Publicidad

Cuando el deporte se lleva la vida

Los días recientes han sido trágicos para el deporte motor.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

El 16 de octubre se mató Dan Wheldon, de 33 años de edad, durante un impresionante accidente de varios bólidos de la serie IndyCar en el óvalo de Las Vegas. A más de 300 kilómetros por hora su carro se deshizo e incendió contra el concreto y la malla de protección del público. Había ganado este año las 500 millas de Indianápolis. El piloto colombiano Sebastián Saavedra se salvó del choque múltiple por milésimas de segundo.

El 23 de octubre la víctima fue el piloto italiano Marco Simoncelli, de 24 años, quien fue arrollado por dos de sus compañeros de la máxima categoría del Campeonato Mundial de Motociclismo, luego de rodar con su máquina Yamaha en el circuito de Sepang durante el Gran Premio de Malasia. El impacto con una llanta delantera a 150 kilómetros por hora le quebró el cuello y le arrancó el casco.

El domingo pasado, 13 de noviembre, la tragedia fue en Argentina durante una válida del Campeonato de Turismo Carretera en el autódromo «Juan Manuel Fangio» de la ciudad de Balcarce, a 400 kilómetros de Buenos Aires. El piloto Guido Falaschi, de 22 años de edad, quien iba en segundo lugar, había partido de primero y era considerado “una de las mayores promesas del automovilismo nacional”, perdió la vida por politraumatismos producidos por la embestida de dos carros de sus compañeros que no pudieron esquivarlo luego de que se estrellará de lado contra un muro de protección y rebotara a la pista.

Son los casos más recientes que nos recuerdan el peligro de llevar los deportes al máximo límite. Lógico las víctimas más comunes con los practicantes de las disciplinas de velocidad. Pero es común oír hablar de futbolistas, basquetbolistas y atletas en general que mueren en competencia por exigir demasiado a su organismo buscando imponer récords o victorias épicas.

Simoncelli, por ejemplo, era reconocido y se ufanaba de sus “adelantamientos al filo de lo imposible por el interior de las curvas, en los que sus rivales pensaban que no había espacio para dos”, según un experto del diario español ‘El País’. Tenía talento y arrojo, y con ello soñaba superar los récords de su compatriota y amigo Valentino Rossi. En ese punto no bastan ni casco, ni protectores de espalda, ni escapatorias en las pistas, ni equipos médicos, ni helicóptero ambulancia.

Sólo en medio de las lágrimas pilotos de MotoGP como el español Dani Pedrosa confesaron: «Muchas veces nosotros mismos no nos acordamos de cómo es este deporte. A veces puede ser muy peligroso y que pasen estas cosas quita todo el sentido a todo. Está claro que hacemos lo que más nos gusta, lo que más amamos, pero en días como hoy nada tiene sentido».

«En una carrera, luchas y lo das todo y la tragedia está siempre a la vuelta de la esquina», admitió el piloto italiano de Honda Andrea Dovizioso. Esta categoría ha puesto 5 muertos en 22 años. Y lo asumen pensando en que nunca les va a tocar a ellos por los miles de millones que mueve ese circo de la velocidad, así no lo reconozca Franco Uncini, responsable de seguridad del Mundial de MotoGP, que aseguró: “La Federación Internacional nunca permitirá la celebración de una carrera en un escenario peligroso”. Lo mismo dicen en la Fórmula 1, en la Nascar y entre himnos les toca recordar cada vez más muertos como Ayrton Senna y Dale Earnhardt.

Esta reflexión no significa un llamado a que, para evitar dramas como estos, los atletas se dediquen sólo al ajedrez, al golf, incluso a las damas chinas. Es iluso porque es la emoción, la competencia extrema y el espectáculo las que mueven y siempre han movido las grandes audiencias y la multimillonaria industria deportiva. Si puede ser una advertencia a las autoridades deportivas para que no olviden que a este nivel de exigencia la muerte es una posibilidad.

Más bien implica que asuman con seriedad responsabilidades como la revisión o implementación de equipos de asistencia médica y las medidas de seguridad en todos los escenarios deportivos. Preocupa ver que los planes de reacción en lugares como el estadio El Campín o en coliseos como El Salitre son escasos y desactualizados. Basta ir a ver entrenar a los niños y muchachos que practican gimnasia olímpica asumiendo riesgos de lesiones permanentes. La protección de los pilotos que corren en el Autódromo de Tocancipá, en las afueras de Bogotá, depende más de lo que cada aficionado le pueda invertir a su carro que de la previsión sistemática de accidentes graves.

A nivel global el fenómeno es más complejo: a raíz de las recientes muertes, en Estados Unidos y Europa son crecientes las denuncias contra multinacionales de los neumáticos que llevan al límite los diseños de sus llantas para imponerse sobre otra marca sin prever que ponen en riesgo la vida de los pilotos que se sienten con licencia de explorar velocidades inéditas. Lo mismo ocurre con las empresas constructoras de carros de carreras.

Resulta necesario revisar cuál es el punto de equilibrio ideal de riesgos entre empresarios y dirigentes deportivos, patrocinadores y deportistas para que la muerte no entre en juego en forma tan frecuente.
 

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido