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A los pocos segundos de empezar la grabación, Brandon Moreno sonríe. Saluda con naturalidad, agradece el tiempo, responde sin prisa. No hay pose ni rigidez. Ese hombre, amable y casi tímido, es el peleador que cambió para siempre la historia de México en la Ultimate Fighting Championship, la tierra donde el boxeo siempre fue el idioma dominante del combate. Moreno se ríe, escucha, reflexiona.
Cuando se le pregunta qué ha cambiado después de tantos años de carrera, no responde con épica ni consignas. Se detiene. Piensa. Y entonces suelta una frase que dibuja con precisión al peleador que es hoy: “Brandon Moreno, si bien sigue pensando en conseguir grandes cosas, ya no está tan obsesionado por conseguir los cinturones, los grandes escenarios”. No es renuncia. Es transformación. La ambición sigue ahí, pero ya no es el motor exclusivo. “Me mantiene más motivado el hecho de competir y el hecho de pelear… ese sentimiento primitivo de agarrarme a golpes con otro peleador igual de preparado que yo”, dice. En esa idea —lo primitivo, lo esencial— está el corazón de su presente.
Moreno no esquiva el deseo de volver a ser campeón. Lo dice sin rodeos: “Obviamente no te puedo negar… que quiero volver a ser campeón”. Pero lo ubica en su justa dimensión. “He logrado muchas cosas muy grandes, muy buenas”. El balance es distinto ahora. El disfrute del entrenamiento, del sudor compartido, de la rutina en el gimnasio pesa tanto como el resultado final. Es el cambio de un peleador que ya no corre detrás del título como única validación, sino que entiende el valor del proceso.
Hay sensaciones que no se pueden traducir en palabras. Moreno lo sabe. Cuando intenta explicar qué se siente subir al octágono, se rinde ante el límite del lenguaje: “Hay momentos, hay cosas de la vida que, para entenderlas, tienes que vivirlas”. Aun así, busca una imagen: “Es como pelearte afuera de la escuela, pero con esteroides”. La comparación es brutal y honesta. Luces, cámaras, miles de personas en la arena y cientos de miles frente al televisor. Todo amplificado. Todo real. Todo extremo.
Con los años llegó la experiencia, pero no la calma absoluta. Moreno lo aclara con una idea que atraviesa a casi todos los grandes atletas: “El nerviosismo que sientes a la hora de pelear nunca cambia”. Y lejos de verlo como un problema, lo celebra. “Creo que te mantiene alerta… el día que ese nervio desaparece quiere decir que algo perdiste”. Para él, sentir miedo, tensión, ansiedad, sigue siendo parte del ritual. La señal de que aún importa.
Pelear en casa, en Ciudad de México, suma otra capa. Presión, expectativa, orgullo. Moreno no lo niega: “Agrégale presión y agrégale nerviosismo”. Pero también agradecimiento. “Soy un bendecido de la vida. Peleo en frente de mi público… soy representante de México en esa compañía”. Y, sin embargo, cuando la jaula se cierra, todo eso debe desaparecer. “Nada importa. Solo importa subirme a pelear con este tipo”. El resto —banderas, aplausos, historia— queda afuera.
El miedo estuvo desde el principio. No el nervio elegante del profesional, sino el miedo crudo. Moreno recuerda su primera experiencia en un evento amateur con una honestidad poco común: “Estaba muerto de miedo… ‘¿qué estoy haciendo aquí?’”. La incertidumbre absoluta. No sabía qué iba a pasar. Y, aun así, cuando todo terminó, no pensó en huir. Pensó en volver. “En vez de decir ‘ya no quiero hacer esto’, fue como que: madre, esto lo quiero volver a vivir”. Ahí empezó todo.
Desde los 12 años está en esto. Tres décadas de golpes, entrenamientos, viajes, cortes de peso. Es inevitable que la rutina aparezca. Moreno lo admite: “Llega un punto en el cual… ‘¿otra vez esto? ¿y qué sentido tiene?’”. Pero también sabe cómo combatir ese vacío: mantenerse abierto a la sorpresa, al aprendizaje, a lo nuevo. Y, sobre todo, sostenerse en la familia. “Busco motivación muchísimo de ellas… de sacar adelante a mis hijas, a mi esposa”. No es un discurso prefabricado. Es una convicción tranquila.
Convertirse en referente nunca fue un objetivo explícito, pero ocurrió. Para México y para buena parte del mundo hispanohablante. Moreno entiende por qué: “El hecho de hablar español conecta mucho”. Y lo asume con gratitud, no con peso. “Estoy bendecido… muchas personas ponen el mismo esfuerzo que yo he puesto y la vida no les responde igual”. Reconoce la suerte, pero también el trabajo. “Yo he puesto el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina”. El cariño de la gente es, para él, una devolución justa.
Fuera de cámara, Moreno confirma esa imagen: saluda a todos, sonríe, se ríe con facilidad. No parece alguien que quiera pelear eternamente. Habla de salud, de cuidar la cabeza, de no estirar la cuerda más de lo necesario. Pero también deja claro que, si sigue, es por ambición. Por ese deseo íntimo de volver a lo más alto. De probarse una vez más.
Por eso, cuando llega la pregunta final, no hay dudas. A días del combate, su respuesta es directa: “Mis expectativas son ganar. No hay otra cosa que esté fuera de mi cabeza sino ganar”. No promesas grandilocuentes. Convicción. “Nunca me he subido al octágono pensando en perder. Jamás”. Y remata con una imagen que resume su presente y su fe: “Este próximo sábado… Brandon Moreno va a levantar la mano en alto”.
Frente a su gente, en Ciudad de México, Moreno volverá a entrar al octágono para enfrentar a Lone’er Kavanagh. No lo hace como el joven que soñaba sin saber qué venía. Lo hace como un campeón que ya fue, que cayó, que volvió, y que ahora pelea porque aún lo necesita. Porque aún le importa. La pelea se podrá ver en exclusiva para toda Latinoamérica por Paramount+. El resultado está por escribirse. La historia, esa, ya está hecha de carne, miedo, disciplina y gratitud.

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