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El momento de hablar

Mi intención de pintar con palabras lo que se vivía en el corazón de la Carrera de Estrellas, a través de una experiencia vivencial, que fue lo que me enseñaron mis maestros en El Espectador, se quedó en intenciones.

06 de diciembre de 2015 – 05:03 p. m.

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Quienes me conocen saben que soy un confeso ‘Montoyista’ y que a lo largo de mi carrera profesional siempre he destacado sus actuaciones en las diferentes pistas del mundo, teniendo incluso que soportar, en los momentos de mayor efervescencia del gran piloto colombiano, columnas de opinión en mi contra y acusaciones infundadas, que apuntaban a recibir emolumentos (léase coimas, tan de moda en la actualidad) por el simple hecho de destacar a sus patrocinadores en cada una de mis notas periodísticas, que para mí era la mejor forma de apoyar un proceso que tenía como principal motor a Pablo Montoya, quien era consciente de que nosotros, los periodistas y medios de comunicación, jugábamos un papel importante en el camino emprendido por él y su hijo y que esas menciones resultaban valiosas para venderle su proyecto a las empresas privadas.

Hay momentos de decir las cosas y el mío llegó en el día de hoy, tras asistir a la Carrera de Estrellas, en el Autódromo de Tocancipá. Claro que antes de profundizar en mi reflexión tengo que decir que quienes creen que Juan Pablo llegó a donde hoy está, sin ayuda de nadie, podrían tener razón, pues considero que la naturaleza lo premió con un talento prodigioso y que buena parte de su éxito, sumado a la persistencia de su padre, a quien admiro y respeto, terminó siendo definitiva para abrir las puertas de las categorías más importantes del automovilismo mundial.

Pero también tengo que decir que si bien el grueso de la prensa nacional al comienzo no estuvo de su lado y Pablo tuvo que romper muchas murallas, representadas en la incredulidad y críticas de algunos llamados grandes del periodismo, también encontró aliados, dispuestos a contar, a través de narraciones y notas de prensa, lo que ese jovencito de pelo lacio estaba haciendo, lo que creo de alguna manera incentivó a muchas empresas privadas a darle el sí a sus propuestas.

De igual manera tengo que reconocer que un evento como la Carrera de Estrellas, liderado por su esposa Connie, tiene como eje fundamental los niños que año tras año han recibido el apoyo de la Fundación Fórmula Sonrisas y que ellos son las verdaderas estrellas, algo que hay que aplaudir y que merece el apoyo de todos quienes decimos estar vinculados a este bello deporte, e incluso me atrevo a decir que no se ha destacado esta labor titánica como debería ser.

También hay que valorar el esfuerzo de la familia Montoya-Freydell por traer al país, tanto a Cartagena, Medellín y Bogotá, que han sido las sedes del certamen, un evento de talla internacional con el acompañamiento de grandes figuras del automovilismo mundial, que como diría la propaganda, es algo que no tiene precio…

Sin embargo, y espero me sepan entender, hoy me doy licencia para hacer, con todo el respeto del caso, una crítica constructiva, que sé que para muchos puede sonarles a queja o chochera de quien esto escribe y podría costarme, como se dice popularmente, que Juan Pablo me saque del llavero, pero que para mí es trascendental, en aras de defender nuestra querida profesión, la de periodista, que infortunadamente involucra a la organización y tristemente a las directivas de un escenario con el que hemos ido envejeciendo y sumando experiencia.

Confieso que no pude asistir, por compromisos editoriales, a todos los eventos previos de la carrera y por eso solo me puedo referir a lo sucedido en el día de hoy en Tocancipá…

Para quienes hayan aguantado la retahíla y llegado hasta estas líneas (sé que no es fácil) les compartiré un secreto, que puede resultar cursi, pero que para mí tenía un valor sentimental. Opté por ponerme un buzo gris, comprado hace más de 15 años, después de que Juan Pablo sorprendió a los estadounidenses con su talento y se quedó con el título de la de ese entonces llamada serie Cart, en el que sobresale el auto de color rojo con el número uno y debajo de él, haciendo las veces de pista, está el apellido Montoya con el amarillo azul y rojo y la bandera colombiana.

Así, con esa prenda vieja pero de gran significado, declarándome una vez más y de manera abierta ‘Montoyista’, fui al escenario no sin antes haber cumplido con todos los requisitos exigidos por la organización, que amparada en su experiencia internacional hizo lo que tenía que hacer en materia de acreditación, algo que celebro, pues el orden y el cumplimiento de las normas es importante para el buen desarrollo de cualquier actividad.

Entiendo que por ser un acto benéfico cualquier dinero resulta importante y en aras de la anterior pagué los $15.000 del parqueadero, algo que no pudieron hacer algunos conductores encargados de llevar al grupo de periodistas de algunos medios, simplemente porque no tenían cómo cancelarlo o porque ese valor les toca asumirlo a ellos sin recibir el reembolso de sus empresas, lo que puede significar una comida para sus familias.

Posteriormente, con mi manilla de color rojo ingresé ordenadamente al escenario, transité por la zona de comidas, por cierto muy bien organizada, y me dispuse a emprender mi labor periodística, como usualmente lo he hecho por cerca de tres décadas. Sin embargo, se me informó que no tenía acceso a los pits ni a las zonas transitadas en todos estos años, y que la misma solo me daba derecho al ‘corral’ de prensa y que ahí, en un espacio improvisado en el parqueadero detrás de la torre principal, con baños portátiles, y sin la infraestructura que debe tener una oficina de prensa, como oveja fiel y desde una baranda, tenía que esperar a que las estrellas se acercaran para poder tener contacto con ellas y obtener el ‘privilegio’ de una declaración.

En mis cerca de tres horas en el lugar solo se acercó tímidamente Gabby Chaves y confieso que no fui capaz de entrar a pelear codo a codo con mis demás colegas por recibir alguna afirmación del joven y talentoso piloto de la Indy Car y mi intención de pintar con palabras lo que se vivía en el corazón de la Carrera de Estrellas, a través de una experiencia vivencial, que fue lo que me enseñaron mis maestros en El Espectador, se quedó en intenciones y quizás hubiese hecho un mejor trabajo recostado en la cama de mi casa siguiendo las imágenes de Win Sport y la narración de Germán Mejía Pinto, optando por el facilismo y quizás entrando en la tendencia de hacer un periodismo frío y alejado de la fuente de información.

Incluso, y digo el milagro y no el santo, y estas informaciones las obtuve en mi terquedad periodística, un pajarito me contó que cuando Tatiana Calderón se había acercado al rebaño, representado en los periodistas, uno de los directivos de Autódromos se la llevó casi que halada, dejando a los periodistas con micrófono en mano; y también conocí que cuando los encargados de prensa optaron por hacer la ronda prometida con los comunicadores en la zona de pits, recibieron una recriminación de Juan Pablo, quien con tono fuerte decía que no quería ver a los periodistas en esa zona.

Ahí se fue por la borda mi argumento que una de las razones del retiro de Juan Pablo de la F1 se debía a que esta categoría hacía hasta lo imposible, y lo sigue haciendo, por mantener a los pilotos en una urna de cristal, amparándose en sus políticas restrictivas, algo que afortunadamente no se ve en su ambiente natural de hoy, el de la Indy Car.

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En ese instante se me vino a mi memoria un vuelo entre Bogotá y Los Ángeles, teniendo como compañero de silla a Juan Pablo, quien apenas empezaba a descollar como piloto de la Barber Saab. Era de noche y en medio de una pequeña turbulencia le dije: «Juancho», llegará el día en el que se va a volver famoso y no me le podré acercar a usted, y en mi intento de buscarlo, dirá ‘seguridad, seguridad, seguridad, saquen a este tipo de acá’». A lo que él me respondió en medio de risas: «Salgado, deje de hablar m…»

Y finalizo esta disertación diciendo que todo esto no hubiera ocurrido si los directivos del Autódromo de Tocancipá, hombres de poder y conocedores cual más de los diferentes escenarios, tuvieran en cuenta a la prensa y, como debe ser, un lugar para que podamos, en lo que ellos han llamado como el templo de la velocidad colombiana, ejercer con dignidad nuestra profesión.

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Por eso me quedo con las palabras de un trabajador del escenario, humilde como nosotros, de quien también me reservo el nombre: «Señor Salgado, sabe cuál es el problema, es que ustedes no se hacen respetar»…

 

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