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En los últimos tiempos, el deporte cumple un papel protagónico en la cotidianidad humana. Pero ahora, ante la alarma mundial por el avance de la pandemia del COVID-19 y la crisis sanitaria que arrastra a su paso, está paralizado en todos los rincones del planeta. Se acaban de posponer los Juegos Olímpicos de Tokio, las grandes ligas de fútbol están canceladas, se evalúa si cabe el Tour de Francia sin gente animando en las carreteras. Algún día la historia del deporte hablará de estas tensas horas en las que tampoco los atletas pudieron romper sus marcas.
Ni los férreos dogmas del mundo antiguo pudieron evitar que los guerreros hicieran una pausa en sus batallas para competir espontáneamente en salto, carreras, nado o destreza con las espadas y las lanzas. En la Grecia que describió Homero quedó el registro de los Juegos y, en medio de los vencedores ungidos con coronas de laurel, el respeto de todos por la ekecheiría, tregua para rendir honor a los deportistas, salvoconducto para volver a Olimpo territorio neutral y que los atletas, afines o enemigos, pudieran libremente competir por los aplausos.
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Desde entonces, en más de 20 siglos de historia, nunca faltaron las guerras o las pestes, pero tampoco los hombres sin medallas que después de la barbarie o la desgracia volvieron a correr, saltar o a lanzar objetos como recreación disciplinada. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando empezaron a organizarse ligas y torneos, fueron llamados deportistas. Y desde que retornaron los Olímpicos, en 1896, o el fútbol asociado se institucionalizó como rey a partir de 1904, no se ausentaron y supieron dar diversos significados políticos y sociales a sus ruidosas victorias.
Hasta en la furia de la Primera Guerra, cuando se incendiaron los campos de Europa, el deporte dejó memorables testimonios de su determinación para oficiar como mediador. Lo demostró en la Navidad de 1914, cuando en una zona de combate en el frente occidental, después de cantar en dos idiomas los mismos villancicos, tropas británicas y alemanas concertaron un descanso a los fusiles que incluyó la realización de un partido de fútbol que, según los difusores de esta versión replicada en libros y películas, favoreció a Alemania 3 a 2. Otros dicen que goleó Inglaterra 4 a 1.
Lo único cierto es que el fútbol cumplió su deber en una tregua de Navidad. A partir de entonces, para exaltar la moral en tiempos de crisis, apelar al nacionalismo, o como simple cortina de humo para tapar escándalos, sobran también ejemplos de quienes no pararon el deporte, sino que, por el contrario, se montaron en el carro de las victorias ajenas. En 1934 y 1938, entre amenazas y presiones, Benito Mussolini logró que Italia ganara dos Mundiales de Fútbol, y los reivindicó como logros de su fascismo. En 1936, Hitler planeó enaltecer su régimen nazi en los Juegos Olímpicos de Berlín.
Pero en la memoria de esos momentos no impera el protagonismo manipulador, sino las hazañas de los triunfadores. Giuseppe Meazza, cuyo nombre se honra en el estadio donde hoy juegan su clásico Inter y Milan; o Silvio Piola, cuyo puntillazo agónico en París en 1938 evoca la segunda victoria. Hitler quiso probar que su raza aria era superior, pero la historia de las Olimpiadas de Berlín se cuenta es a partir del hombre que con cuatro medallas de oro derrumbó ese mito. El atleta norteamericano de abuelos esclavos, Jesse Owens, que arrasó en las pruebas de velocidad.
Después se atravesó la Segunda Guerra, no hubo Olímpicos, se aplazaron también los Mundiales de Fútbol, pero en las pausas de la violencia siguieron rodando balones o se limpiaron terrenos para ver llegar a ganadores. Cuando pasó la noche oscura del horror, en las barracas de Londres, donde antes se alojaban soldados, en 1948 lo hicieron deportistas olímpicos. En adelante hubo boicot político o campeonatos de fútbol y torneos usados para ganar adeptos a distintas causas, pero los deportistas recobraron su condición de auténticos héroes del mundo contemporáneo.
En México, en octubre de 1968, 10 días antes de la apertura de los Olímpicos, la Fuerza Pública arremetió contra un grupo de estudiantes que protestaban en la Plaza de las Tres Culturas. Nadie sabe cuántos murieron, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz supo esconderlo, pero los Juegos se hicieron. Además de este impune suceso, se rememora el gesto de los atletas norteamericanos Tommie Smith y John Carlos, quienes al momento de la premiación levantaron sus manos y apretaron sus puños, en un saludo negro de reclamo por sus derechos civiles. Lo demás lo escribieron los deportistas.
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Cuatro años después, en Múnich (Alemania), el terrorismo agravió el espíritu olímpico, murieron 11 deportistas israelíes y tambalearon las competencias. Como escribió don Guillermo Cano desde la piel de la tragedia, los Juegos dejaron de ser Juegos, pero no se detuvieron. En la misma década, en 1978, según la versión casi oficial, la dictadura militar ayudó para que el Mundial de Fútbol se quedara en Argentina. Y abundan los documentales de este asedio político al deporte limpio. Pero eso no tapa el recuerdo del gran equipo de César Luis Menotti, con Ubaldo Matildo Fillol, Daniel Pasarella, Oswaldo Ardiles, Mario Kempes y Daniel Bertoni.
En septiembre de 1985 hubo un terrible terremoto en México y miles de personas murieron. Pero el país debía cumplir con una cita deportiva: el Mundial de Fútbol. Nueve meses después se realizó con éxito en homenaje a las víctimas. En cambio la que no debió jugarse nunca fue la final de la Champions de mayo de 1985 en Heysel, en Bruselas (Bélgica), porque dos horas antes, en las graderías del mismo escenario, murieron aplastadas 53 personas por una avalancha de aficionados. Todos debieron negarse, pero al final Juventus fue campeón y quedó para siempre una herida abierta.
En 1988, en Seúl (Corea del Sur), en la final olímpica de los 100 metros planos, los aficionados quedaron paralizados con la súbita derrota del hijo del viento, Carl Lewis, de Estados Unidos, que no podía perder. Al tercer día se supo que el canadiense Ben Johnson lo hizo por dopaje. Escándalo mundial, fue descalificado y, tiempo después, despojado de títulos y marcas. Tampoco la trampa venció al deporte. Por la misma vía han caído muchos que se saltaron las reglas. A pesar de estas manchas o de los corruptos que no tienen escrúpulos para husmear en cualquier terreno, el deporte ha salido indemne.
El año 1995 sirvió para reconciliar a una nación, cuando el primer presidente negro de Sudáfrica, Nelson Mandela, pidió al capitán de los Springboks -selección sudafricana de rugby-, Jacobus François Pienaar, ganar con el máximo esfuerzo limpio, y así ayudar a unir a su nación fragmentada por el apartheid. Contra todos los pronósticos, el equipo sudafricano levantó la copa y fue la celebración de una sociedad forjada como una nueva “nación arcoíris”, en la que todos los colores eran bienvenidos. Una vez más el deporte logró sobreponerse y diseminar la victoria.
El siglo XXI ha traído nuevos retos a los enemigos del deporte. Como desterrar a los corruptos del fútbol que quedaron en evidencia en mayo de 2015, cuando el FBI de Estados Unidos llegó a un hotel de cinco estrellas en Zúrich (Suiza) a buscar a pesos pesados de la FIFA involucrados en lavado de dinero y fraude. O cerrar el paso a reprochables prácticas, como las que llevaron en 2019 a la Agencia Mundial Antidopaje a sancionar a Rusia con su exclusión de cuatro años de cualquier justa deportiva internacional por manipulación de pruebas de dopaje para encubrir a infractores.
Lo que no se esperaba es que, a las puertas de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, o en medio de las definiciones de las copas de fútbol en Europa y América, primero se vaciaran los estadios, después se pospusieran las ligas y, finalmente, en medio de la paranoia mundial, todo quedara cerrado por el coronavirus. Ahora los deportistas mandan videos en sus redes sociales para pedir que nadie salga de casa y los directivos del deporte hacen cuentas de lo que económicamente eso significa. La vida sin aquellos hombres y mujeres que, en estos tiempos, más que los políticos o los militares, son los seres humanos de mostrar.