
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Jairo Ruiz Casas soltó las piernas de Ángel Barajas, quien ya estaba colgado de la barra, y un presentimiento le decía muy adentro de su ser que algo iba a suceder. Era un momento igual a los que había vivido los últimos 40 años entrenando a gimnastas, pero esta vez notaba algo diferente. No sabía si era la atmósfera parisina o todo el trabajo que había hecho para llegar hasta allí, pero de lo que sí estaba convencido es de que algo flotaba en el aire, y no era precisamente un diploma olímpico.
“Ángel fue la primera medalla olímpica masculina en gimnasia artística para Colombia y, además, lo hizo siendo juvenil. Ese hecho histórico muy difícilmente se vuelve a conseguir”, explica.
“Estaba seguro de que pasaría, porque estaba enfocado en mi trabajo y en que las cosas iban a salir bien. Soñaba con eso, y fue la satisfacción más grande de mi vida. Es el premio a tanto esfuerzo, y aunque es efímera, aún tengo secuelas de esa emoción tan grande que sentí”. En ese instante, de esos que parecen congelarse en el tiempo y en la retina de un país entero, este entrenador de 68 años dejó ver su lado más humano frente a las cámaras. Pero esa faceta no era nada nueva para sus dirigidos, pues este bogotano, con alma de cucuteño, es como un padre para cada atleta que ha tenido a su cargo.
Siempre que alguien llega preguntando por él al gimnasio, donde trabaja incansablemente cada día de su vida, los deportistas contestan: “Mi papá no está”, porque es firme como un roble, pero blando como todo buen padre con sus hijos, incluso si eso le cuesta dejar de pasar tiempo con su familia fuera del deporte. “Me da sentimiento no haber podido asistir a la primera comunión de mi hija, hoy ya tiene 23 años. Tampoco pude estar en el grado escolar de mi hijo. Así he perdido muchos momentos felices con mi familia, porque se lo he dedicado todo a la gimnasia. Ese es mi único pecado. Entregar mi vida y mi trabajo a la formación integral de estos deportistas”.
Ruiz es un hombre dedicado al estudio, tiene más de cinco posgrados y actualmente cursa un doctorado en Cuba. Además, es un fiel creyente de que la única forma de mejorar y conseguir cada vez mejores resultados es esforzándose. Por eso vive cada triunfo como el resultado del trabajo duro, de la dedicación y de la perseverancia en pro de un objetivo común. Pero también se preocupa por el bienestar de los gimnastas después del retiro, entiende que el deporte es tan gratificante como fugaz. “Siento mucha satisfacción porque la tarea que se ha hecho no se ha perdido, por eso siempre les digo que sean integrales y humildes”. Eso lo ha llevado a involucrarse más allá del gimnasio. Para él nunca es suficiente y el espacio para mejorar lo ve hasta en el ojo de un alfiler.
Desde hace cinco años dirige una escuela de padres en Cúcuta, con la que pretende construir núcleos sanos que aporten a la formación de los atletas. Y aunque aún haya quienes no lo tomen con la importancia que para él merece, seguirá trabajando por rodear a los deportistas con mucho más que entrenamientos, dietas y charlas técnicas. “El éxito está en organizar esos núcleos familiares que son vulnerables y que se deben fortalecer en compañía de los padres”.
Testigo de eso han sido Alexánder Rangel, Luis Villegas, Wilson Fuertes, José Orlando Arias y Andrés Peñaranda, todos campeones suramericanos, y Fabián Meza, Giovanny Quintero y Jesús Romero, consagrados en certámenes centroamericanos y panamericanos. Además, fue la balanza de Jossimar Calvo, el primer colombiano en lograr tres medallas de oro en una misma edición de los Juegos Panamericanos. Y claro, Ángel Barajas, el gimnasta con el título más importante en la historia de la gimnasia del país.
Sin embargo, la vida le tenía algo más preparado a este padre no solo de la gimnasia, sino también de un centenar de sueños que comienzan siendo eso, tan solo sueños. Convicciones que se alojan en lo más profundo del corazón de cada deportista y que, como cualquier semilla, necesita a alguien que le riegue agua para poder germinar. Y ese ángel volador de la capital francesa fue el árbol que más alto llegó. “No tener presión fue un punto a favor de nosotros. Muy diferente a lo que pasó con Jossimar en Río 2016, porque todos estaban esperando un buen resultado, pero él llegó lesionado de un tobillo, quedó décimo, y eso la gente no lo entiende”.
Este entrenador, con alma de padre, admite que el componente psicológico es uno de los más importantes a la hora de competir, especialmente cuando se trata de un deportista tan joven. “En los adolescentes es necesario tener a un psicólogo deportivo a bordo permanentemente. Es primordial mantenerlos estables mentalmente”. Dice que esto no solo ayuda a mantener la presión a raya, sino a mejorar la atención, las memorias de corto y largo plazo, los tiempos de reacción, las técnicas de visualización y la visión periférica. Arriba de la barra cada segundo, decisión y movimiento cuentan para que una rutina pase a la historia.
Por eso siempre quedará en su memoria y satisfacción que ayudó a conseguir una medalla que nadie tenía en el presupuesto y la primera de la delegación colombiana en París 2024, unos Juegos Olímpicos que no estaban resultando como muchos colombianos imaginaron. Para la posteridad quedará que Ángel Barajas es el latinoamericano más joven en conseguir una medalla en unas justas olímpicas.
Todo esto en medio de un Gobierno Nacional que ha bajado el presupuesto al deporte colombiano. Pero ahí siempre estarán entrenadores y atletas que a punta de resultados mantendrán viva la esperanza de una estructura gubernamental más robusta que busque cada vez más medallas. Y un padre que cuida de su ángel cada vez que toca el cielo con las manos, toma aire con la barra y descansa con los pies en el suelo.
🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes?: Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador