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Parada en el partidor del velódromo en México, con el casco puesto y el visor que apenas dejaba ver sus ojos de 17 años, Manuela Loaiza sentía cómo los nervios le recorrían el cuerpo de arriba abajo. A su lado, el profesor John Jaime González se plantó frente a ella, le sujetó los brazos con fuerza y la miró directamente a los ojos. No hacía falta decir mucho. Las palabras de aliento llegaron cargadas de convicción. Luego, un golpecito firme en los brazos, de esos que despiertan y encienden. El entrenador se retiró de la pista y ella quedó sola, con una sola idea en la cabeza: exprimir las piernas.
Cuando sonó el disparo, salió con todo. Las vueltas empezaron a llegar una tras otra a una velocidad promedio de 53,2 kilómetros por hora. En un minuto, ocho segundos y 92 milésimas, la colombiana cruzó la línea de meta y se convirtió en la nueva plusmarquista mundial del kilómetro en categoría juvenil. Cuando vio el tiempo en la pantalla del velódromo, el corazón se le detuvo un instante. Sabía que el récord panamericano estaba en el minuto ocho, pero el récord del mundo estaba apenas unas décimas más abajo, en un territorio que no había imaginado alcanzar ese día. Las lágrimas llegaron solas, sin permiso, y con ellas, en fracción de segundo, desfilaron por su mente todos los años que la habían traído hasta ese momento.
Manuela nació en Medellín y creció en el barrio Guayabal en una casa de tres mujeres: ella, su mamá y su abuela. No hubo una figura paterna presente. Sin embargo, sí hubo disciplina, amor y una madre que entendió, casi instintivamente, que el deporte podía ser el mejor regalo que le daba a su hija. “Mi mamá siempre ha tenido una vida muy saludable, le ha gustado cuidarse”, recuerda la ciclista paisa. “Entonces dijo: hay que meter a la niña también a hacer deporte”. La razón, confiesa, fue bastante concreta: la niña comía mucho y la mamá quería que se cuidara.
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Así fue como Manuela aterrizó primero en la natación y luego en el patinaje, casi al mismo tiempo. Cuando la condición económica de la familia obligó a elegir uno, se quedó con los patines. Entró a bachillerato y la rutina se volvió más exigente: salía del colegio, llegaba a casa, se duchaba, almorzaba y volvía a salir a entrenar hasta las ocho de la noche.
En el patinaje le fue bien. Llegó a correr juegos intercolegiados y departamentales, escaló niveles, representó a su club. Pero había algo que no terminaba de encajar. “Yo sí entrenaba y me encantaba, era súper disciplinada, pero digamos que entre tantas frustraciones me fue cansando”, explica. Un entrenador que la hacía decaer en lugar de motivarla, un deporte que económicamente se volvió insostenible y una chispa que sencillamente no aparecía.
El giro llegó gracias a César Laverde, el entrenador que la observó en el velódromo cuando el club de patinaje iba a entrenar allí. Laverde vio algo en ella. La invitó a correr, le habló del potencial y Manuela empezó a sentir lo que nunca había sentido en la pista de patinaje: esa chispa. A los 15 años, con apenas unos meses en el ciclismo, disputó su primera carrera de ruta en los intercolegiados departamentales de Chigorodó. Lejos de casa, con los nervios del debut, se cayó y sufrió una fractura de clavícula. “En ese momento, a mí se me empezaba a derrumbar el mundo porque yo no estaba con mi mamá”, recuerda. Cinco días sin poder abrazar a nadie de su familia. Pero Loaiza no tiró la toalla. La fractura, en cambio, fue la que le clarificó el camino: quería la pista.
Lo que vino después fue un ascenso que pocos esperaban, pero que Manuela fue construyendo ladrillo a ladrillo. En 2026, en el campeonato nacional de Bucaramanga, arrasó: tres oros y una plata. La puerta de la selección se abrió de par en par. México fue el primer sello en su pasaporte. La primera salida internacional. Los nervios de los uniformes de la selección, ese azul oscuro con la bandera en el pecho. “Como todo deportista es un orgullo llevar la bandera de su país. Era una responsabilidad bastante grande, pero siempre lo tomé con la mejor actitud.”
Para el kilómetro, Manuela tenía como referencia personal un minuto once, hecho en el nacional de Bucaramanga. Sabía que podía mejorar, pero no se imaginaba cuánto. “Ya cuando terminas, hay una pantallita y entonces ahí muestran todos los tiempos. Yo sabía que el récord panamericano estaba en un minuto ocho y sentía que lo podíamos hacer. Pero no imaginé que podía llegar hasta un récord mundial.” Cuando vio el minuto siete en la pantalla, el corazón dejó de ser suyo por un instante. “Se te pasan millones de recuerdos de tu vida, de millones de lágrimas que echaste para llegar a ese momento.”
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Ese momento, ese minuto siete con 92 milésimas, fue también el momento de su mamá. De su abuela. De las ruedas de patín que no se podían pagar, los cinco días solos en Chigorodo y las jornadas largas de entrenamiento hasta la noche. De cada “no tires la toalla” que le decía su madre cuando el camino se ponía cuesta arriba. La primera llamada que hizo al llegar al revisar su celular fue a ella. “Me felicitó, me contó que había llorado, que se sentía súper orgullosa. Y bueno, las palabras bonitas de mamá que siempre son muy reconfortantes.”
Hoy, Manuela comparte entrenamientos con Marta Bayona y Stefany Cuadrado, referentes a las que ha admirado desde que entró al ciclismo. “Tengo la oportunidad de compartir con ellas y de adquirir todas esas enseñanzas que me brindan”, dice con gratitud genuina. La niña de Guayabal que empezó en los patines por recomendación de una mamá que quería que su hija se cuidara, ya tiene un récord en los libros del ciclismo de pista mundial. Y apenas está empezando.

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