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Guardameta legendario

A los seis años este histórico del deporte colombiano supo que no tendría un destino distinto al de ser arquero. Dice que el fútbol lo hizo feliz, que tuvo la dicha de que lo compararan con “El Divino” Zamora y que a los 16 años casi se le acaba su carrera.

13 de diciembre de 2014 – 09:20 p. m.
/ Luis Ángel - El Espectador
/ Luis Ángel – El Espectador
Foto: LUIS ANGEL

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Empecé a jugar fútbol a los seis años, con pelotas de de trapo. Recuerdo que tomábamos las medias de mi mamá y mis hermanas y las enrollábamos. Era una época simple. Siempre tapé. Nací con vocación de arquero. A los 13 años, cuando se creó la liga de fútbol de menores en Barranquilla, me inscribí en el equipo Millonarios y en 1938 salimos campeones. Supe entonces que no tendría un destino distinto para mi vida. En el colegio Barranquilla tuve buenos técnicos y me esmeré por practicar en mi casa ejercicios de salto. Eso me permitió tener una agilidad sorprendente. Mis hermanos se burlaban a veces, pero yo aguantaba. Mis papás jamás intervinieron en mi carrera deportiva.

Yo entendí muy joven que podía ser un gran jugador. Recuerdo que en el Mundial del 34 salían, en los caramelos, las figuritas de los jugadores de fútbol. Ahí aparecía Ricardo El Divino Zamora, el famoso arquero español, considerado el mejor en la historia. Era una foto chiquita que uno metía en agua y se revelaba. Ahí se me metió que yo quería ser un arquero tan famoso como él. A mí, además, cada cuatro o cinco caramelos me salía siempre una o dos veces la foto de El Divino Zamora. Era el destino. Ese Mundial lo seguimos a través de un radio General Electric que cogía todas las emisoras del mundo. Increíble. Mis hermanos (éramos seis varones y dos mujeres) siempre pegados a la radio. Soy el único vivo de todos. Tengo ya 88 abriles. Pienso cumplir hasta que el Señor me recoja, no soy exigente.

Esos tiempos de juventud eran hermosos. Del colegio me iba todas las tardes al estadio Romelio Martínez caminando. Me tardaba 30 minutos. Iba allá a recoger balones para entregárselos a los arqueros. Cuando ellos no venían, me ponía yo a tapar. Del arco a donde caían las pelotas había una distancia de unos 40 metros. En esa época los equipos entrenaban apenas con dos balones, no como ahora que tienen hasta para botar. Entonces pateaban y tocaba ir rápido a recoger la pelota, volver a entregarla y tapar de nuevo y así. Así me la pasaba todo el año. Lo mío era el fútbol, siempre lo fue, pero al lado del estadio Romelio había un campo de béisbol y allá me lesioné los ligamentos de la rodilla izquierda jugando. Fue terrible. Además, un médico me jodió la otra rodilla en el hospital, pues me infectó con una aguja.

El entrenador del Caldas de Barranquilla, Severiano Lugo, habló con un médico del Atlántico y le pidió que no me abriera la rodilla, porque pensaba que podía ser una estrella. Le pidió que me curara drenándome los líquidos que se me acumularon. Durante los primeros días de mi lesión yo deliraba, soñaba que estaba en la Segunda Guerra Mundial (estábamos en guerra, efectivamente) y las bombas estallaban muy cerca de mí. Vivía con mucho dolor todo el día. Solo una persona hacía el milagro de espantar mis dolores: la niña Xioma, mi esposa hace ya 65 años. Estábamos de noviecitos en esa época. Apenas la veía en casa, se me quitaban los malestares. Pero apenas se iba volvía a gritar: “Ayayayyy”. Tardé más de seis meses en recuperarme. Tenía apenas 16 años. Pensé que mi sueño del fútbol llegaba hasta ahí.

Pero me recuperé. Y como me la pasaba entrenando con la gente del Caldas de Barranquilla, en el 44 me ficharon. ¡La gloria! Debuté en un clásico ante el Júnior que ganamos 3-2. Estaba muy nervioso y mamá me dio valeriana para la ansiedad. En esa época no se usaban guantes. Era a pura mano pelada. Ese día lo tapé todo. Toda la tribuna se paró a aplaudirme de forma delirante. No creí lo que estaba pasando. Salí en hombros. Ocurrió lo mismo en los siguientes cuatro partidos, hasta que llegó el equipo Nariño y me hizo cuatro goles. Quedé devastado. Comprendí ahí que había que aprender a ganar, a empatar y a perder.

Del Caldas pasé al Fortuna de Barranquilla y allí me consolidé. Entonces me escogieron para la Selección y yo feliz. Pero era muy goloso. Apenas salíamos de almorzar, siempre me comía un helado. Me iban a echar de la Selección por tragón, pero el famoso periodista Jaime Riveira Abello intervino y me salvó el pellejo. Poco después, en los Suramericanos de Guayaquil (Ecuador) me fue increíble. Ante Uruguay, Paraguay, Ecuador y Bolivia tapé de todo. Por arriba nadie me ganaba, era un obelisco. Al cuarto partido ya era una estrella. En esas, en el lobby del hotel del equipo argentino me encontré con René Alejandro Pontoni, el gran centro delantero del San Lorenzo de Almagro. Él me dijo: “Negro, ¿te gustaría tapar para el San Lorenzo?”. “Esa es mi gran ilusión”, le dije. Deshice un contrato verbal que tenía para irme al Guadalajara de México y terminé en febrero de 1948 en Buenos Aires. Pasé de una ciudad con 276 mil habitantes a una con 3 y medio millones.

Pensaba que estaba muy solo en ese país gigantesco. Me fui un día a cine para distraerme y me tocó una película romántica. Pura lágrima toda la película y yo me puse a llorar de nostalgia. Al llegar al hotel prometí no llorar a no ser que tuviera un duelo familiar. Me calmé, me curé de espantos y me puse a jugar. Todos mis cariños me tocó resolverlos a punta de cartas. Seguimos con Xioma a distancia. ¡Y nos queríamos religiosamente! A finales de ese año regresé a Barranquilla y tomé los arrestos para pedir su mano. Y me llevé a la niña Xioma a Argentina. Nos casamos el 12 de febrero de 1949 en la iglesia del Perpetuo Socorro de Barranquilla, donde estaba la Virgen del Socorro. A esa virgencita le pedía yo, estando en el colegio, que me ayudara a ser un arquero tan famoso como El Divino Zamora. Trece años después, en el Mundial de Chile, se me hizo el milagro cuando el periodista Pedro Escartín escribió: “Efraín El Caimán Sánchez, el Zamora suramericano”.

Ya en Argentina, en mi primera entrevista con un reportero del periódico Crítica, me preguntaron dónde había nacido y yo les conté que en Barranquilla. Él dijo: “Pero si de allá es el caimán, como el de la canción de José María Peñaranda”, y entonces puso: “El Caimán nos lo envían de Barranquilla, se trata del arquero Efraín Sánchez, quien viene a probar suerte defendiendo la camiseta del San Lorenzo”. Ese fue el equipo que me dio la fama, junto con el Medellín. Estuve dos años con San Lorenzo, pero por esa época los grandes jugadores del mundo llegaron a Colombia cuando se abrió la liga profesional. Me devolví y el América me ofreció jugar. Luego pasé al Cali, pero allá tuve un año negro. Salté al Júnior con un año más aceptable. Después me vine a Santa Fe y de ahí al Medellín. Jugué. Corrí. Tapé.

Me fui a México. En Guadalajara me contrataron en el Atlas. Tuve actuaciones brillantísimas a finales de los años 50 y hasta me nombraron capitán de ese equipo. Poco después se vinieron las eliminatorias. Entrenábamos bajo las órdenes del mítico Adolfo Pedernera. Por fin clasificamos a un Mundial, el de Chile 62, y recuerdo que en Bogotá la gente nos hizo un recibimiento parecido al que les dieron a los muchachos de Pekerman. En la Selección teníamos dos figuras: Maravilla Gamboa y Cobo Zuluaga. Con el Cobo jugaba yo casi de memoria. En el primer partido del Mundial nos tocó enfrentar a Uruguay. Íbamos bien, empezamos ganando, pero los de Uruguay lesionaron a Maravilla Gamboa y al Cobo. No pudieron jugar más. Quedamos con nueve hombres porque en esa época no se podían cambiar jugadores. Los 11 que entraban eran los 11 que terminaban. Así, con nueve hombres, perdimos 2-1.

Después vino el partido inmortal del 4-4 contra Rusia. Ese día saqué de todo. Fue histórico. Hubo hasta gol olímpico. Lo tengo todo aquí fresco en esta cabeza de 88 años. Después perdimos contra Yugoslavia 5-0. El arquero de ellos fue la figura. De lo contrario les habríamos ganado o empatado como a Rusia. Fue un marcador mentiroso. Recuerde, además, que Yugoslavia terminó tercero en esa copa. En ese Mundial me calificaron como uno de los mejores arqueros. El fútbol es hermoso. Uno aprende de la vida. De todo. Luego fui técnico. Gané, perdí, disfruté. Me emocioné.

Colombia ha tenido grandes jugadores. James y Falcao emocionan hoy, pero antes lo hicieron Jairo Arboleda, Carlos Álvarez, Alpargata Ramírez, El Mico Zapata, Gallito Contreras, Willington Ortiz, El Boricua Zárate… La lista resulta interminable. James y Falcao cuentan con la ventaja de que tienen a Pékerman y han conformado un equipo tremendo, disciplinado. De no haber sido por ese árbitro español en el partido contra Brasil, Colombia habría ganado. Es una pena. Pékerman, hay que decirlo, revolucionó el fútbol colombiano.

¿Un momento bonito? ¡Tengo muchos felices! Mi vida estuvo llena de partidos hermosos, de estiradas increíbles, homenajes aquí y allá, titulares. Tengo todos esos recortes guardados en tres álbumes. Dos cajas repletas con otros archivos de prensa se las comieron los ratones en Medellín. Las tenía en un cuarto de rebrujo y no sé cómo se metieron, pero 18 ratas se mascaron todo lo que había. Por fortuna queda la memoria. Pero, le digo, ¡ni que hubiera pasado por allá una máquina tragapapeles! ¿Un momento triste? Bah, el fútbol también obliga a que uno se recupere pronto de esos instantes. Pero, claro, tengo uno: la goleada que me hizo Brasil en la Copa América de Perú en 1957. Me metieron nueve goles. ¡Cómo se para uno de eso!

¿El mejor jugador en la historia? Yo los he visto a todos. Los cinco mejores: Pelé, Maradona, Ruud Gullit, Platini y Bobby Charlton. Bueno, ya le conté en estas últimas dos horas casi toda mi vida. Gracias por escucharme. Estoy buscando un patrocinador para escribir mi libro de memorias del fútbol. Tengo todavía mucho por contar. Gracias eternas a El Espectador. 

*Adaptación hecha por Juan David Laverde Palma.

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