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La reina de las alturas abdicó a su trono. Este lunes, en la noche más fría de los Juegos Olímpicos, la rusa Yelena Isinbayeva entregó su corona del salto con garrocha al caer derrotada ante la estadounidense Jennifer Suhr y la cubana Yarisley Silva.
En el estadio nadie lo podía creer. Tampoco ella ni sus entrenadores, apostados en la tribuna sur. De hecho, apenas quedó eliminada, luego de fallar su intento por superar la barra a 4,80 metros, los aficionados comenzaron a salir del escenario y ni siquiera esperaron la definición por la medalla de oro. La rusa, dos veces campeona olímpica y dueña de 28 récords mundiales, los decepcionó.
Yelena, simpática pero resignada, saludó a sus seguidores y se puso la sudadera, mientras sus rivales intentaban superar los 4,80. Después, ante los medios, admitió que falló en su estrategia, pero también en la ejecución de sus dos primeros intentos de 4,75, altura que sí pasaron la estadounidense y la cubana, oro y plata, respectivamente.
Lejos de su mejor nivel, la exgimnasta sufrió su primer gran traspié tras dominar la especialidad durante la última década. Pagó caro el año sabático que se tomó desde comienzos de 2010, porque aunque ha ganado varias pruebas, no ha podido ser constante en sus resultados.
Pero Yelena, de 30 años de edad, es campeona hasta para perder. Con humildad felicitó a las ganadoras y celebró con ellas un bronce que no esperaba. Las acompañó en la vuelta olímpica y aunque seguramente por dentro estaba frustrada, expresó satisfacción.
“Quise, pero no pude. Ser medallista es un gran orgullo para mí”, sentenció minutos después en la misma sala de conferencias en la que el dominicano Félix Sánchez, la gran figura de la noche, no paraba de llorar. Él, a diferencia de Yelena, recuperó la corona que había perdido en Pekín y consiguió su segundo oro en los 400 metros vallas. Las dos caras de la moneda: el triunfo y la derrota en el deporte.