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Falta menos de un mes para la ceremonia del Deportista del Año de El Espectador y Movistar, que se celebrará el 1° de diciembre en el edificio de UCompensar, en Bogotá. Será la edición número 65 de un premio que, más allá del protocolo, funciona como un espejo del momento deportivo del país. Cada temporada condensa historias, trayectorias y símbolos: no solo quién ganó, sino qué representa su victoria para Colombia. Este año la competencia está más abierta que nunca, especialmente en la categoría de mayores, en la que confluyen medallistas y campeones mundiales, atletas que han llevado el deporte colombiano a territorios poco habituales.

En esa lista de doce nominados, Jeison López parte con una ventaja difícil de discutir. El pesista chocoano no solo ratificó su nivel tras la plata olímpica en París 2024, sino que este año conquistó el título mundial con doble récord del mundo. Es, quizá, el caso más sólido entre los candidatos: una muestra de continuidad y dominio en un deporte históricamente fértil para Colombia. Goku simboliza la vigencia de la halterofilia como potencia y la madurez de una generación que ha aprendido a convivir con la presión del éxito.

Sin embargo, la narrativa del deporte también se escribe con otras gestas. Brayan Carreño, campeón mundial de patinaje artístico, representa un tipo de excelencia menos visible: la de los deportes que viven al margen del gran foco mediático, pero sostienen su nivel internacional con rigor. En la pista, el dominio colombiano continúa siendo una seña de identidad. Tres de los nominados —Gabriela Rueda, María Fernanda Timms y Juan Jacobo Mantilla— repitieron la historia de supremacía en China, tanto en los Juegos Mundiales de Chengdú como en el Mundial de Beidaihe. Sus medallas no solo amplían un palmarés ya imponente, sino que confirman la estructura de una federación que ha logrado mantener la excelencia más allá de generaciones.

Otras disciplinas aportan argumentos distintos, pero igualmente poderosos. Natalia Linares, con su bronce en el Mundial de Atletismo de Tokio, devolvió al país al podio en una prueba que exige años de inversión y trabajo invisible. Valeria Arboleda, bronce mundial en boxeo, reafirmó el crecimiento sostenido de un deporte que ha pasado del heroísmo individual a la consistencia. Y Stefany Cuadrado, recién ascendida a la categoría élite en ciclismo de pista, se coló entre las mejores del mundo, marcando un relevo generacional que ya se veía venir.

El caso de Ángel Barajas es particular: campeón de la edición anterior, volvió a destacar con dos platas en Copas Mundo. Su rendimiento habla de algo más profundo: la consolidación de una figura que, a sus 18 años, ya no sorprende, sino que sostiene expectativas. En otro extremo, Sebastián Muñoz abrió una puerta simbólica con su título en el LIV Golf de Indianápolis, el primero para Colombia en esa liga. Es un logro que tiene un peso histórico: expande el mapa del deporte nacional a un terreno donde antes no se competía.
En el fútbol, los nombres imponen discusión. Luis Díaz y Mayra Ramírez firmaron temporadas que trascienden los títulos. Díaz fue el líder de la selección que aseguró el cupo al Mundial de 2026 y pieza clave en el Liverpool campeón de la Premier League. Su influencia deportiva y simbólica es indiscutible: representa la consistencia, la resiliencia y el talento colombiano en la élite global. Ramírez, por su parte, fue la gran protagonista del Chelsea tricampeón (Liga, Copa y Champions) y de la selección que alcanzó el subcampeonato de la Copa América y clasificó a los Olímpicos.

Los otros nominados en las demás categorías
Las categorías juvenil y paralímpica completan el panorama de un año de abundancia. En los juveniles, la lista impresiona por amplitud y calidad: desde Kollin Castro, dominadora del patinaje con seis oros, hasta Tomás Restrepo, campeón mundial junior de golf, o Camilo Vera, triple oro en los Panamericanos de la Juventud en gimnasia. También aparecen figuras emergentes como Nicole Mancilla, mejor jugadora joven de futsal del mundo, o Sebastián Montoya, que confirmó en la Fórmula 2 su potencial heredado. En la categoría paralímpica, nombres como Karen Palomeque, José Gregorio Lemos o Francisco Sanclemente sostienen el peso de un movimiento que combina resultados y transformación social: cada récord o maratón ganada es también una victoria colectiva sobre la adversidad.

A ese panorama se suman los reconocimientos a quienes hacen posible los resultados: entrenadores como Elías del Valle, Martín Suárez o Luis Arrieta, dirigentes como Alberto Herrera Ayala o William Peña, y equipos como la selección femenina de fútbol o la de patinaje, que condensan años de procesos exitosos. Todos contribuyen a que el premio no sea solo un retrato del presente, sino una radiografía del sistema deportivo colombiano.
La novedad este año llega desde un terreno distinto. El Gamer del Año, organizado junto al Movistar Game Club, amplía el horizonte del premio al integrar los esports. Se han disputado seis torneos clasificatorios en modalidades como Fortnite, Valorant y eFootball, y quedan dos en noviembre para definir al campeón, que será anunciado junto a los demás deportistas el 1° de diciembre. El gesto no es menor: reconoce que la competencia, la estrategia y la disciplina también existen en lo digital, y que el deporte contemporáneo es un espacio cada vez más híbrido.
A un mes de la gala, el debate sobre quién merece el máximo reconocimiento está abierto. Sin embargo, como cada año, el valor del premio no reside solo en un nombre, sino en lo que celebra: la diversidad, el esfuerzo y la continuidad de un país que, a fuerza de talento, sigue haciendo del deporte una forma de afirmarse en el mundo.
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