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Óscar Figueroa no ha perdido la calma. La misma con la que levantaba las barras que lo hicieron legendario. Ya no está en la plataforma, sino en un escritorio del Ministerio del Deporte, donde hoy ejerce como secretario general. El mejor pesista colombiano de la historia —campeón mundial, doble medallista olímpico, plata en Londres 2012 y oro en Río 2016— vive una nueva etapa. “Es un reto de muchísima responsabilidad, pero he venido preparándome académicamente, adquiriendo conocimiento de la administración pública”, explica.
La transición no es menor. Figueroa, quien creció desplazado por la violencia en Zaragoza y luego en Cartago bajo el firme liderazgo de su madre, Hermelinda Mosquera, sabe lo que significa que el Estado funcione o falle. Ese origen humilde —marcado por trabajos agrícolas, minería artesanal y la lucha diaria por estudiar y comer— alimenta hoy su convicción de que el deporte debe ser una herramienta de movilidad social. “Ahora nos corresponde, desde los escritorios y los territorios, apoyar todos los proyectos del Ministerio para desarrollarlos de la mejor manera, y que los beneficiados sean nuestra sociedad colombiana”, afirma.
La ministra le encomendó un rol clave: ayudar a ordenar la casa en un año atravesado por la inquietud presupuestal. El anuncio inicial de un recorte generó temor entre los atletas, pero al final el Gobierno adicionó COP 200.000 millones al presupuesto del deporte para 2026. ¿Qué tan cerca estaba la cartera de ese miedo de los deportistas? “El presidente tiene un gran interés por mejorar las condiciones del deporte colombiano. Esperamos hacer bien la tarea en la ejecución, porque en administraciones anteriores no se hizo bien, y eso llevó a una penalidad”, explica. El nuevo secretario general insiste en que no fue una decisión política, sino una consecuencia normativa de una mala ejecución previa. Aun así, reconoce que los desafíos persisten.
Semanas atrás, la federación de pesas —su casa deportiva— enfrentó la polémica por la ausencia de un médico tras la lesión de Sebastián Olivares. Figueroa se abstiene de pronunciarse: “No tengo mucho conocimiento al respecto porque estaba en el plano administrativo. Uno se mete a la administración deportiva y es bastante complejo. Hay que cumplir a cabalidad para que ese tipo de situaciones no se den”.
Su visión de futuro mantiene intacta la confianza en la disciplina que lo hizo campeón. Para Figueroa, el modelo que construyó el levantamiento de pesas colombiano —que ganó tantas medallas en los últimos 20 años— sigue siendo replicable siempre que haya rigor institucional. “La disciplina de siempre. Seguir haciendo las cosas bien. El deporte colombiano va a avanzar”, dice sin adornos.
La exaltación reciente de las leyendas del olimpismo colombiano, promovida por el Ministerio, también lo tocó en lo personal. Valora que se reconozca a los deportistas en vida, y que se les devuelva un protagonismo que, según él, nunca debieron perder antes ni después de retirarse.
Figueroa, que dejó colgadas sus zapatillas en Río 2016 cuando ganó la de oro, se graduó en Gerencia Pública y Gestión Deportiva. Ahora encara otra clase de levantamiento: cargar sobre sus hombros parte del sistema deportivo colombiano. Una nueva pesa, quizá menos vistosa que las de 177 kilos, pero igual de exigente. Y como toda su vida, está dispuesto a levantarla.