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la que sobrevive en condiciones de pobreza y en medio de una precaria infraestructura de transporte, servicios públicos y comunicaciones, pero que se siente orgullosa de albergar la máxima cita del deporte y ser considerada una de las naciones más ricas del continente.
Sus habitantes no se quejan por nada. Se empeñan en disfrutar la vida. Se sienten felices y privilegiados de pertenecer a una nación libre, en la que aunque son evidentes las diferencias sociales, al menos ya a nadie se discrimina por el color de su piel. Fue tan grande el dolor y el sufrimiento que soportaron las generaciones anteriores, que la actual cree que vive en el paraíso.
Acá, en el país mayor productor mundial de oro y diamantes, resulta sorprendente, incluso para un colombiano, ver cómo un policía anota el número del teléfono de quien toma un taxi para llamarlo después a preguntarle si llegó bien. Igualmente, extraña que en las casa quintas de los barrios exclusivos haya letreros que adviertan que hay guardias armados con autorización para disparar.
También causa curiosidad ver a 20 personas “embutidas” en un colectivo con capacidad para 12 y a mendigos bailando en la calle para calentar su cuerpo, cuando la temperatura alcanza a bajar hasta los cero grados.
Pero sorprende más aún escucharlos a todos gritar, cantar y tocas sus vuvuzelas. Apoyar a las otras naciones africanas, a las que consideran hermanas. Y atender con diligencia a los visitantes, incluso utilizando recursos que después seguramente van a necesitar.
Esa Sudáfrica, la que no se esconde, pero que los medios no muestran, por atender las recomendaciones de las autoridades sobre la seguridad, vive y disfruta el Mundial a su manera. Sin lujos ni comodidades, pero con mucha pasión, la pasión que seguramente no les genera el fútbol, sino el amor por su raza y por su tierra.