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Con el revuelo de la intervención militar que Estados Unidos llevó a cabo en Venezuela —y el respaldo de la FIFA a uno de los anfitriones de su Mundial en 2026 a pesar de violar el derecho internacional—, el término sportwashing ha sido muy citado no solo en los círculos académicos, sino que también se ha metido en la conversación del día a día, sobre todo en año con una coyuntura futbolística tan fuerte.
El sportwashing se refiere a la “lavada de cara” que hacen políticos a través de eventos deportivos. Gobiernos, líderes e incluso grandes corporaciones los usan para mejorar su imagen internacional, o por lo menos, para desviar la atención de abusos sistemáticos, violaciones de derechos humanos o crisis de las que son partícipes.
El concepto no es nuevo y los ejemplos se pueden rastrear desde hace casi un siglo. El primer gran ejemplo son las Olimpiadas de Berlín en 1936. Alemania quería suavizar la percepción del antisemitismo, la represión política y mostrarse como una nación moderna. Fue una fachada que uno de los regímenes más atroces de la historia utilizó para mejorar su reputación.
Históricamente, el deporte ha servido para presentar narrativas positivas y en el caso de eventos de alcance mundial de fútbol tiene también un carácter unificador. Bajo la premisa de que “Todos son Bienvenidos” o que “El fútbol une al mundo” —como dice la FIFA— hay quienes se lavan las manos para presentarse al mundo como seres de paz.
Desde eventos globales como Juegos Olímpicos hasta la compra de clubes europeos por fondos estatales, la intención suele ser la misma, y es que la atención se dirija a las celebraciones deportivas más que a cuestionamientos sobre la conducta política o social de esos actores. Lo que pasa en la cancha siempre será más mediático que las denuncias de organizaciones no gubernamentales sobre lo que ocurre en las calles en las que no hay cámaras.
La FIFA, arrodillada ante Trump
El mes pasado la FIFA otorgó el primer “Premio de la Paz” a Donald Trump. Se lo entregó Gianni Infantino, presidente del organismo, quien no solo nunca ha ocultado su admiración por el mandatario norteamericano, sino que también ha visitado en varias ocasiones la Casa Blanca. Le ha dado un trato preferencial, tanto así que le permitió tocar la Copa del Mundo, privilegio reservado solo para los campeones.
Oficialmente, el premio reconoce contribuciones excepcionales a la paz. Sin embargo, el proceso de nominación y sus criterios de selección no fueron públicos. Las críticas de grupos de derechos humanos no se hicieron esperar y la conclusión preliminar era que el máximo organismo del fútbol mundial lo hizo para mejorar la imagen de un líder político controvertido.
Este reconocimiento se dio cuando la administración de Trump llevaba a cabo ejecuciones extrajudiciales en el Caribe. En las semanas posteriores a la ceremonia en la que fue galardonado su Gobierno bombardeó objetivos en Nigeria y Venezuela, siendo este último un país al que dijo, sin espacio a la interpretación, que “van a gobernar”.

Lo que las autoridades estadounidenses han justificado como acciones para la “defensa de sus intereses o seguridad”, han sido señalados como violaciones del derecho internacional y de soberanía, especialmente en el caso venezolano, donde fuerzas estadounidenses actuaron sin aprobación del Congreso, levantando cuestionamientos constitucionales internos y denuncias de intervención unilateral.
Asimismo, la política interna de Trump ha sido foco de severas críticas por detenciones masivas de migrantes —muchas de ellas sin el debido proceso— y expansión de poderes ejecutivos sin respaldo legislativo, actos que amplían la percepción de un líder que divide tanto dentro como fuera de su país.
En ese contexto es que ha tomado fuerza el principio de neutralidad que defiende la FIFA, pero por las razones equivocadas. Rusia fue excluida en 2022 de todas las competiciones tras la invasión a Ucrania, una sanción que continúa vigente. Sin embargo, el criterio no ha sido uniforme. Por ejemplo, desde que el conflicto en Gaza se agudizó en 2023 y el ejército de Israel provocó la muerte de más de 60.000 personas, Infantino se limitó a decir que la FIFA “no puede resolver los problemas geopolíticos” y no hubo ninguna sanción para esa nación.
El Sportwashing a lo largo de la historia
La FIFA sobre el papel se ha presentado como independiente a cualquier gesto político, pero en la práctica se le ha visto cooperando con líderes que cometieron atrocidades. Por ejemplo, la segunda edición de la Copa del Mundo se celebró en Italia, cuando estaba bajo el régimen fascista de Benito Mussolini. Mientras el ambiente en Europa estaba cada vez más tenso, el máximo organismo del fútbol prefirió una neutralidad cómplice. En Argentina 1978 también miró a otro lado cuando cientos de madres marchaban por Buenos Aires en protesta por las personas que desaparecieron durante la dictadura.

Para encontrar más ejemplos de sportwashing no hay que irnos tan lejos. En Catar 2022, a pesar de una intensa presión internacional por denuncias sobre condiciones laborales de trabajadores migrantes, xenofobia y restricciones a libertades civiles, el certamen se llevó a cabo sin inconvenientes en lo competitivo.
Infantino defendió esa sede desviando la conversación al decir: “Por lo que nosotros, los europeos, hemos estado haciendo durante los últimos 3.000 años alrededor del mundo, deberíamos disculparnos por los próximos 3.000 años antes de comenzar a dar lecciones morales”.

En Medio Oriente también hay otro caso que ha tomado fuerza, el de Arabia Saudita, que ha invertido miles de millones en inversiones deportivas —desde la Saudi Pro League llena de estrellas como Cristiano Ronaldo, además de ser sede de eventos de gran talla internacional como un Gran Premio de Fórmula 1, varias paradas del LIV Golf y veladas de boxeo con bolsas de premios sin comparación.
Su estrategia, al igual que Catar, pretende proyectar una imagen reformista y moderna a monarquías teocráticas y autoritarias en las que persisten grandes cuestionamientos sobre derechos humanos y políticas internas. Con un modus operandi similar está Emiratos Árabes Unidos, que además de patrocinar al mejor equipo ciclístico de la actualidad (UAE Team Emirates), a través de su aerolínea se publicita en las camisetas de Real Madrid, Arsenal, Paris Saint-Germain y AC Milan, entre otros.
Casos recientes también incluyen a Ruanda, donde el presidente Paul Kagame ha usado eventos de ciclismo internacional, como el Mundial de Ruta 2025, para reconfigurar su narrativa internacional frente a acusaciones de represión política y apoyo logístico a grupos separatistas en la República Democrática del Congo.
En China, los Juegos Olímpicos de Invierno en 2022, además de otros eventos, se llevaron a cabo en medio de denuncias por la represión y abusos a derechos humanos en Xinjiang y Hong Kong. En Turkmenistán, un caso menos conocido, el gobierno usó los Juegos Asiáticos de Artes Marciales 2017 y grandes complejos deportivos en Asjabad para lavar la imagen de uno de los regímenes más autoritarios y herméticos del mundo.
El papel de los medios en el Sportwashing
Una investigación de Vitaly Kazakov, citada en un artículo de Joe Stafford publicado en The University of Manchester, concluyó que el concepto de sportswashing no debe tratarse como una etiqueta fija, sino como un proceso dinámico en el que participan medios, audiencias y narrativas.
El alcance de las noticias del Mundial no es el mismo que tienen las denuncias y los medios, los mismos que amplifican esas denuncias, son también los que eligen cómo cubren los eventos deportivos que sirven como tapadera. En ese contexto, las voces de los abusos sistemáticos o violaciones de derechos humanos o soberanía quedan en segundo plano de una manera más consciente.
Kazakov propone repensar el concepto. No basta con decir que algo es sportswashing, se trata más bien de cómo los medios, audiencias y narrativas construidas alrededor del deporte transforman esas percepciones. Su cubrimiento tiene la capacidad de legitimar o no el objetivo de los gobiernos que usan eventos masivos como fachada.
El uso del deporte en la política —como en el caso del premio otorgado a Trump— no sólo es un gesto simbólico, pues puede moldear percepciones sobre liderazgo y legitimidad a escala mundial. “Esto puede resonar entre los líderes políticos y los fanáticos habituales por igual, dado el atractivo global del juego”, comentó Kazakov.
El deporte, por su enorme alcance a nivel emocional, no es ajeno a esa dinámica. El sportwashing es un proceso dinámico donde actores, públicos y medios construyen significado, y no simplemente como una operación de relaciones públicas que parte desde un establecimiento de poder que necesita distraer.
Cuando los medios se limitan a cubrir solo la parte deportiva, los poderosos que se quieren lavar la cara con eventos como el Mundial son los que ganan. El encuadre de los contenidos y el enfoque de los textos son una elección que da significado.
Y en ese orden de ideas es importante que, al momento en el que Trump entregue la copa al campeón el próximo 19 de julio, no se le vea solo como el presidente del país anfitrión reconociendo a la mejor selección del certamen, sino que también se cuente el contexto detrás de un líder cuestionado tanto adentro como fuera de sus fronteras.
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