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Por años la Fórmula Uno ha sido sinónimo de derroche, al punto que hace un tiempo se decía que uno de los equipos contaba con un prepuesto ilimitado. Aunque esto no era cierto, la máxima categoría sí ha sido tradicionalmente ostentosa en muchos sentidos y en parte por ello se ha convertido en un imán para ricos y famosos.
Sin embargo, Frank Williams, antiguo patrón de Juan Pablo Montoya, sabiamente dijo alguna vez que la Fórmula Uno es un deporte de hora y media los domingos, pero que el resto del tiempo es un negocio. Por esto no ha sido inmune a la crisis económica global y recientemente se han tomado medidas para ajustarla a la realidad de su público, del sector automotor y de las empresas que en ella tienen una vitrina que mueve más de dos billones de dólares cada año alrededor del mundo.
La caída de un grande
El 5 de diciembre del año pasado se sintió por primera vez en la Fórmula Uno el terremoto de la recesión. Ese día la Honda Motor Company anunció que dada su situación financiera se veía obligada a cortar con los gastos en su equipo de la máxima categoría, estimados el año pasado en casi 400 millones de dólares.
Desde entonces se ha conocido que Toyota ha hecho importantes recortes presupuestales en su programa de Fórmula Uno. El equipo Renault también ha sentido el temblor pues la firma ING, su patrocinador principal, anunció ya su salida a final de temporada, con lo cual deja un hueco de 65 millones de dólares en el presupuesto del equipo para 2010.
De igual forma Williams recibió hace poco la mala noticia por parte del RBS (Banco Real de Escocia), que el próximo año ya no seguirá con su patrocinio de 20 millones de dólares por temporada.
La FIA (Federación Internacional del Automóvil) ha tenido en su presidente Max Mosley el principal abanderado de la reducción drástica de costos y siempre ha creído que el futuro de la Fórmula Uno son los equipos independientes y no los fabricantes del sector automotor.
Por otro lado la FOTA (Asociación de equipos de Fórmula Uno), un ente creado recientemente y con el cual los equipos esperan poder tomar un mayor control de la categoría, propuso a principios de este mes en Ginebra una serie de medidas que buscan en conjunto reducir a la mitad el costo de competir en la máxima categoría durante los próximos dos años.
A esto se suma la reciente propuesta de FIA de limitar a 45 millones de dólares los presupuestos de los equipos a partir de 2010. Esto a cambio de ciertas libertades en lo técnico para quienes se acojan a esta alternativa, que no ha sido bien recibida entre los equipos, pero que cuenta con todo el apoyo del jefe comercial de la F-1, el británico Bernie Ecclestone.
Todo esto, lógicamente, trae consigo la eliminación de puestos de trabajo, pues ya no es necesario, por ejemplo, contar con un grupo de mecánicos dedicado de tiempo completo a las entrenamientos privados como hasta ahora. De llegar a ponerse en práctica todas estas medidas, eso significaría para cientos de técnicos el quedar sin empleo.
Los que pagan el pato
Para poder correr en la F-1 se necesita una superlicencia, es decir, un pase para el cual hay que cumplir ciertos requisitos, dados por la experiencia del piloto principalmente. Esa licencia tiene un costo que en los dos últimos años ha tenido un incremento descomunal.
Mientras un piloto de Nascar tiene que pagar 4.000 dólares, en la F-1 Lewis Hamilton, actual campeón, tuvo que firmar un cheque por 335.700 dólares.
El éxito se paga con un mayor precio en la licencia, ya que además de un costo básico de 2.240 dólares, por cada punto sumado en la temporada anterior, el valor se incrementa en 13.000 dólares. Claro que Hamilton gana más de 20 millones de dólares al año.
Pero los salarios de la mayoría de los pilotos por ahora no se han visto afectados por la crisis. Los únicos casos conocidos de una baja forzosa en el salario han sido los dos pilotos de Renault, Fernando Alonso -quien se estima que ganó $US50 millones en 2008- y Nelsinho Piquet, además del británico Jenson Button, del Brawn GP, quien aceptó le redujeran a la mitad su cheque anual, ahora de unos siete millones de dólares.
Para los equipos grandes este rubro es uno de los que más pesa en los estados financieros y dentro de la propuesta de FIA de limitar los presupuestos de las escuderías, se incluyen los salarios de los pilotos. A quienes la crisis tampoco les ha dado respiro es a los promotores de las carreras. Este año ni Canadá, ni Estados Unidos, ni tampoco Francia están en el calendario, pues no aceptaron pagar las cifras solicitadas por Bernie Ecclestone para poder tener una fecha del mundial.
En cambio, Abu Dhabi será la nueva sede de la final de la temporada y se estima que los jeques invertirán 1,4 billones de dólares para llevar la Fórmula Uno al nuevo circuito YAS Marina, que ya está en construcción.
Dólares más o dólares menos, la Fórmula Uno seguirá siendo la máxima categoría del automovilismo mundial y su sostenibilidad a futuro tendrá como mayor obstáculo la continua guerra de poder que existe al interior del deporte, que de un lado tiene a los equipos halando la soga y del otro a sus máximos rectores, Max Mosley en lo deportivo y Bernie Ecclestone en la parte comercial.