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A David Cucaita varios lo han llamado loco, como diría Alberto Cortez, “por construir castillos en el aire”. Él les da la razón. Su quimera son los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles, cita a la que aspira llegar en 2028. Sin embargo, hay un obstáculo. Lo advierte: “Hasta la fecha nunca me he ganado una medalla de oro. No soy ni campeón nacional en individual. ¿Qué tan loco debo estar para querer llegar a unos Paralímpicos y no haber sido ni el mejor de mi país?”. La respuesta es fácil: mucho. Para estar en la máxima cita del deporte adaptado se necesita, al menos, aparecer en el top nacional. Y después, para entrar a una lista tan selecta —como lo es la que protagonizan todos aquellos que compiten en una paralimpiada—, hay que ser el mejor a nivel continental y panamericano. A ese oasis solo van los mejores del mundo.
Cucaita ha llegado a estar en esa discusión, siendo, en su momento, uno de los mejores ranqueados del mundo. No piensen, tampoco, que el boyacense es un completo descabellado. Es ahí cuando entra el contexto: él viene de un largo parón después de que, hace un par de años, se sometió a una dolorosísima operación para alargarse la pierna derecha. Eso lo llevó a estar quieto durante mucho tiempo y a perder ritmo de competencia.
No obstante, tan pronto como volvió, dejó todo. Incluido su trabajo como psicólogo deportivo para enfocarse de lleno en el anhelo: llegar a unos Juegos Paralímpicos. “Si lo logro quiero que lo que más se recuerde, a pesar de tantos fracasos, es la forma en la que puede durar en esto tantos años. No saben la cantidad de veces en las que perdí una final, o en las que ni siquiera llegué, y sentía que era un perdedor, que no servía para esta mierda, que boté el tiempo durante un año para perder contra alguien que acababa de llegar”.
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Le pasó hace una semana en Chile y Brasil, dos torneos en los que se reactivó su estatus de competidor internacional después de años ausente. Tras su operación, llegar hasta ahí fue todo un logro. Y más si se tiene en cuenta que todo fue financiado con su dinero, el cual recaudó a partir de la creación de contenido en sus redes sociales. Pero la competencia le mostró una vez más la crudeza de su anhelo.
En resultados, el balance es corto: no logró superar la fase de grupos en ninguna modalidad. Pero, en el juego, hay otra lectura. Compitió de tú a tú con jugadores del top 10 mundial y estuvo muy cerca, a un punto, de vencer a uno del top 30. “No estoy lejos”, así lo resume. Y el ranquin empieza a reflejarlo. Pasó de no aparecer, previo a Chile, a ubicarse en el puesto 85 antes de Brasil. Y, tras esta gira, ahora ya es 60 del mundo. El salto no lo pone aún entre los mejores, pero sí lo devuelve a la conversación.
En esa tozudez, la de volver una y otra vez después de tantas derrotas, está su locura, pero también su virtud. Su espíritu se ha moldeado así desde que tiene conciencia, aunque si hay algo que le molesta a Cucaita es que lo pongan como un ejemplo de vida. “Muchas veces se quiere mostrar a la persona con discapacidad como una fuente de inspiración simplemente por existir, como si nuestro papel fuera inspirar a los demás o hacerlos sentir mal porque ‘están completos’ y no hacen lo mismo. No voy con eso. Soy lo que soy por muchas cosas que salieron bien en mi contexto y por las personas que me han acompañado. Quiero mostrar que una persona con discapacidad, en muchos aspectos, es alguien del común. Como cualquiera. No tengo que ser admirado solo por el hecho de existir. Si me gano la admiración, que sea por lo que hago. Porque también me enamoro, me equivoco, salgo con amigos y me mato entrenando”.
David Cucaita hoy tiene 27 años. Aunque se crió en Tunja, nació en Chiquinquirá porque su mamá, que daba clases en Pauna, rompió fuente en pleno colegio. En el afán por dar a luz, el hospital más cercano era el chiquinquireño. Y sobre el parto, la escena fue estrambótica, pues las enfermeras se escandalizaron cuando salió del vientre. Así lo cuenta la mamá, Luz Mery Vargas. “¿Qué le pasó al niño? ¿Dónde están los brazos? ¿Qué le pasó a la pierna?”, decían las encargadas. La sorpresa fue tanta, relatan los Cucaita Vargas, que se afanaron por mostrarle a la mamá que no le habían cambiado a su hijo. Y ella, por supuesto, también se sorprendió; el bebé había llegado al mundo con malformaciones en tres de sus cuatro extremidades: en los brazos y en la pierna derecha.
Dos enfermedades distintas: focomelia en miembros superiores, que implica la no formación o formación incompleta de las extremidades —en su caso, ausencia en un brazo y desarrollo parcial en el otro, con apenas dos dedos—, y hemimelia de peroné en la pierna derecha, es decir, la ausencia de ese hueso, lo que le generó múltiples deformidades y un acortamiento significativo.
Su papá, Ernesto Beyer Cucaita, dice que “fue un niño que jamás se acomplejó”. Y saca pecho al recordar que eso también fue labor de ellos, que en la tienda que tenían en el primer piso de la casa lo ponían en una caja para que atendiera a los clientes, o que, cuando había que ir a hacer mandados, lo mandaban por la carne y el efectivo exacto para que no se enredara con las vueltas. Es más, dice el papá, que fue de niño, cuando el ajedrez lo agotaba hasta fundirle el cerebro, que descubrió el tenis de mesa. Él mismo, junto a su primo Luis Carlos, complice de todas sus jugarretas. “Nadie le enseñó a agarrar la raqueta. Fue como cuando empezó a escribir o a caminar, lo hizo solo”.
El profe que lo descubrió, una tarde por coincidencia en un club de pimpón en Tunja, fue Giovanni Fonseca. Pensó que era un jugador convencional. Pero al mirarlo con atención vio en el niño, más allá de sus limitaciones físicas, una gran capacidad para resolver el juego. Cucaita sabía adaptarse y tenía un agarre intuitivo que terminó siendo su sello. “Me llamó la atención su juventud; un niño de 12 o 13 años que jugaba muy dinámico y activo. Su agarre es intuitivo, es el único que puede tener”.
Desde ese momento, el entrenador empezó a moldear la técnica personalizada de su pupilo. Esa singularidad es también su mayor obstáculo. En el para tenis de mesa hay varias categorías y divisiones: TT1 a TT5 corresponden a jugadores en silla de ruedas, TT6 a TT10 son los deportistas que compiten de pie y TT11 está reservada para atletas con discapacidad intelectual.

Cucaita compite en TT6, la más exigente entre los caminantes, “porque combina limitaciones en los trenes inferior y superior”, explica Fonseca. Es algo poco común incluso dentro del circuito paralímpico. En Colombia es peor el panorama, porque prácticamente no tiene rivales directos. Eso lo ha obligado a competir en categorías superiores para poder medirse.
Esa falta de competencia local ha marcado su carrera y es la razón por la cual su crecimiento depende del fogueo internacional. “Él tiene que foguearse muchísimo para volver a su nivel, sobre todo internacionalmente, porque acá no hay jugadores de su clase y su limitación es muy específica”, dice su antiguo entrenador, quien insiste en que solo enfrentando a rivales de su categoría en el exterior podrá cerrar la brecha que hoy lo separa de la élite.
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Por supuesto, esa distancia no frenará su camino: “Tengo varios planes para llegar. Quedar en el top 10 del ranquin o clasificar a través de los Parapanamericanos de Lima. También está el Preolímpico o llegar por invitación, con wildcard. Si soy sincero: no sé si lo voy a lograr. Sé que he perdido muchas veces, pero sigo intentándolo”.
Es obstinado, por eso empezamos el texto con la canción de Alberto Cortez, que dice: “Quiso volar igual que las gaviotas. Libre en el aire, por el aire libre. Y los demás dijeron: ¡Pobre idiota! ¡No sabe que volar es imposible! Mas extendió las alas hacia el cielo. Y poco a poco fue ganando altura. Y los demás quedaron en el suelo. Guardando la cordura”.
Los Paralímpicos son su castillo en el aire y el camino hacia esa cumbre apenas comienza.

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