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Jaime Aparicio Rodewalt fue el primer grande del atletismo colombiano porque rompió, con hechos, la llamada “mentalidad de perdedores” que él mismo había diagnosticado en su época. Nacido en Lima en 1929, pero crecido en Cali, asumió el deporte con una seriedad y disciplina inusuales para su tiempo, cuando el atletismo nacional era todavía un territorio virgen.
Su precocidad asombró desde el principio: en apenas un mes de entrenamiento ganó los 100 metros en juegos intercolegiados con 11.1 segundos. Debutó internacionalmente en Barranquilla 1946, llegó quinto en los 110 metros con vallas sin apenas haber practicado la prueba, y ese roce con el alto nivel le mostró el camino. Fue entonces cuando el entrenador cubano Manolo Suárez le soltó una frase que muchos habrían tomado como sentencia: los colombianos tendrían que volver a nacer para igualar a los vallistas cubanos. Aparicio hizo de ese desprecio su combustible.
Su técnica era, en los manuales, una herejía: atacaba las vallas con la pierna derecha en los 400 metros, algo que se consideraba una desventaja estructural. Lo intentó cambiar. Decidió no hacerlo. Esa tozudez lo llevó a ganar los 400 metros con vallas en los Juegos Bolivarianos de Lima en 1947, con menos de 18 años, y a participar en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, apenas dos años después de haber empezado. Fue eliminado en su primera salida, como toda la delegación colombiana. Ese fracaso no lo definió.
La consagración llegó en 1951, en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires. Sin entrenador y entrenando en una pista en reparación, derrotó a los mejores vallistas de América y se convirtió en el primer campeón colombiano en la historia de los Panamericanos. El oro que cambió la percepción del deporte nacional. Dos años antes ya había derrotado a los cubanos y se había proclamado campeón Centroamericano y del Caribe en los 400 metros con vallas.
Su consistencia fue asombrosa. En 1954 ganó nuevamente los 400 con vallas en los Juegos Centroamericanos con récord para el área, y fue campeón suramericano en São Paulo con 52.2 segundos. Se convirtió en el único atleta americano campeón de todos los torneos del ciclo olímpico. En los Juegos Nacionales de Cali ganó cinco medallas de oro. En los Panamericanos de México 1955 fue subcampeón con nueva marca suramericana: 51.8 segundos.
Colombia no asistió a los Olímpicos de 1952, frustrando uno de sus grandes objetivos. Aparicio llegó de todas formas a Melbourne 1956 en condiciones brillantes: corrió en semifinales y volvió a romper la marca suramericana, con una preparación afectada por su cargo como Secretario de Obras Públicas de Cali. Su talento y su disciplina seguían intactos.
Se retiró en silencio en 1958, después de ganar dos títulos suramericanos en Montevideo. Nadie supo de su retiro hasta días después, cuando simplemente dejó de aparecer en el estadio Pascual Guerrero. Pero su historia no terminó ahí: fue seleccionado del Valle en voleibol, organizó los Juegos Panamericanos de Cali 1971, presidió la Liga de Atletismo del Valle y en 2014 recibió el Premio Altius a Vida y Obra.
Por todo eso, porque fue el primero en ganar en los Panamericanos, en dominar el ciclo olímpico completo y en hacerle creer a Colombia que sí se podía, Jaime Aparicio Rodewalt es, sin discusión, el primer grande del atletismo colombiano.

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