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Anderson Silva estaba al borde del retiro. Su carrera en las artes marciales mixtas parecía haberse terminado cuando apenas comenzaba. No tenía dónde entrenar ni recursos para sostenerse, y el futuro en las MMA (artes marciales mixtas, por su sigla en inglés) empezaba a verse cada vez más lejano. Sin embargo, la vida le tenía preparado otro camino.
Conoció a Rodrigo “Minotauro” Nogueira, quien para ese momento ya era un nombre reconocido en la escena de la lucha profesional. “Minotauro” lo llevó a Río de Janeiro para que entrenara junto a él y su hermano, Rogério. Silva se quedó un par de semanas en su casa, y cuando ya estaba a punto de irse, Nogueira lo frenó en seco y le dijo que no podía marcharse. Terminó viviendo allí cerca de seis meses. Lo hospedó, le dio dinero y lo motivó mentalmente para seguir entrenando y para que no abandonara su carrera.
Esa constancia empezó a dar frutos la noche del 25 de junio de 1997. Con 22 años, “la Araña” —como le dicen a Silva— tuvo su primera gran oportunidad: se enfrentó a Raimundo Pinheiro en su debut profesional en las artes marciales mixtas; lo derrotó en el primer asalto por la vía de la sumisión, en Campo Grande, Brasil.
Ahí comenzó un camino que, con el paso de los años, lo llevaría a consolidarse como uno de los talentos emergentes más prometedores del mundo y a dar, en 2006, el salto a la UFC —la organización más importante de ese deporte—, al pelear contra el peleador estadounidense Chris Leben.
Silva llegaba con 31 años y un récord de 15-4; Leben, de 25 años, tenía un registro de 15-1. Ambos rondaban el 1,80 m. de estatura y los 83 kilos. Salieron al octágono, los dos con pantalonetas negras, en busca de una victoria. Sin embargo, lo que parecía un combate parejo se resolvió en segundos.
Silva salió con todo: pequeños saltos de lado a lado, midiendo distancia, esperando el momento exacto. Conectó un recto de derecha al mentón, luego otro y después un gancho que llevó a Leben contra las rejas. El estadounidense intentaba defenderse como podía, mientras el brasileño se movía en círculos, controlando el ritmo. Llegaron los intercambios: izquierda, derecha, golpe va y golpe viene. Hasta que Silva cambió el ritmo: patada a la oreja izquierda, recto de derecha, recto de izquierda y un gancho final que mandó a Leben a la lona.
Desconcertado, el estadounidense se puso de pie, pero Silva no le dio respiro. Lo arrinconó contra la reja, conectó un gancho y, sujetando, con los dedos de las manos entrelazados, la cabeza de Leben, levantó la rodilla para impactar con precisión. Fin de la pelea. Todo en 49 segundos. Lo que alguien puede tardar en levantarse de su puesto de trabajo e ir por un vaso de agua. Piense que es el mismo tiempo que puede tomar ponerse un par de zapatos.
“Fue una noche muy especial, porque terminó la pelea, fui al camerino y me quedé pensando en todo lo que vendría de ahí en adelante, en todo lo que había pasado para llegar hasta ese momento”, evocó Silva en entrevista con este diario.
“Fue una noche muy especial, porque terminó la pelea, fui al camerino y me quedé pensando en todo lo que vendría de ahí en adelante, en todo lo que había pasado para llegar hasta ese momento”
Anderson Silva
Además, a su mente llegó la imagen de sus tíos, con los que se crió en São Paulo. “Pensé en mis tíos, siempre pienso en ellos. Son una de las principales razones por las que hoy estoy aquí. Me dieron la base, el apoyo, el amor, el cariño y la educación para alcanzar el éxito en mi vida personal y profesional”.
Después de esa presentación Silva inició una racha que lo llevaría a convertirse en una leyenda. En su segunda pelea por la organización, ese mismo año, se enfrentó al campeón de peso medio, Rich Franklin, y lo derrotó por nocaut técnico en el primer asalto, coronándose como nuevo campeón.
A partir de ahí su dominio fue absoluto: defendió el título en 10 ocasiones durante casi siete años, estableciendo un récord en la compañía, y sumó una racha de 16 victorias consecutivas en la UFC, otra marca con peso histórico.
Sin embargo, como todo reinado, algún día tenía que llegar a su fin. Anderson Silva perdió el título de peso medio de la UFC el 6 de julio de 2013. Fue noqueado en el segundo asalto por Chris Weidman.
Lejos de quedarse en la derrota, Silva entendió ese momento como una lección. “Las victorias son importantes, pero las derrotas, en ciertos momentos de la vida, se vuelven mucho más importantes. Esos momentos te devuelven a un lugar en el que puedes reconocerte como un ser humano imperfecto, alguien que se equivoca y que puede mejorar”, reflexionó.
Para el brasileño, el éxito y el fracaso no se pueden separar. “La victoria y la derrota van de la mano. Es como la vida y la muerte: solemos pensar en la muerte como algo malo, pero no pensamos en ella hasta que llega. Una necesita de la otra para que exista equilibrio. La victoria y la derrota son lo mismo: van juntas, lado a lado. Hay que respetarlas e intentar hacer siempre lo mejor”, explicó.
“La victoria y la derrota van de la mano. Es como la vida y la muerte: solemos pensar en la muerte como algo malo, pero no pensamos en ella hasta que llega”.
Anderson Silva
Esa misma visión, la de entender el proceso más allá de los resultados, es la que hoy proyecta sobre las nuevas generaciones, especialmente en América Latina.
“El deporte viene creciendo bastante. Tenemos grandes atletas en México, Puerto Rico, Brasil, Colombia, Paraguay… son muchos los que hoy están destacándose y teniendo la oportunidad de mostrar su talento. Me hace feliz ver a América Latina mostrando el poder que tiene para llevar el nombre del deporte y de sus atletas al más alto nivel. Creo que la región tiene la oportunidad de hacer historia en el MMA mundial”.

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