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Todos le besaron la frente y la cabeza, todos. Sus compañeros lo abrazaron, hipnotizados y joviales; Colombia se ponía 1-0 contra Bolivia en la final del Mundial de Futsal del año 2000. Algunos solo alcanzaron a tocarlo con las uñas estiradas, mientras él trataba de desprenderse del abrazo grupal, de zafarse de la tromba de elogios; no por egocentrismo o despotismo, sino porque la final contra el anfitrión aún no acababa; porque sabía que su gol ocasionaría una réplica violenta del rival; aún no era momento de sonreír.
Jhon recibió el balón en el costado derecho de la cancha, y retuvo el balón con tiranía y complacencia, ante el retroceso azaroso y fugaz de todos los jugadores bolivianos. Un solo hombre trató de acorralarlo contra la banda; ingenuo. Pero Jhon Jairo rápidamente reconoció la oportunidad y la pasividad de su contrincante, hizo un enganche hacia el medio y luego enderezó su trayectoria ante el precario intento de otro jugador de que pretendía hacer el relevo de su compañero.
La pelota ya estaba marcada, Pinilla disparó con la punta del botín, y el balón se coló por debajo del brazo derecho del portero de Bolivia, que terminaba abatido y desconsolado en el suelo. Colombia ganó ese día su primer mundial de futsal, y Pinilla fue el encargado de marcar el último gol en la definición por penales, luego del 3-3 en el tiempo regular.
Jhon Pinilla nació en 1980, es hincha de Santa Fe, y empezó a jugar al fútbol en el barrio Samper Mendoza, en Bogotá, donde vivió hasta los 8 años; hasta que sus padres se separaron y se vio arrastrado a la localidad de Bosa; donde terminó por explotar sus habilidades únicas.
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Su padre aún vive en el Samper Mendoza y algunos recuerdos seguramente también yacen dormidos en aquel barrio frío de Bogotá, donde todo empezó; de una forma difusa, jugando un torneo de “banquitas” en la cancha Pastor Redondo, inducido y guiado por su papá, fanático aguerrido del fútbol; soñador y consejero.
En 2019 anunció su retiro. Pero un jugador de futsal jamás cuelga las botas. Es una labor inagotable y arrolladora. El que juega futsal no puede jamás dejarlo, es peor que cualquier adicción; el síndrome de abstinencia es insoportable. Bogotá está repleta de canchas que invitan con ternura a cualquier jugador distraído.
Así que abandonó su idea y permaneció atado al deporte que le ha dado todo. Ser el mejor en algo debe ser insoportablemente placentero. Que la pelota sea una extensión móvil de tu cuerpo debe sentirse halagador. Jhon Pinilla jamás se retirará, el futsal no se lo va a permitir y sus fanáticos no lo perdonarían; porque el vacío que deja es demasiado grande; demasiado hondo.
Fue el máximo goleador del mundial de Bolivia con 19 goles anotados. Fue el máximo goleador del mundial del 2011 que se jugó en Colombia, con 17 tantos y también fue el principal artillero último mundial que ha ganado nuestra selección, en Bielorrusia 2015. La tricolor es tan dependiente a sus goles como a su carisma.

En 2011 todo fue distinto. El mundial se jugaba en casa. El Coliseo El Salitre albergó la final, y no hubiera soportado una derrota; hubiera sido demasiado humillante; lesivo. Las banderas colombianas ondulaban con la fuerza perenne de sus fanáticos, que simulaban una brisa fuerte y constante. Jhon tomó el balón y asumió la responsabilidad de cargar con el peso de la esférica botado en la banda izquierda, aislado.
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Luego se acercó un poco al medio de la cancha, midiendo la distancia con el jugador paraguayo que lo marcaba con cautela y respeto. Hizo una pequeña pausa en su carrera corta, pisó el balón con la pierna izquierda y retomó el recorrido arrastrándola con la pierna derecha. Su rival había quedado sin posibilidades, lejos de la jugada, perdido.
Pinilla disparó desde lejos, casi sin recorrido, y el balón se estrelló contra el larguero y luego rebotó dentro del arco con resignación. Jhon Jairo terminó marcando 4 goles, el partido terminó 8-2 contra Paraguay, el equipo que, junto a los cafeteros, son los máximos ganadores en la historia del mundial de futsal.
No fue un partido fácil, no era un rival inexperto o pretencioso. El tricampeón. Colombia terminó siendo la selección con menos goles recibidos en su mundial, solo 6, y Jhon Pinilla, su goleador, anotó 9 goles más que su perseguidor, Darío Herrera, de Paraguay.
“Muy berraco si no salía micrero, teniendo la cancha enfrente de la casa. A diez pasos de la casa. Era fácil, de la casa a la cancha, de la cancha a la casa, ¿pa dónde más cogía?”, dijo Pinilla en una entrevista para Microfútbol.co. Nacer en Colombia lo hizo un deportista adorado y respetado. Un ídolo de un deporte caído y rescatado por la pasión de muchos.
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Jhon Jairo Pinilla ha jugado en 10 equipos de fútbol sala en Colombia, al menos conocidos, porque sus días y sus noches siempre han estado repletas de fútbol. Incluso sus sueños deben estar ocupados herméticamente por las canchas y las pelotas.
Del sueño a la cancha, de la cancha hasta los sueños cumplidos “¿para dónde más cogía?” Jugó una vez en Europa, en Italia. Se dejó tentar por TFL Arzignano, y consiguió ganar dos ligas locales en su estancia. Pinilla tiene una hija, y espera jamás retirarse del futsal, porque como dijo una vez para El Colombiano, “Este deporte es mi vida, lo llevo en la sangre. Voy detrás de Viviano Mena y Giovanny Hernández, lo que significa que me gustaría ser entrenador para seguir proyectándolo”.
De nuevo Paraguay. En el 2015 Colombia ganó su tercer título mundial. Pinilla lideró a la selección en un nuevo triunfo, en una nueva carrera contra el tiempo moribundo. Jhon recibió la pelota en el borde del área rival, enganchó para afuera y le pasó el balón a Camilo Gómez, con la 10 en la espalda, que miró a su capitán desencajar al portero de Paraguay y otros dos rivales en apenas un metro cuadrado.
Camilo solo tuvo que rematar, con furia, y poner el primer gol del encuentro a su favor. Colombia ganó 4-0 ese día, pero Jhon tuvo que ver el resto del partido desde la grada, porque al minuto 5 por una fuerte entrada, aislada, de un rival, salió lesionado, con la rodilla dolorida y resentida.
Ahora, el presente, el duro y bendecido presente le sonríe de nuevo, pero de forma sigilosa. Actualmente, está jugando el mundial de futsal en México, con la posibilidad siempre latente de sumar un trofeo más. Ha marcado 92 goles en 39 partidos con la selección, y 857 goles en clubes. El fútbol de salón siempre estará en deuda con él, con sus sueños, y con sus batallas.
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