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La tarde en que la cancha fue tribuna

La afición en El Campín estará a prueba en el Mundial Sub-20 sin rejas que la separen del campo. Hace medio siglo más de 2.000 hinchas vieron un clásico al borde la cancha.

14 de junio de 2011 – 06:10 p. m.

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Hace 52 años, el domingo 21 de junio de 1959, las autoridades capitalinas y los organizadores del campeonato de fútbol colombiano pusieron a prueba la capacidad de tolerancia y respeto de la afición. Llegó tanta gente al estadio El Campín, al primer clásico Millonarios-Santa Fe de la temporada, que se permitió que se llenara la gramilla y que incluso la gente se acomodara sentada al borde de la cancha. Entre la multitud, la Policía montada en prevención de cualquier brote de violencia o fanatismo.

Era un partido clave. El equipo albiazul era líder, con 25 puntos. Los cardenales lo escoltaban con 23. Los cronistas de prensa reseñaron que lo visto en el estadio sólo tenía como antecedente los días de El Dorado. Más de 30.000 espectadores colmaron las graderías y al menos 2.000 se acomodaron alrededor del campo de juego. Hasta los fotógrafos y las bancas de los dos equipos se confundieron en medio del alud de hinchas vitoreando a sus escuadras. Gabardinas, sombreros y encorbatados eran la nota predominante del paisaje.

Desde el primer minuto de juego, Millonarios se adueñó del balón, pero Santa Fe aplicó una severa marca sobre Roberto José Castro y Walter Marcolini. El Mono Tovar, de los rojos, repartía zapato sin medida y el público empezó a crecer en efervescencia. A los 29 del primer tiempo, se rompió el equilibrio, cuando Castro arrancó por el centro y llegando a la línea de meta se la sirvió a Hugo Contreras y éste a Orlando Larraz, quien dejó sin chance al arquero Manuel Pacheco. Con la desventaja, Santa Fe intentó cambiar su esquema.

Entonces, a los 39 minutos, debutó su última contratación: Alberto Perazo. Pero antes de los presupuestado, Millonarios logró el segundo tanto. Falta de Tovar a pocos metros del área, cobro fortísimo de Contreras, y la bola le quedó servida a Larraz, que concretó el gol. Los jugadores se le fueron encima al árbitro argentino Luis Natalio Vedia alegando que la anotación se había conseguido en fuera de lugar. Varios aficionados se metieron a la cancha apoyando la protesta. Y apareció el desadaptado que no falta.

El energúmeno no quedó satisfecho con el carácter del juez que se había amarrado los pantalones para cortar el juego brusco, y le metió una patada al árbitro Vedia, que tuvo que ser atendido por el masajista de Millonarios y los jueces de línea. Al agresor se lo llevaron, el partido se suspendió por varios minutos y los jugadores se fueron al descanso con un lapidario 2-0 a favor de Millos. La gente se tranquilizó en el entretiempo y decidió autorregularse exteriorizando su rechazo contra los exaltados.

Por eso al segundo tiempo se le dio rienda suelta a la pasión, pero sin vías de hecho. Cada afición coreando a su equipo. Y la figura de la cancha fue el meta Pablo Centurión, que evitó que Panzuto o Bediale rompieran el arco embajador. Como leones se batieron El Cobo Zuluaga o El Pibe Díaz para neutralizar los avances santafereños y el ánimo pendenciero le dio paso a un juego aguerrido que terminó en medio de los aplausos, las palmadas en los hombros a los jugadores, los estrechones de mano y los abrazos.

El juez Vedia salió algo lastimado pero bien calificado por la crítica. Millos se afianzó en la punta y empezó el recorrido hacia su quinta estrella. Santa Fe, que ostentaba la condición de campeón vigente, comenzó a darle forma al equipo que repitió título en 1960. Y la afición salió más o menos librada en templanza deportiva; como ahora, medio siglo después, los hinchas de hoy, incluyendo las barras bravas, tienen el reto de demostrar que son capaces de aplaudir el fútbol sin confundirlo con el boxeo, la lucha o el karate.

 

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