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Darwin Blanco recuerda al parche de su infancia. Era un cachorro que seguía los pasos de sus papás, ambos basquetbolistas, a cuanto parque y cancha de Bogotá iban. Al pensar en esos tiempos, entre el sonido de la red, el crujir de la madera y el bote de la bola, dice que no había otro destino para él que no fuera jugar al baloncesto. Lo lleva en el ADN: “Eso debe ser algo genético; mis papás jugaron al básquet toda su vida y creo que la pasión me la transmitieron en la sangre”.
Se crió ahí, en el alma del barrio y en el espíritu del parche. En la cancha del Grancolombiano, por Kennedy, o en la de Girasoles, en La Clarita, los recuerdos más precoces de su primer amor. De sus viejos, tirando magia en el asfalto, no le queda mucho en la memoria, pues siempre que llegaban a jugar básquet le soltaban la cuerda y él se iba a parchar con sus amigos, a empezar a practicar sus primeros trucos con la pelota, afinar el tiro de larga distancia o a distraerse, simplemente, rebotando durante horas. Así hizo sus primeros amigos, siempre junto al básquet. Eso sí, recuerda, su papá, Pedro José Blanco, jugaba de armador, como él, y era un triplero muy famoso en las calles bogotanas. Su mamá, Orián Carillo, también, pero ella jugaba de poste.
Ahora lo ven ellos. Es una de las figuras de Piratas de Bogotá, uno de los talentos jóvenes de la Liga de Baloncesto, de apenas 21 años, que está siendo una de las revelaciones del campeonato. Solo en el primer juego en El Salitre, contra Motilones del Norte, anotó 33 puntos, su mejor marca personal. Después, en la doble victoria contra el Caribbean Storm de Tomás Díaz, fue una de las figuras junto a Felipe Soler y Justin Quintero, el trío que tiene a Piratas peleando los primeros lugares de la Conferencia A de la liga. El objetivo es quedar ubicado lo mejor posible, tras las dos jornadas en Cúcuta y los cuatro partidos contra Caimanes del Llano, antes de que empiece, la próxima semana, la segunda y definitiva ronda para clasificar a las finales.
“Somos un equipo joven con una base muy fuerte de jugadores de Bogotá. Nos conocemos desde hace muchos años. Con Soler, que es casi mi hermano, llevamos jugando toda la vida, pero la base del equipo lleva casi cuatro años compitiendo y representando a Bogotá”, le dijo Blanco a este diario.
El Colorado, como le dicen en las tribunas de El Salitre, defiende la apuesta de Piratas por contar con el talento de Bogotá. Más en una liga como la colombiana, donde las oportunidades son casi nulas: “Siempre voy a defender, a capa y espada, que los equipos utilicen a los jugadores de acá. Somos los que siempre están. Cada uno de los pelados del equipo se prepara por su cuenta durante meses, con el sueño de que, cuando llegue la oportunidad de que empiece la liga, podamos tener una oportunidad”.
Así lo defiende, también, José Tapias, dueño y entrenador del equipo del parche: “¿Qué gana el baloncesto colombiano trayendo jugadores de afuera? ¿O para qué traer jugadores de 40 años o más? Yo les digo a los jóvenes que les voy a dar la oportunidad, para que la aprovechen, se potencien y vean un futuro”. Y, por el momento, la apuesta, con jugadores como Darwin Blanco, está saliendo.
Hasta hace muy poco, el bogotano nunca vio el baloncesto como una oportunidad de vida. Lo jugó desde niño, por la herencia de sus padres, en todos los parques y canchas de la capital. Recuerda que su viejo, desde que tenía 11 años, lo ponía a competir con postes de 18. Ahí formó el carácter y siempre compitió contra jugadores que eran muchísimo mayores que él. Fue la novia de uno de sus hermanos, que un día lo vio, la que le dijo que se fuera a probar a un club. Y él, que no sabía que eso existía, le siguió la cuerda por mera curiosidad. Así terminó entrenando en ESBAR, Puma, Guerreros y, finalmente, Piratas, el club que le dio la oportunidad de volverse profesional.
Cuando Tapias le abrió el espacio, entendió que el baloncesto podría abrirle una oportunidad. Y entonces nació el sueño que hoy abriga: jugar internacionalmente. “No conozco mucha gente, en Colombia, que viva de jugar baloncesto. Tal vez la liga de acá no le permita a uno sobrevivir, pero sí es una vitrina para jugar afuera. Esa es mi aspiración y para eso trabajo muchísimo, porque tengo ese anhelo de poder conocer otras tierras, competir en otras ligas”.
Sin embargo, ni aunque viajara por todo el mundo, reconoce, podría dejar de lado ese espíritu del parque. “¡Se sabe! Eso, de una u otra forma, siempre estará presente. ¡Ahí nos forjamos!”, explica y defiende esa alma del barrio, las canchas en las que de niño, siguiendo los pasos de los suyos, formó el amor y su visión del mundo.
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