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En un recorrido nocturno de 45 kilómetros, en medio del canal de Kaiwi, Hawái, Jorge Iván del Valle dejó de sentir los brazos. No era el frío el que lo apagaba, era el peso de doce horas de brazadas contra un océano que no perdonaba ni un descuido. Levantó la cabeza para respirar y, en ese instante, lo detuvo el cielo. Nunca había visto tantas estrellas juntas ni tanta oscuridad rodeándolas. Las constelaciones se apretaban unas contra otras como si la bóveda celeste entera hubiera decidido asomarse esa noche solo para él. Nadó hacia el miedo y, cada vez que hundía la mano en el agua, sintió que arrancaba una estrella del cielo y la llevaba consigo hacia el fondo, porque el mar, fosforescente esa madrugada, le devolvía la luz en cada brazada.
No estaba solo, aunque lo pareciera. A su alrededor viajaban ballenas, tiburones, delfines, tortugas y medusas que le quemaban la piel como fuego líquido. Jorge asegura que en esas aguas el ser humano es apenas un intruso, alguien que entra sin invitación a una casa ajena y que, si tiene suerte, recibe como regalo la posibilidad de observar. Sin embargo, lo que más lo desarma no son los animales, es el silencio. Doce horas en el mar dan tiempo de sobra para pensar, y a veces ese pensar se vuelve una confesión personal.

“Estas conversaciones para mí pueden llegar a ser tan profundas y tan difíciles que lloro. Lloro incluso mientras voy nadando”, contó. Después llega la calma. Salió del agua distinto, renovado, y con la satisfacción de haber completado uno de los cruces del Reto de los Siete Mares, una de las mayores pruebas de resistencia de la natación en aguas abiertas del mundo por sus peligros, dificultades y fauna marina.
La relación con el agua empezó en Tuluá, donde nació. Su padre lo inscribió de niño en una escuela de fútbol, pero a Jorge el balón nunca lo sedujo. “No me gustaba el fútbol y recuerdo que a veces lloraba en las prácticas”. Le insistió a su madre hasta que cedió: lo llevó a unas vacaciones recreativas centradas en actividades acuáticas, y ahí, entre patadas y clavados desde el borde de la piscina, nació el amor. Poco después entró al único club de natación que existía entonces en su ciudad y, siendo apenas un niño de siete años, empezó a competir.
Los años que siguieron fueron de entrenamientos exigentes —madrugadas a las tres de la mañana, jornadas que se extendían hasta la noche— y también de experiencias muy dolorosas que lo alejaron por completo del agua. “Tuve experiencias muy traumáticas, entonces decidí alejarme completamente de la natación y realmente en un momento llegué a odiarla”. Se graduó joven del colegio, se mudó a Pereira a estudiar diseño gráfico y, durante varios años, no volvió a mojarse los pies en una piscina.
El reencuentro llegó casi por accidente, cuando cursó dos semestres de su carrera en la Universidad Autónoma de Cali y decidió volver a entrenar con el club universitario. Representó a su alma máter en unos Juegos Nacionales y ganó una medalla de bronce. Las piscinas, otra vez, lo reclamaban de regreso.
En 2017, una invitación cambió el rumbo de su vida. Un amigo lo llamó para una competencia de aguas abiertas en Cartagena, y a pesar que nunca había competido en esa modalidad, lo que realmente lo convenció fue que quería conocer esa ciudad. Completó la prueba de 2.5 kilómetros; en la de 10, el clima obligó a suspenderse en pleno mar. Pero algo ya había ocurrido dentro de él. “Esos diez kilómetros, estando en el agua, mi mente hizo un ‘match’. Realmente me sentí en una libertad total”. Ahí decidió que su camino sería el de las largas distancias.
Mientras construía esa nueva carrera, Jorge también empezó a alzar la voz contra la corrupción y cuestionó a la Federación Colombiana de Natación y al Gobierno, en medio de las protestas del paro nacional. Señaló presuntas irregularidades en el manejo de los recursos, perdió patrocinios y fue sacado por la policía de un complejo deportivo por mostrar una pancarta. Las consecuencias escalaron hasta la violencia: en 2021 lo golpearon en plena calle en Tuluá y lo amenazaron de muerte. “Me dijeron que yo era un guerrillero, que financiaba grupos terroristas y que me iban a matar si me veían la próxima vez”. Ese mismo mes salió de Colombia rumbo a Estados Unidos, país donde vive solo desde entonces, alejado de su familia.
En San Francisco, lejos de apagarse, su carrera floreció. En 2022 cruzó el canal de Catalina y se convirtió en el primer colombiano en lograrlo. Después completó la vuelta a Manhattan y, en 2023, el canal de Kaiwi en Hawái, en el que estableció un récord latinoamericano pese al ardor constante de las medusas y al dolor en su hombro izquierdo. Hoy acumula más de quince récords latinoamericanos y sudamericanos en aguas abiertas.
Su hito más reciente llegó en el Lago Tahoe, a casi 2.000 metros de altitud entre California y Nevada, donde completó la Lake Tahoe Triple Crown, un desafío que exige superar tres travesías independientes y que hasta entonces solo habían logrado 31 personas en el mundo. Entre 2024 y 2026, Jorge recorrió 70,3 kilómetros en 21 horas y 31 minutos de nado efectivo, convirtiéndose en el segundo latinoamericano en obtener la certificación. “Nadar a casi 2.000 metros de altitud, en aguas profundas y de bajas temperaturas, exige una preparación física rigurosa y una enorme fortaleza mental. Representar a Colombia en este escenario y formar parte de la historia de este reto es un honor que llevaré siempre conmigo”, afirmó tras cerrar el circuito.
Sueña con salir pronto de Estados Unidos —las restricciones migratorias se lo han impedido hasta ahora— para completar nuevos retos alrededor del mundo y, sobre todo, para volver a Colombia y abrir acá rutas oficiales de natación en aguas abiertas. “Quiero poner a Colombia en el mapa de la natación de aguas abiertas a nivel mundial. Ese es mi plan”, afirmó. Mientras tanto, sigue nadando día y noche, brazada a brazada, convencido de que ningún océano es lo bastante grande como para detener sus sueños dentro del mar.

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