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La importancia de volver

El estratega bogotano buscará darle la séptima estrella al equipo barranquillero, que terminó líder de la fase clasificatoria.

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No vamos a bobear más —le dijo Jorge Luis Pinto—. Tengo una posibilidad de irme a Costa Rica y lo estoy proponiendo a usted para reemplazarme en Júnior, porque conozco su trabajo, lo que hace, para que no haya un cambio tan marcado.

José Eugenio Hernández lo escuchó y le pidió tiempo. Unas horas antes de la llamada, Real Cartagena había derrotado a Júnior 3-0, en el Metropolitano, en la primera fecha del torneo Finalización. Pinto estaba en Barranquilla, pero con la cabeza y el corazón volcados a dirigir la selección tica.

En rigor, Cheché no tenía que pensar demasiado. Tras un año y medio retirado del fútbol, sabía que podía volver y que esta era, además, la oportunidad para hacerlo.

“Cuando llegué a Barranquilla —confiesa el estratega— me sentí bien. Tuve un diálogo abierto con la junta. Me atrajo mucho el proyecto Júnior. Cuando tomé la decisión de irme, no incomodé a nadie. Y, de la misma manera, cuando resolví volver, tampoco”.

El retiro lo había fortalecido, lo había hecho reparar en detalles que no había visto antes. “Ese tiempo fue muy positivo —reconoce—, porque me fortaleció como ser humano y en lo espiritual. Me di cuenta de muchas cosas en las que me había equivocado y había que mejorar”. Además, agrega Hernández, “te puedes dedicar a ver cómo es tu parte espiritual, tu relación con el de arriba. Es otro momento que puedes tener, cuando no hay afán y sí mucha tranquilidad”.

“Te tomás tu tiempo para dialogar con Dios. Y uno sale muy fuerte”, apunta.

Hernández no es demasiado bogotano. A decir verdad, no lo es de casi ningún modo. La decisión de mudarse a Cali, hace más de 20 años, obedecía a una manera de ser más cercana al calor —y a las maneras de vivir que engendra— que al frío.

“La gente, la cobija, la ruana, el saco, el olor, es muy encerrada”, define Cheché ante la pregunta de qué no le gusta de Bogotá. “Soy más abierto, ando feliz porque acá uno anda por la calle y la gente le dice: —Y el Júnior qué, el domingo hay que ganar”, afirma.

En función de eso, Hernández disfruta de Barranquilla. Disfruta, sobre todo, de esa cierta y genuina desprevención para vivir, la necesidad de olvidar los protocolos y la formalidad excesiva. “Fui al partido contra Venezuela —cuenta— y estuve cuando hizo el gol Colombia… y tiraron cerveza para arriba. Entonces me dije: esto es Panamá. La gente es muy abierta. Y allá me acomodé muy bien. El mismo clima, la humedad, la gente, la misma cancha con arena. Esa ha sido una de las bases para clasificar”.

Encontrar el equipo

A su llegada a Júnior afirmó que venía para ser campeón. ¿Usted sabía en el lío en que se estaba metiendo?

Es mi convicción. Desde que llegué, desde que contacté con el grupo, ese es mi sentimiento. Por cómo me he sentido acá, lo voy a luchar.

La llegada al equipo rojiblanco entrañó varios retos: clasificar, desde luego, pero también diseñar un equipo y, en función de eso, una manera de jugar. Para Hernández, el desafío era doble, pues tenía que hacerlo con una nómina que no había sido escogida por él.

“Sí, totalmente”, responde a la pregunta de si él y Pinto son demasiado distintos. “Es que con él he sido muy respetuoso. Y el éxito de esa relación ha sido eso, el respeto”.

Aparte del respeto, la admiración. Aceptar tan fácilmente un grupo armado por alguien más era posible por eso. “Era como darle un respaldo en el sentido de que escogió el equipo, y como yo había compartido tanto con él, era decir que con ese grupo podía salir adelante y responder al compromiso que tenía con la institución”, reconoce.

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Y, en principio, tras el primer encuentro con los jugadores, hubo asombro. “Se sorprendieron, más que cualquier otra cosa”, rememora. “Ellos pensaron, y estaban de alguna manera muy expectantes, a ver yo cómo era… y había una persona diferente, distinta a lo que imaginaron. Ellos deducen: Pinto es así, y recomienda una persona de su confianza, pues seguramente esa persona trabaja dentro de sus mismos parámetros. Pero se sorprendieron. Y encontraron un cambio, que no sé si les habrá gustado, pero hemos conseguido unos resultados que nos han fortalecido como grupo y en la relación de técnico hacia jugador”.

“Teníamos que conseguir los puntos que nos dieran la clasificación, pero diseñando el equipo”, confirma. “Eran las dos cosas. No había tenido tiempo de conocerlos, tenerlos cerca. Había que ir a la memoria que ellos tenían. Recurro a eso y me voy por ese lado, es lo más rápido que puedo hacer. Clasificar y encontrar el equipo. Siempre les dije: necesitamos avanzar, estar entre los ocho, y luego le vamos agregando cosas al conjunto”.

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Y uno de esos aspectos es, sin duda, que Júnior ganara de visitante. El ejemplo más revelador fue que el conjunto barranquillero volviera a vencer en Manizales tras casi 19 años de derrotas. “Ahora les agrada. Han sentido que no es ir a defenderse, porque siempre era como eso, Júnior va a sacar balones como sea. Y dije: —No, hay buenos jugadores, podemos atacar, ser protagonistas”, sostiene.

Otra mejora ha sido agregarle pausa y paciencia al caudal ofensivo, a ratos desbordado, del equipo (el más goleador de la Liga Postobón II). Hernández toma como referencia el encuentro ante Cali, en la penúltima fecha del torneo, contrastándolo con el choque frente a Medellín, en el que los rojiblancos, aun ganando 4-1, seguían buscando el ataque.

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“Es un equipo más pausado, más sereno, más maduro para buscar el partido. Que transcurra el tiempo, que vamos a ganar, les digo. Ya no vamos a remar más”.

Más allá de eso, Cheché puso en práctica la idea de un Júnior costeño, hecho con jugadores de la casa. “Uff, sí”, dice con entusiasmo. “Al jugador de la casa yo digo que es fundamental rescatarlo. Esta es una región rica que necesita aportar”, afirma. “El sentido de pertenencia es distinto al del Valle, al de Antioquia. Es que acá, como hay un solo equipo, todos te hablan de Júnior, entonces, el que juega fútbol va creciendo con ese sentimiento”.

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En esa línea, dos ejemplos sobresalen. El primero es Vladimir Hernández, que a pesar de haber nacido en Arauca, vive desde niño en Barranquilla. En algún partido no escuchó las indicaciones del Cheché, que después lo relegó al banco. “Y duró como dos partidos por fuera”, completa. “Y le decía: —¿Vio cómo es de feo estar acá por fuera? Y él respondía: —Sí, sí, profe, pero ¿cuándo llega lo mío?”. Y lo suyo llegó tan bien, que Hernández recuerda: “Cuando no jugaba bien, le recordaba, porque él es de ese barrio allá: vio que los televisores en la Ciudadela los apagaron. Después del partido con Cali, le dije: ahora están todo el día prendidos a ver cuándo va a jugar Vladimir”.

Del mismo modo, está Carlos Bacca. A Hernández se le salen los elogios. “Es un extraordinario jugador”, dice. “Si el presidente de Racing nunca había visto a un 9 como Teo, le diría que venga a Barranquilla y vea a Carlos Bacca. Estoy convencido de que va a jugar afuera”.

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“Es un horno y ese horno sólo lo saben interpretar los de acá”, dice del Metropolitano. Y es en esa caldera, que es también su gente, que Cheché espera conseguir su segundo título en el fútbol colombiano, y cumplir aquello de venir a ser campeón. La cerveza volverá a volar por el aire.

 

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