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El golpe era sencillo. Apenas un toque y la pelota entraría directo al hoyo. A centímetros de volver a sentir la gloria, por la cabeza de Camilo Villegas pasaron muchas cosas. Sin embargo, no apresuró el golpeo. Tomó aire, se acomodó y dio la estocada. ¡Historia! Volvieron los titulares, los focos de otros tiempos y la alegría de otros días, los que fueron más felices. Como la primera vez, Camilo Villegas volvió a ser campeón en el PGA Tour, nueve años y dos meses después de su último triunfo. Pasaron 3.375 días, un sueño eterno.
En el Butterfield Bermuda Championship el día ya se estaba ocultando. En el poniente de Bermudas, el horizonte caribeño del mar de los Sargazos, el sol ya se veía bajo entre las olas. Con su puño apretado a la altura del estómago, Camilo Villegas miró directamente al cielo y aguantó las lágrimas al pensar en ella. Fue un grito ahogado para Mía Villegas, una dedicatoria silenciosa para la niña de sus ojos.
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Después vino la champaña, los brazos abiertos y los ojos cerrados que recibieron el golpe de la espuma en todo el rostro. Sus compañeros, también sus rivales, danzaban a su alrededor. Gritaban, lo abrazaban y festejaban en su honor. Él se sentía recompensado. Pasó por tiempos de tormenta. Una tempestad que lo hizo replantear su vida entera y lo llevó a la decisión de seguir adelante.
“Dejé de creer en mí. Pasaron nueve años desde la última vez que gané. Por momentos desconfié. Han sido años difíciles. En lo personal, perder a mi hija… en lo profesional, los malos resultados. Y a pesar de todo eso, nunca dejé de trabajar. No dejé de dar lo mejor de mí ni perdí la esperanza de volver y de ganar torneos. Fue una semana maravillosa y este trofeo es la recompensa a todo ese esfuerzo”, dijo Villegas minutos después de su triunfo.
Su niña se fue hace más de tres años. El tiempo voló, fue un revolcón: “Uno no sabe para dónde va la vida, porque da muchas vueltas. Obviamente, quisiéramos tener a Mía con nosotros, pero la vida dio esta vuelta y nos dio otras oportunidades”. La entrevista se la dio a Caracol Radio hace unos meses, junto a su esposa María Ochoa. Y en ella contaron todo lo que sucedió.
Mía era una niña sana y feliz. Ya empezaba a hablar y a tener sus primeros chispazos de conciencia cuando sus noches se volvieron un martirio. Lloraba profundamente, y eso angustió a sus padres, ignorantes de lo que sucedía, pero preocupados por encontrar respuestas. Tenía entonces 17 meses de nacida y era muy extraña su repentina congoja, la melancolía de sus lágrimas y el mal presagio que despertaba su repentino dolor. Ningún médico daba con la respuesta, pero no era normal su llanto. Lo sabían y los mandaron al neurólogo, el que descubrió lo que sucedía, el tumor en su cabeza que la llevó a la muerte.
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Fue intenso y fugaz. Una lucha de cinco meses, de cinco cirugías en su cabeza y una quimioterapia agresiva que trató de vencer a un cáncer que fue mucho más fuerte que los químicos. Fueron noches de desvelo en plena pandemia y tardes de remota alegría, mirando por última vez la luz en los ojos de Mía Villegas.
—¿A quién le dedico esta victoria?—la pregunta le heló el cuerpo a Camilo Villegas, que bajó la mirada y empezó a torcer la boca, tratando de hallar otro rostro que no fuera el de ella, otros ojos que no fueran los suyos, pero no había nadie más— Es fácil, a mi hija Mía. Es la primera que viene a mi mente, aunque sé que detrás de mí hay todo un equipo y este triunfo también es para ellos. Mi esposa, mi pequeño Mateo, que supongo que estará saltando como loco, como todos. Mi instructor, con quien empecé a trabajar este año, José Campra. Eugenio, con quien estuve trabajando mi parte mental. Es increíble, es de todos.
Ahora, seguir. Como lo ha hecho hasta ahora. “Hoy tengo este trofeo que es hermoso, pero el jueves me levantaré a empezar de nuevo. Siempre quise ganar cinco, es la verdad. Dudé mucho de si iba a llegar, pero acá lo tengo. ¿Qué viene para mí? Lo mismo, volver a despertarnos al día siguiente para dar lo mejor de nosotros”.
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