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A diferencia de lo que se cree, desde que comenzó en el tenis profesional, en lo que fue un inicio precoz, Rafael Nadal no soñaba con ganar Roland Garros, el torneo más importante sobre polvo de ladrillo. Todo lo contrario: quería que su primer Grand Slam fuera Wimbledon, en el pasto, un terreno poco afín para los españoles criados en la arcilla y con dificultades para moverse en la hierba. Y para controlar la velocidad de la pelota.
Porque en España procuraron enseñarle a sus tenistas a que había que correr más que los demás, alargar los puntos más que los demás y buscar definir con la derecha. Y eso, en la catedral, era imposible en una época en la que el césped era cortado tan a ras que la pelota tomaba velocidades muy altas y favorecía a los sacadores. Sin embargo, con la aparición de jugadores que preferían quedarse en el fondo, peloteando, y con la extinción poco a poco de los hombres de saque y red, la organización ordenó a su jardinero (quizá uno de los hombres más importantes) buscar una alternativa para que la superficie no fuera tan rápida, que fuera más manejable, pero que conservara la esencia de siempre.
En 2008, y luego de ganar cuatro Roland Garros de manera consecutiva, Nadal, de 20 años, llegó al All England Lawn Tennis and Croquet Club como segundo preclasificado detrás de Roger Federer, que a la fecha tenía cinco títulos en Londres.
Nadal, tan combativo, cambiaría cosas en su manera de jugar. Por ejemplo: usar más el slice para recuperar posición, golpe que en polvo de ladrillo no era tan habitual. Más revoluciones a la pelota, es decir, que saltara más del otro lado de la red y tener un porcentaje de primeros saques muy alto para tener la iniciativa en los puntos. Esa fue la estrategia del tío Toni ese año para que su sobrino venciera al que se interponía entre él y la copa dorada: Federer (ya le había ganado las dos finales anteriores).
El camino de Rafael comenzó con el alemán Andreas Becker, buen sacador a quien superó en tres sets. Luego venció a Ernest Gulbis, el de la derecha poco ortodoxa, pero muy efectiva (cuatro parciales) y en dos dejó fuera a otro alemán, Nicolas Kiefer. Ya en cuarta ronda, le dio una paliza al ruso Mijaíl Yuzhny.
En cuartos apagó la esperanza local al dejar fuera a Andy Murray para vencer en semifinales a Rainer Schüttler. Hasta este momento, solo un set perdido y la confianza arriba. Ya en la final, de nuevo Roger y de nuevo la motivación de imponerse en la cancha central como hasta ese momento solo lo había hecho Manolo Santana, en hombres, y Conchita Martínez en mujeres. El partido, como se esperaba, duró cuatro horas y 48 minutos, hasta 2019 la final más larga en la catedral.
Nadal ganó los dos primeros capítulos (6-4, 6-4), pero Federer, siempre orgulloso y más frente al rival con el que más le costaba acomodarse, remontó la historia (7-6 (5), 7-6 (8)) y entonces todo se fue al quinto parcial, el que no tiene desempate. Y la tendencia fue igual: Rafael buscándole el revés a Roger, el suizo tratando de esquivar y recuperando rápidamente el centro de la campo. Y los fanáticos querían más y el suizo alargó todo y se recuperó tras la desventaja en el tie break del cuarto set. Y Mirka Vavrinec saltando en uno de los bancos, el tío Tony en el otro (en la pista central los entrenadores y familiares de los tenistas están sentados unos detrás de otros), y la batalla en la cancha pasó a las tribunas. Y los que comenzaron alentando a Nadal se pasaron para el lado de Federer solo para tener más espectáculo, para seguir viendo y sufriendo con el tenis.
El quinto set siguió prendido a pesar de que el sol fue desapareciendo, de a poco, y se empezó a contemplar la idea de seguir al otro día. Sin embargo, con el último rastro de luz y cuando los flashes de las cámaras parecían luciérnagas, Nadal aprovechó el punto de campeonato que tuvo con su saque, Federer dejó la pelota en la red y el español se desplomó en la parte más tierrosa de la pista para festejar su primer Wimbledon.
El abrazo con papá y con mamá y el saludo a los reyes de España, a don Felipe IV y doña Letizia, que estuvieron en el palco de honor viendo todo al duelo. Después, ya en la penumbra, el trofeo en las manos, el habitual mordisco y la felicidad del joven de 22 años que cumplía el sueño: ser el mejor en Londres.