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Cuando subí al podio olímpico en el Centro de Convenciones de Sídney y mientras escuchaba el Himno nuestro, sólo pensaba. “Ay, Dios mío, pero qué hambre es esta que tengo”. Me sentía como en un torneo del barrio en mi municipio Candelaria (Valle), en uno cualquiera. Sólo dimensioné mi logro cuando llegué a Colombia, tres días después del oro, el primero de todos. A pesar de la lluvia con la que me recibió Bogotá, las calles estaban atestadas de gente, yo no reaccionaba desde el carro de bomberos en el que me dirigía a Inravisión. Ahí dije: “Carajo, esto como que sí es importante”.
Luego de ir hasta la Basílica del Señor de los Milagros en Buga a agradecer por la medalla que habíamos encomendado con mi mamá Nelly, recorrí unos 800 municipios en un carro de bomberos, en un periplo maravilloso para compartir mi medalla con el país. Recuerdo entre las visitas la de Valledupar, porque apuesto a que el recibimiento al chico Óscar Muñoz (bronce en taekwondo) será tan maravilloso como el mío. ¡Imagínese! Me cantaron Diomedes Díaz y el resto de vallenateros. Soy la mujer que más ha montado en carro de bomberos en el país y no creo que Mariana Pajón me supere. Me doblegará en fama, estoy segura, y espero que como a mí me compusieron vallenatos, ella exhiba su medalla en las comunas de Medellín y un rap o un reguetón lleve su nombre. Lo merece: aplausos para ella.
Por desgracia, me perdí su competencia: ¡Me cogió un trancón ni el berraco en Cali! Me dirigía a transmitir para Caracol desde la Torre de Cali y me tocó conformarme con escuchar a César Augusto Londoño por radio. Me volví loca en el carro. Grité de la emoción. Porque las mujeres seguimos mandando, porque es un incentivo para los deportistas del futuro y porque, ¡ja!, ya tengo un comodín: una compañerita en mi podio dorado.
Espero que Mariana disfrute los 115 millones de pesos que le dan por premio y la pensión vitalicia de cuatro salarios mínimos, premio por ley de la que soy responsable durante mi tiempo en el Congreso. Le diría, si la tuviese al lado, que le queda un largo camino por recorrer, doce años más para representarnos en Olímpicos. No como me pasó a mí. Yo tenía entonces 35 años y después de Sídney quedé, como dice el dicho, reventada: con lesiones de espalda, rodilla y codo. Pero esta niña sólo tiene 20 y un futuro promisorio por delante. También le recomendaría que guardara fotografías de su logro. ¡Yo no tengo ni una de recuerdo! Bueno, también debo decir que soy una persona de momentos, no me he quedado atada a ese momento hace 12 años. Sólo lo recuerdo cuando veo videos y me llaman, como lo hace ahora El Espectador, para entrevistarme por la coyuntura.
La conclusión de nuestros oros se la remito al Gobierno: cuando hay condiciones socioeconómicas, los logros llegan. Mariana es de estrato 77 y tuvo apoyo de sus padres y empresas privadas. Yo me crié entre la pobreza de Candelaria, pero los últimos años de mi carrera me patrocinó el grupo Bavaria. Sé que en estas justas hubo una gran inversión, pero debería ser más grande.
Es que no saben lo que eso significaría: si vamos y los buscamos a lugares recónditos, le podemos arrebatar niños al conflicto para que sean deportistas, podríamos incentivar a nuestros indígenas a que practiquen.
Es que, somos tan berracos los deportistas colombianos, que a veces triunfamos sin apoyo. Ahora sólo digo: ¡Viva, Colombia!