Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No pudo ser Uruguay. ¿Pero quién le puede quitar el mérito a este equipo que llegó por la ventana del repechaje y hoy está entre los cuatro mejores del Mundial? La tercera no fue la vencida. Otra vez, como hace cuatro décadas en México, los germanos le amargaron la vida. Y todavía les queda el recuerdo de Suiza 54, donde fueron vencidos por Austria. Igual, Surámerica debe ponerse de pie para aplaudir a estos guerreros charrúas que dejaron todo ante las selecciones de Holanda y Alemania, dos potencias.
Todo parecía dominado por Alemania en el primer tiempo, cuando desde los buenos pies de sus dos mediocampistas centrales, Bastian Schweinsteiger y Sami Khedira nacía el fútbol limpio para que se soltaran Mesut Ozil y Thomas Mueller, los jóvenes y habilidosos enlaces, siempre rápidos y precisos para devolver la pelota.
La intensidad de los alemanes obligó el retroceso de los uruguayos, quienes se acurrucaron contra Fernando Muslera. Así y todo, dejaron huecos a la espalda de Jorge Fucile, ese voluntarioso lateral que este sábado no tuvo un primer tiempo feliz. Por su sector, se filtraba Marcell Jansen, que a pesar de su metro noventa, se mostraba veloz para picar al vacío y generar problemas para la débil defensa charrúa.
El impulso teutón lo puso a tiro del triunfo a los 18 minutos, cuando un córner de Ozil fue cabeceado por Arne Friedrich pero el frentazo del zaguero del Herta Berlín chocó contra el travesaño de Muslera. El rebote no pudo ser capitalizado por Mueller porque Diego Godín rechazó debajo del arco. Fue un aviso, claro. Alemania estaba más cerca.
Entonces, Khedira se filtró en el mediocampo uruguayo con la cintura de una gacela y abrió el juego hacia Jansen. El gigante no llegó al pase pero el despeje uruguayo le quedó en los pies a Schweinsteiger. El capitán sacó un bombazo de derecha, Muslera dio un rebote largo y Mueller, inteligente en el área, definió en soledad. Justo el arquerito de la Lazio, que había sido el héroe de los penaltis en los cuartos de final ante Ghana, le sirvió en bandeja el gol a los alemanes.
Se deglutían los germanos a ese cuadro celeste que no encontraba la pelota. Hasta que Diego Pérez se le animó a Schweinsteiger y le quitó la pelota con una sutileza de teatro. Luis Suárez, el hombre de la mano ‘diabólica’ ante los africanos, ese al que silbó todo el estadio, habilitó a Édison Cavani. Y el delantero del Palermo italiano la clavó en un rincón del arco defendido por el portero de Bayern Munich, Hans Butt.
Creció Uruguay. Porque empezó a utilizar el ancho de las bandas. Y halló una puerta abierta por la izquierda de la defensa alemana, ahí donde Dennis Aogo jugaba con su apellido, ahogado por su desorientación y no por la intensa lluvia que cayó sobre el divino estadio Nelson Mandela Bay. Y casi aumenta Suárez, pero su tiro cruzado se fue desviado.
Fue un preludio, a fin de cuentas, de la postura que tomaría Uruguay en el segundo tiempo. Se dio cuenta de que tenía que atacar, de que podía vulnerar a su rival. Cavani y Suárez no pudieron ante Butt. Pero Arévalo Ríos, un peladito muy parecido a Chicho Serna, se escapó por la derecha y metió un centro picante. Y Forlán, figura celeste, le puso el sello de un golazo. Pero no lo dejó festejar Alemania. Ni el propio Muslera. El arquero volvió a calcular mal y el centro de Boateng fue conectado por Jansen, quien no tuvo piedad.
Uruguay buscó más. Pero Butt se lo negó a Suárez y a Forlán. Se quedaron los charrúas. Y Alemania volvió a tomar el control del juego. Desde el talento de Khedira encerró a un rival que nunca supo afirmarse por la izquierda, donde Cavani padecía. Un córner, un borbollón en el área y el cabezazo perfecto de Khedira. Al ángulo. Para gritar bien fuerte. Y el final fue con susto. Porque Forlán, en el instante final, reventó el travesaño. No era la noche de Uruguay, claro. Y Alemania celebra con todo, de la misma manera que lo hizo en el Mundial pasado.