
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En 1974 a Hank Aaron lo amenazaron de muerte. Aaron, que no había cometido ningún delito ni le había hecho daño a nada ni a nadie, caminaba por las calles de Atlanta protegido por sus guardaespaldas, en caso de que alguien decidiera acercarse para acabar con su vida.
La razón de la persecución de la que fue víctima uno de los beisbolistas más legendarios que tuvo el deporte, era precisamente su habilidad para batear la pelota. Aaron rompió un récord que, hasta ese momento, nadie había podido batir en la liga norteamericana de béisbol (MLB): ser el hombre con más jonrones de la historia.
El día en que se logró el hito fue un 8 de abril de 1974, en el inicio de la temporada de béisbol en Atlanta y ante la mirada de 53.775 personas, un récord de asistencia en esa época para los Bravos, el equipo del beisbolista.
Le puede interesar: Los mejores bateadores de todos los tiempos
En 1973, Aaron estuvo cerca de igualar y pasar la marca George Herman “Babe” Ruth, beisbolista que consiguió 714 jonrones en su carrera y que poseía el récord desde 1935, año en el que anunció su retiro. No obstante, ese año Aaron quedó a un jonrón de igualar la cifra y a dos de superarla, pero no pudo lograrlo.
Por eso había tanta expectación en aquella jornada, ya que, en los tres primeros partidos de la temporada de 1974, Aaron logró un jonrón que lo puso en 714, los mismos números que tenía Babe Ruth, así que ese 8 de abril tenía que ser el día.
Fue en la cuarta entrada del encuentro, cuando Al Downing, jugador de los Ángeles Dodgers, lanzó la pelota que Hank
bateó y que lo convertiría, a partir de ese día, en el rey del jonrón.
La fiesta que se vivió aquella jornada en el estadio estuvo acompañada de cañones y confeti. Aaron rompió una cifra impresionante, algo que no había imaginado en sus sueños de infancia en la precariedad del rancho de sus padres en el sur de Estados Unidos, en Alabama.
Pero lo que menos habría pensado en aquel entonces es que semejante epopeya le traería amenazas y persecuciones de cientos de estadounidenses que no soportaban la idea de que un negro venido de Alabama se convirtiera en una leyenda del béisbol.
Aaron sabía a lo que se enfrentaba porque había luchado contra ello toda su vida, pero pensaba que triunfar y ser estrella cambiaría las cosas, a pesar de que nunca fue así. Un año antes de hacer historia declaró que su problema era ser negro, porque si fuera blanco, dijo: “Estados Unidos estaría orgulloso de mi”.
Y Aaron conocía el problema porque antes, desde los diez años, en Mobile, su pueblo natal, le negaron oportunidades por su color de piel. Porque sus derechos en Alabama cuando nació, en los años treinta eran menos que los de los blancos, estamos hablando de casi tres décadas antes de que Martin Luther King liderara el movimiento por los derechos civiles de la gente negra en el mismo estado en el que creció la estrella del béisbol.
Él lo sabía porque cuando le dijo a su papá que quería ser piloto de carreras él le respondió que no fuera iluso, que los pilotos negros no existían. Y, después, cuando le dijo a su hermano que entonces quería ser beisbolista, él le respondió que los beisbolistas negros tampoco existían.
No se pierda: Caimanes sigue vivo en la final de la Liga Profesional de Béisbol
Pero Hank Aaron decidió que eso no podía ser verdad, porque en 1948, cuando él ya tenía 14 años, a su pueblo vino Jackie Robinson, el primer beisbolista afroamericano que jugó como profesional en las Grandes ligas.
Y Hank Aaron, a partir del día en que conoció al que se convertiría en su ídolo y referente, entendió que su futuro estaría ligado a la pelota caliente. No había otro destino posible para él. Reprobó la escuela, lo echaron por absentismo escolar y le tocó cambiar de colegio en más de una ocasión. El único plan de su vida era jugar al béisbol. “No había una opción de respaldo. Era béisbol o nada. Tenía que funcionar”, declaró en una entrevista para la cadena ESPN.
Lo logró, más allá de las circunstancias. Cuando pudo entrar a las ligas menores del béisbol de Norteamérica, en su ficha de evaluación los entrenadores colocaron que su nacionalidad no era estadounidense, era “negro”. El portal Séptima Entrada recoge un testimonio en el que Aaron afirma que hizo lo que tenía que hacer y que aguantó con dignidad y esfuerzo.
“Tenía un trabajo que hacer. Pero mientras hacía ese trabajo, nunca olvidé, ni por un minuto, que estaba siguiéndole los pasos a la persona más grande de mi era, y ése era Jackie [Robinson]. Él me enseñó que teníamos que concentrarnos y aguantar todo para que toda persona negra que quería jugar deportes pudiera aprovechar nuestros talentos y oportunidades”, señala el portal.
Hank
nunca tomó un “no” por respuesta, siguiendo las enseñanzas de su ídolo. Y ese talante le permitió llegar unos años después a las ligas mayores, antes de pasar, por supuesto, por equipos amateurs de su ciudad y por los Payasos de Indianápolis, un equipo de la Liga Negra de Estados Unidos, asociación de los beisbolistas afroamericanos de los años 60.
Para llegar a su primer equipo, los Bravos de Milwaukee, el rey del jonrón intentó fichar primero por los Brooklyn Dodgers, pero sería en Boston donde tendría su primera experiencia de ligas menores en 1952, temporada en la que fue elegido ‘novato del año’. Un año más tarde se iría a los Jacksonville Tras, donde sería el jugador más valioso de la temporada.
Sería 1954 el año que marcaría su debut en las Grandes ligas. En Milwaukee duró 11 años, antes de irse para Atlanta, donde estaría desde 1966 hasta 1974, el año en que rompió su récord más importante.
Pero, la leyenda y la carrera de Aaron es tan destacada, que su única marca no fue la de ser el máximo anotador de jonrones. Hank
también es el jugador con más carreras impulsadas (2,297), con mayor total de bases (6,856) y extrabases (1,477), y se ubica entre los tres mejores de la historia de la MLB en lo que respecta a hits (3,771). Es el tercer jugador con más partidos disputados (3,298) y el cuarto con más carreras anotadas (2,174). Además, es parte del salón de la fama de la liga y un ícono del deporte norteamericano.

Aaron, el rey del jonrón, no solo fue un deportista destacado, también fue un baluarte de la cultura afroamericana y un estandarte de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos.
Mire también: Wilmer Bolívar, el nuevo fichaje colombiano de los Cachorros de Chicago
Mientras triunfaba con los Bravos de Atlanta y era una de las grandes promesas de la liga, sus propios compañeros y la prensa de esa época tenían actitudes intolerables hacia el beisbolista, únicamente por ser negro.
Él no se rindió jamás y resistió todo tipo de burlas y malos tratos. A los treinta años, después de diez años de carrera, Aaron ya era un beisbolista de leyenda, famoso por ser uno de los mejores bateadores de línea y con unas muñecas agiles que hacían jonrones como nadie más podía hacerlo.
“Se suponía que debía disfrutar mis triunfos, eran el objetivo de mi vida, pero nunca me lo permitieron porque cargaba con la condena de ser negro”, dijo, después de un partido en el que batió la marca de mayor cantidad de hits conseguidos en la historia del béisbol, un récord más.
Aaron terminó su carrera en los Cerveceros de Milwaukee. Unos meses después de su mayor logro, el de los jonrones, Aaron fue traspasado y dos años más tarde terminaría su carrera en 1976. La marca de su récord quedó en 755 y no sería tumbada en casi cuarenta años.
Durante años, ya retirado, Aaron se alejó del béisbol y de la liga amargado por sentir que lo despreciaban a él y a sus logros. Además, pasaron años antes de que la MLB progresara en la inclusión de las minorías y eso era algo que él no podía soportar.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera al mundo de la MLB. Fue hasta que los Bravos de Atlanta lo contrataron en 1989 como ejecutivo y vicepresidente del equipo, lo que lo convirtió en el primer dirigente afroamericano de una organización de Béisbol, más de cuarenta años después de que Robinson debutara como el primer afrodescendiente de las grandes ligas.
Finalmente, su récord de los jonrones fue batido el 7 de agosto de 2007 por Barry Bonds, que al final de su carrera dejó la marca en 762. Ese día, en el que perdió su logro más significativo, en el estadio se reprodujo de inmediato un video, era Hank Aaron felicitando a Barry Bonds por convertirse en el máximo anotador de jonrones de todos los tiempos.
Pero, a pesar de perder el récord, Hank Aaron será recordado para siempre como el rey de los jonrones, porque su legado llegó a una escala superior de lo que es el deporte, trascendió a la cultura y a la lucha por los derechos raciales.
A los 86 años, Aaron murió este viernes 22 de agosto. Según informó su familia, “falleció tranquilo y durmiendo en su cama”. La última vez que se le vio públicamente fue hace unas semanas cuando recibió la vacuna para la COVID-19. La leyenda del béisbol norteamericano perdurará por muchos años por ser una importante referencia de un deportista que luchó por los derechos de los afroamericanos y que fue de los mejores en lo que hizo: jugar al béisbol.