazos bajos, el toro humilló. Naturales sin afectación, limpios, valerosos. Cambia de mano sacándolo por la espalda. El toro se iba resintiendo, quedándose, perdiendo lo poco que tenía. Castella se metió entre los pitones y lo besó con la yema de su dedo del corazón. Música. Estoconazo: una sola oreja pese a lo que pedían los pañuelos. Pícaro, pícaro grito el respetable. De nuevo el laurel.

Fue una gran tarde de “júbilo y azucena”.

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