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La imagen del Monumental es la síntesis de River Plate. Vidrios destrozados, butacas esparcidas a lo largo del playón de estacionamiento, pedazos de mampostería que en el atardecer del domingo pudieron ser armas mortales en las manos de esos barrabravas que se enfrentaron con la Policía, intolerantes por el descenso del club más ganador del fútbol argentino. Los millonarios jugarán por primera vez en su historia en la Segunda División, la Primera B Nacional. Y la debacle no se produjo en 180 minutos, el tiempo que duró la serie con Belgrano de Córdoba, el David que puso de rodillas al Goliat nacional. Hay que mirar hacia atrás y nadar en aguas turbias para entender semejante mazazo deportivo e institucional, el peor de los 110 años de vida de este club que no sólo es popular en Argentina; también es un gigante continental, nada menos.
Daniel Passarella, campeón como jugador y técnico con la banda roja sobre el pecho blanco, es uno de los principales responsables. Acusado de un manejo personalista, culpado de una deficiente política de compra y venta, sostuvo a Juan José López, compañero en sus tiempos en pantalones cortos, a capa y espada. Cuando todos en su Comisión Directiva le pedían el despido del entrenador, lo respaldó. Y con Jota Jota, que el domingo consiguió su cuarto descenso como técnico, se fue a la B. Pero, claro, el Kaiser no es el único que debería estar en el banquillo de las gallinas. Su antecesor, José María Aguilar, le dejó un club devastado económicamente, con un pasivo cercano a los US$40 millones. Y en su apuesta por ganar “el campeonato financiero” subestimó el aspecto estrictamente deportivo.
Así, River se desbarrancó como nunca. Bajó de categoría. Y hoy, sus hinchas sienten un coctel emocional que mezcla dolor, bronca, impotencia, vergüenza. En fin, el oprobio de ya no ser de Primera División, algo que nunca imaginó Leopoldo Bard, fundador del club el 25 de mayo de 1901, primer presidente y capitán de la institución.
River, ahora, viajará a una dimensión desconocida. ¿Con qué se encontrará esa multitud que el domingo copó el Monumental como en una final de la Copa Libertadores? Por empezar, el presupuesto será menor. En Primera División, el club percibía US$8 millones en concepto de derechos televisivos. En la B Nacional, si no hay una renegociación, percibirá el 10%. Además, por una cuestión de seguridad hace dos años que los hinchas no pueden asistir a la cancha en condición de visitantes. Si era impensado que los millonarios descendieran, mucho más lo es creer que habrá tribunas vacías cada vez que el equipo juegue lejos de Núñez. Y a propósito de las canchas a las que tendrá que asistir River a partir de la primera semana de agosto, tendrá muchos viajes por el interior del país, ya que la Segunda División es un torneo federal. En principio, lo que tiene que saber el socio es que no podrá asistir al Monumental hasta la cuarta o sexta fecha, ya que la justicia ordenó la clausura preventiva del estadio.
Hablar de quién será el entrenador es prematuro. Podría ser Matías Almeyda, quien no pudo jugar el domingo por estar suspendido y adelantaría su retiro. El armado del plantel, también es una incógnita, más allá de que algunos jugadores que son hinchas, caso Fernando Cavenaghi, Ariel Garcé y Cristian Fabbiani, por citar tres casos, ya se ofrecieron a vestir la banda roja en la B. Y tampoco está claro qué destino tomará el club en el aspecto institucional. Los dirigentes opositores le pidieron la renuncia a Passarella, quien ya anunció que lo sacarán de River “con los pies para adelante”. El desafiante presidente, de todos modos, podría ser destituido si las tres cuartas partes de su Comisión Directiva se inclina por la salida.
“Passarella nos mintió a todos. Me pregunto para qué habrá querido ser presidente de River, para qué jugó su prestigio en algo que no estaba capacitado”, disparó Antonio Caselli, uno de los principales directivos. “Passarella jamás me pidió consejos. Una vez le hablé con la supuesta autoridad que yo mismo me adjudicaba, como expresidente, para cambiar opiniones. Pero él me dijo que estaba convencido de todo lo que hacía y nunca más hablamos”, afirmó Alfredo Davicce, presidente del club entre 1987 y 1989. Críticas, sobran. El Kaiser, por ahora, se mantiene en silencio, al margen de aquella declaración de guerra que hizo el domingo.