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Mientras los ojos del mundo del rugby se posan en Francia, a propósito de la décima edición de la Copa Mundial masculina, es casi inevitable preguntarse por qué Colombia no está allá. Quizá la respuesta más rápida sea señalar a nuestra cultura deportiva, en la que esta disciplina no es identitaria como el fútbol o el ciclismo, pero la cosa va más allá.
El rugby llegó tarde por estos lares si se compara con otros países de la región. Mientras que en Argentina —la potencia de América— este deporte se empezó a practicar a finales del siglo XIX, por acá la historia comenzó apenas a mediados de los años 80, cuando ciudadanos franceses, ingleses y de países del Cono Sur lo jugaban en Bogotá, durante sus ratos libres, y poco a poco consiguieron adeptos.
Al tener un proceso serio y organizado, Antioquia se convirtió en el pulmón de este deporte en Colombia y es la casa de la Federación Colombiana de Rugby (FCR). Las ligas de Valle del Cauca y Atlántico también crecieron y han producido muchos jugadores en ambas ramas.
En sus primeros años, uno de los retos de la FCR era expandir el deporte fuera de las burbujas en las que estaba contenido: los clubes privados. Los directivos llevaron el balón ovalado a los barrios y escuelas populares, donde buscaron romper con un imaginario muy común al pensar en esta disciplina: que es un deporte solo para ricos.
Rafael Altahona, presidente de la Federación, subraya que ese factor ha sido un diferencial para captar talento y que, a diferencia de países como Argentina, Chile y Uruguay, el trasfondo socioeconómico de los jugadores de nuestra selección, conocida como los Tucanes, es más diverso.
A su ritmo, Colombia ha dado grandes pasos, pero es consciente de que el camino que queda por recorrer es muy largo. Los Tucanes han participado en el Sudamericano de Rugby B, el segundo escalón de esta disciplina en la región en cuanto a selecciones, y quedaron campeones en cinco ediciones. Entre 2018 y 2019, los colombianos participaron en el Sudamericano A, el escalón más alto de la zona.
Ya lo que sería encarar una clasificación al Mundial masculino de manera competitiva es un horizonte ambicioso que requiere un proceso sostenido de varios años y de darle a nuestra selección más rodaje en torneos. Desde luego, eso no bastaría si antes no se resuelven circunstancias que van más allá de lo deportivo.
“Cuando ingresé a la FCR teníamos $850 millones de presupuesto anual. Ese dinero lo hemos cuadruplicado en la actualidad y aun así no alcanza para llegar al US$1’000.000 que otras federaciones gastan como si fueran centavos”, destaca Altahona, consciente de que el dinero pesa más que la pasión y la entrega para lograr resultados en el alto rendimiento.
Mientras que los países que son nuestra competencia directa tienen deportistas surgidos en entornos más pudientes, en nuestro caso hay que resolver temas ligados a necesidades básicas. “Nosotros en nuestra posición como federación tuvimos que sacar un recurso para alimentar entre 60 y 80 personas, que son las que van a las concentraciones que organizamos”, señaló Altahona.
Al no ser un deporte arraigado en los colombianos, el rugby ha sufrido para germinar acá. No obstante, la FCR, con su programa Lucas Caro, reúne a los equipos que hay en el país para que jueguen en un torneo que va desde lo regional hasta lo nacional. Expandir la presencia de la pelota ovalada a nuevas regiones es crucial para tener una base más amplia y robustecer a los que serían los Tucanes del mañana. Este año las inscripciones de jugadores superaron sus expectativas.
El avance más visible de Colombia en este deporte ha sido el de la selección femenina, que participó en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Las mujeres han tenido un buen desempeño continental porque, a diferencia de otras latitudes, en nuestro país comenzaron su proceso casi al tiempo que los hombres. Mientras en otros lados esta disciplina era vista como un deporte meramente masculino, en nuestro territorio ambas ramas compartían el balón en sus entrenamientos.
“Ha sido un crecimiento total. Clasificar a los Olímpicos abrió las puertas a que llegaran más jugadoras y que algunas de nosotras recibiéramos apoyo”, destaca Camila Lopera, quien participó en Río 2016 y es una de las referentes del equipo nacional.
Apenas un puñado de jugadoras son apoyadas para dedicarse por completo a este deporte y Camila es una de ellas. “Necesitamos jugadoras que puedan tener más tiempo para entrenar tranquilas y puedan jugar afuera, pero todavía falta más estructura”.
En esta rama, Brasil es potencia sudamericana porque ha tenido mayor rodaje internacional. No obstante, nuestra selección supo vencer a las verdeamarillas en el repechaje de la Liga Mundial de Rugby Femenino 2023 y viajará a Dubái (Emiratos Árabes Unidos) para participar en el WXV 3, una buena prueba para que ellas se midan con equipos de otras partes del mundo.
El horizonte de las Tucanes está puesto en clasificar a la Copa Mundial Femenina de 2025, que tendrá lugar en Inglaterra. Para lograrlo deben ser las mejores de Sudamérica, una meta realista por lo que han demostrado.
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